CUENTOS y POEMAS


El peor viaje de mi vida  por Jaime Bayly 

Corría una brisa fresca en Miami ese jueves por la noche. Terminé de empacar, viendo las noticias en la tele. Llevaba cuatro maletas llenas de regalos para las niñas y encargos familiares. Debía estar en el aeropuerto antes de las diez. El vuelo saldría a medianoche.

Salí de casa con un espíritu risueño, silbando despreocupado, pensando con ilusión en que unas horas después besaría a mis hijas, les daría sus regalos y las llevaría al colegio. El vuelo se me haría leve. ¡Qué placer era vivir entre Miami y Lima! Podía disfrutar de lo mejor de ambos mundos.

¡No había duda, era un chico con suerte!

-Al aeropuerto, por favor -le pedí al taxista, que extrañamente no hablaba una palabra de español.

Comí un par de plátanos en el camino, mientras sufría calladamente la parsimonia exasperante del conductor, que manejaba a 30 millas por hora, siendo sobrepasado por todos los vehículos motorizados que salían de Key Biscayne. Le pedí que fuese más rápido, pero se negó secamente, alegando que podía ser multado.

-Paciencia, chino -me dije con resignación.

Nada más llegar al aeropuerto, y a sabiendas de que viajaba con cuatro abultadas maletas, busqué de inmediato a un cargador para que me ayudase a llevar mi equipaje. Eché un rápido vistazo y advertí la presencia de un hombrecillo uniformado, al que hice señas de inmediato.

-Maletero, ¿me ayuda por favor? -le dije en mi mejor inglés.

No cabía la menor duda de que ese moreno uniformado esperaba con  impaciencia la llegada de un cliente como yo, cargado de maletas y dispuesto a darle una buena propina.

-No soy maletero -me dijo, algo irritado.

-¿Y entonces por qué lleva uniforme de maletero y está aquí parado? -le pregunté, dándomelas de listo.

-Porque soy piloto de avión y me provocó fumar un cigarrillo -contestó, clavándome una mirada exenta de toda ternura.

-Mil disculpas -le dije, abochornado, y comprendí que a esa hora de la noche ya no había maleteros en el aeropuerto de Miami y que yo mismo debía arrastrar mis voluminosas maletas hasta el counter.

Cuando, minutos después, tras jalar penosamente mis cuatro maletas, llegué al mostrador de la aerolínea, ya sudaba y tenía las manos devastadas y enrojecidas. Tomé aire, me prometí olvidar ese minúsculo incidente y saqué con el debido orgullo mi tarjeta platino.

-Qué rico es ser platino -pensé-. Así da gusto viajar.

Veinte minutos más tarde, seguía haciendo la cola de platino, que era más larga que la de económica, y empecé a darme cuenta de que todo el mundo parecía tener una tarjeta platino. Pero no perdí la paciencia y me dije que los ciudadanos civilizados saben esperar en cola sin exasperarse.

Finalmente, llegó mi turno y me llamaron. Me acerqué con una gran sonrisa, entregué mi pasaporte y dije mi código de reserva, pues el pasaje ya había sido pagado y sólo debía recogerlo.

-Gracias por preferinos nuevamente -me dijo la mujer que me atendió-. Sólo será un momentito.

Una hora después, yo seguía contemplando las arrugas de su cara y ella continuaba golpeando frenéticamente las teclas de la computadora. Primero no podía localizar mi reserva. Luego no salían bien las tarifas. Enseguida se cayó el sistema. A poco de reanudarse, tomó una llamada telefónica que, a juzgar por sus susurros y sonrisas, era de índole amorosa/genital.

Cuando, gracias a la divina providencia, tuvo todo listo para emitir mi pasaje, la impresora se atascó. Tuvo que llamar al supervisor, que al parecer había ingerido una sobredosis de calmantes, pues se movía con una pereza sobrehumana. Por suerte, repararon la máquina y, pasada una hora de espera, me entregaron mi boleto aéreo. Yo pensé que olvidarían cobrarme  las dos maletas de exceso.

-Son ciento cincuenta dólares de sobrepeso -me dijo la señora, y no me quedó más remedio que pagar, mientras rumiaba secretamente un plan para poner dinamita en el centro comercial de Dadeland, donde termino siempre dilapidando mis magros ahorros ¡para después pagarle sobrepeso a esa odiosa señora! Le pagué en efectivo y pensé que si el sobrepeso se pagase siempre, ella estaría masivamente endeudada, a juzgar por la protuberancia de su vientre.

Tratando de mantener alta la moral, pues finalmente volvía a Lima, lo que siempre es motivo de alegría, caminé resueltamente a la puerta de embarque. Miré el reloj: el vuelo debía partir en poco más de media hora.

Había sufrido un fastidioso retraso, pero ahora todo sería placentero.

-El vuelo está demorado tres horas -me informó una señorita en la puerta de embarque, y al ver los rostros abrumados de los pasajeros, comprendí que no mentía.

Le pregunté a qué oscura razón debíamos atribuir esa tardanza.

-Cambio de tripulación -fue su críptica y brevísima respuesta.

-No te desanimes, chino -pensé, porque me gusta ser optimista, y sonreí aliviado al recordar que podía esperar esas tres largas horas en el comodísimo salón vip, al que me dirigí sin pérdida de tiempo.

-No puede entrar, usted no es socio vip -me dijo, en la puerta de dicho exclusivo salón, un empleado de la aerolínea.

-Pero viajo en ejecutiva -me defendí.

-Sí, pero a Sudamérica -pasó al ataque el muchachito.

-¿Y qué? ¿Acaso no tengo derecho a usar el salón vip por viajar en business class?

-Sólo si viaja a Europa -fue su respuesta cortante.

No hay duda: Sudamérica es la región del futuro, porque ahora mismo, en el presente, no es región vip como Europa. Paciencia. Tampoco iba a pelearme con ese joven de tan ásperos modales. Regresé humildemente a la puerta de embarque y me senté a leer, aunque no pude pasar de un párrafo, porque terminé hablando de política con mis queridos compatriotas.

Al subir al avión, ya bastante cansado, decidí pasar un segundo por el baño y me encontré cara a cara con el afroamericano uniformado que había confundido con un maletero llegando al aeropuerto.

-Nuevamente -le dije, sorprendido. -¿Qué hace usted acá?

-Soy el capitán del avión -me dijo, y yo, lleno de vergüenza, balbuceé algo idiota y me refugié en el baño.

No olvidé elevar unas sentidas plegarias cuando despegó el avión. Pedí una cena ligera y elegí American Beauty entre las películas que me ofrecieron.

Debo decir que no pude disfrutar de la comida, por dos razones que mencionaré en orden de importancia: el pasajero sentado a mi lado era víctima al parecer de un agudo desorden estomacal, lo que dio lugar a una constante y abusiva descarga de flatulencias por su parte, lo que me tenía considerablemente disgustado, pero qué podía hacer, tampoco iba llamar al

capitán y decirle oiga, mil disculpas por decirle maletero, pero le ruego que me salve porque este gordo me está matando a gases; y, como si fuera poco, una vez concluida la cena, el obeso pasajero que el destino sentó a mi costado pidió un café, humeante bebida que le fue entregada y, tras deslizarse por la bandeja, acabó exactamente en mi entrepierna, provocándome al comienzo una calentura bienhechora y enseguida una quemazón de los diablos que calcinó mi entera virilidad y me arrancó un grito desde el fondo de mi alma.

-¡Mis huevos! ¡Me ha quemado los huevos! -grité, perdiendo la compostura, pero hay que reconocer que no era leve el dolor.

Las azafatas corrieron y se fatigaron en mimos y atenciones, alcanzándome toallitas y consolándome con frases afectuosas, y el gordo que me derramó su café hirviendo se deshizo un disculpas y, de paso, siguió deshaciéndose en gases, pero nada podía devolverme ya la frescura en la entrepierna: el daño estaba hecho.

Entonces, tratando de olvidar el mal rato, pensé que sólo la gozosa contemplación de American Beaty podía hacerme olvidar tantos percances.

Apreté play y me dispuse a disfrutar una vez más de la notable actuación de Kevin Spacey. Apenas comenzaba la película cuando un asistente de vuelo tocó bruscamente mi brazo, me saludó con una extraña familiaridad y empezó a contarme las últimas novedades de su vida, una vida que él encontraba apasionante y que a mí en cambio me parecía perfectamente prescindible.

¡Yo quería ver mi película, pero este improbable caballero no paraba de hablarme! El asunto se podía resumir fácilmente: no le gustaba ser aeromozo, él quería ser cantante famoso. Yo pensaba: suerte gil, ojalá vendas muchos discos, pero ahora déjame ver mi película y ¡deja de castigarme con tu aliento de anticuchero, por el amor de Dios! Pero no tuve valor para callarlo y aguanté estoicamente su presencia, su obtuso soliloquio, esa obscena demostración de fe en sí mismo. Lo odié y no pude ver mi película.

-Ojalá tengas mucho éxito como cantante -le dije más de una vez, pero en realidad pensando: ojalá te quedes mudo, cabrón.

Bajé del avión sin haber visto mi película, intoxicado por los gases de mi vecino, con los testículos achicharrados por el café que me cayó encima, pero feliz de pisar nuevamente el bendito suelo que me vio nacer. Hora y media más tarde, seguía pisando ese suelo, pero ya no me parecía tan bendito, porque mis maletas no aparecían.

-Piña, Jaimito -me dijo, con espíritu deportivo, un cargador-. Ya salieron todas las maletas. Otro día llegarán las tuyas.

-Piña -dije, resignado, y hablé con una empleada de la aerolínea, que me aseguró que mis maletas llegarían en el siguiente vuelo 

Eran las ocho de la mañana. Salí del aeropuerto. Tomé un taxi. Me adentré en la espesura inverosímil del tráfico limeño. No había dormido, probablemente había quedado impotente por unas quemaduras de segundo grado, había perdido mis maletas, el tráfico no se movía, pero al menos estaba en Lima, mi ciudad, y eso compensaba tantas amarguras. Me acomodé en el asiento trasero, cerré los ojos y quedé dormido. De pronto desperté sobresaltado. Un sujeto tocaba violentamente el vidrio del auto y me sonreía, gritando algo que yo no alcanzaba a comprender. Siguió golpeando como un demente. Me mostraba un ejemplar de mi última novela. Bajé la luna y lo escuché:

-Ya, pues, Jaimito, no seas angurriento, compra tu libro.

-¿Cómo te voy a comprar ese libro, si es pirata? -le espeté, indignado.

-Compra nomás, Jaimito, no te hagas el estrecho -gritó el vendedor.

Eso ya fue demasiado. No pude seguir siendo amable. El viaje había sido una pesadilla y ahora este energúmeno me despertaba ¡para venderme mi libro pirateado! Le arrebaté el libro y lo arrojé a la calle.

-¡No me vuelvas a despertar, idiota! -le grité, mientras el chofer aceleraba y me alejaba de tan indeseable sujeto, cuyos gritos rencorosos alcancé a oír:

-¡Saludos a Coco Marusix!

Callé unos minutos y procuré olvidar esa sucesión de incidentes desafortunados. Entonces el taxista me preguntó:

-¿Hasta cuándo te quedas por acá, Jaimito?

La respuesta me salió del alma:

-El resto de mi vida. No vuelvo a subirme a un avión.

El chofer guardó silencio unos segundos, como si estuviera meditando algo

grave, y volvió a preguntar:

-Oye, Jaimito, ¿y es verdad que salías con Coco?

AL FINAL DEL NOVENO AÑO POR RAY BRADBURY

Bueno -dijo Sheila durante el desayuno, mientras comía una tostada y se examinaba el cutis en el reflejo distorsionado de la cafetera-, llegó el último día del último mes del noveno año.

Thomas, su marido, parapetado detrás del The Wall Street Journal, levantó los ojos, no vio nada que mereciera la atención y retornó a su puesto.

-¿Cómo?

-Decía que se acaba de terminar el noveno año y ahora tienes una esposa totalmente nueva. O, mejor dicho, tu antigua mujer ya no está. Así que no creo que sigamos casados.

Thomas arrojó el diario sobre los huevos revueltos aún sin probar, inclinó la cabeza a uno y otro lado y dijo:

-¿Que no seguimos casados?

-No. Eso fue otro tiempo, otro cuerpo, otra Sheila. -La mujer untó otra tostada con manteca y comenzó a comerla, muy dueña de sí.

-¡Un momento! -El marido se dio ánimo con un trago de café-. Explícate.

-Bueno, querido Thomas, ¿no te acuerdas de haber leído, cuando éramos chicos o después, que cada nueve años... creo que eran nueve... el cuerpo, como una activa fábrica de genes y cromosomas, se renueva por completo? ¿Las uñas, el bazo, los tobillos, los codos, el vientre, el trasero, los lóbulos de las orejas, todo, molécula a molécula...?

-Por favor, no des más vueltas -rezongó él-. ¡Al grano, mujer, al grano!

-A lo que voy, querido Tom -contestó ella tras tragar el último bocado de la tostada-, es a que con este desayuno acabo de reconstituir mi alma y mi psiquis, de regenerar totalmente la piel, la sangre y los huesos. Esta persona que tienes sentada frente a ti no es la mujer con la que te casaste...

-¡Cuántas veces lo dije!

-No bromees.

-¿Es que estás hablando en serio?

-Déjame terminar. Si podemos dar crédito a las investigaciones médicas, al cabo de nueve años no queda en esta criatura que participa de este desayuno conmemorativo ni una ceja, ni una pestaña, ni un poro, ni un hoyuelo, ni un folículo que tengan la menor relación con aquella vieja Sheila Tompkins que se casó a las 11 de la mañana de un sábado hace exactamente nueve años. Son dos mujeres diferentes. Una, sometida al yugo de un hermoso ejemplar masculino que cuando hojea el Journal saca la mandíbula como si fuera una caja registradora.

La otra, ahora que ya pasó un minuto del plazo, emancipada. ¡Bien...!

Se puso de pie de un salto, dispuesta a marcharse.

-¡Espera! -El marido tomó otro sorbo de café-. ¿Adónde vas?

Ya rumbo a la puerta, ella respondió:

-Afuera. Me voy. Y, ¿quién sabe?, ¡quizá para siempre!

-¿Emancipada? ¿Qué son esas estupideces? ¡Vuelve acá! ¡Siéntate!

Ante la vacilación de la mujer, él adoptó su voz de domador de fieras.

-¡Me debes una explicación, carajo! ¡Siéntate!

Ella se volvió lentamente.

-Sólo el tiempo necesario para trazarte un cuadro de la situación -dijo.

-Hazlo, entonces. ¡Siéntate!

La mujer se acercó y posó la vista en su plato.

-No dejé ni una miga.

El marido se levantó, corrió a la mesita, sirvió más huevos revueltos y apoyó el plato con brusquedad delante de ella.

-¡Ahí tienes! Habla con la boca llena.

La mujer hundió el tenedor en la comida.

-Ya te darás cuenta de adónde quiero llegar, Tomasino, ¿no?

-¡Carajo! ¡Yo creía que eras feliz!

-Sí, pero no extraordinariamente feliz.

-¡Esas son tonterías de la luna de miel!

-Es cierto, ¿te acuerdas?

-Pero eso pertenece al pasado. Estamos en el presente. Bueno, ¿y...?

-Todo el año lo sentí venir. Cuando estaba acostada, sentía una comezón en la piel. Los poros se me abrían como miles de bocas diminutas, la transpiración me brotaba a chorros, el corazón me galopaba. Tenía palpitaciones en las zonas más insólitas, el cuello, las muñecas, los tobillos y los talones. Me sentía como una estatua de cera enorme que se estaba derritiendo. Después de la medianoche, tenía miedo de encender la luz del baño y encontrar en el espejo a una desconocida que se había vuelto loca.

-¡Sí, sí! -El marido se sirvió cuatro terrones de azúcar, revolvió el café y bebió del plato lo que se había derramado-. ¡Abrevia!

-Hora tras hora, todas las noches y, más adelante, también durante el día, sentía como si estuviera en medio de una tormenta de verano, como si una lluvia caliente borrara mi viejo ser para revelarme una persona nueva. Percibía cada gota de suero, cada glóbulo rojo o blanco, cada impulso eléctrico de las terminales nerviosas de mi cuerpo que se volvía a encordar y a templar. Una médula nueva, pelo nuevo para peinar, hasta huellas digitales nuevas... No me mires así. Tal vez no me hayan cambiado las huellas digitales. Pero sí todo lo demás. ¿Lo ves? ¿No soy como una obra recién esculpida, recién pintada por el Creador?

El marido la recorrió con una mirada fría y lacerante como una navaja.

-Lo único que veo es que estás delirando como Carlota, la loca. Veo una mujer excitada por el frenesí de la madurez. ¿Por qué no lo dices de una buena vez?

¿Quieres divorciarte?

-No necesariamente.

-¡¿No necesariamente? 

-Quiero... irme, no más.

-¿Adónde?

-Algún lugar habrá -respondió ella en tono vago, mientras dibujaba surcos con el tenedor en los huevos revueltos.

-¿Hay otro hombre? -preguntó él por fin, empuñando los cubiertos.

-No todavía.

-¡Ah, menos mal! Me quedo mucho más tranquilo. -Exhaló un profundo suspiro-.Ahora, ¡a tu cuarto!

-¿Perdón? -dijo ella, parpadeando.

-Vas a quedarte encerrada el resto de la semana. Vete a tu cuarto. Y nada de teléfono ni de televisión ni...

Ella se puso de pie.

-¡Hablas como mi papá cuando yo iba al colegio!

-¡Dios me libre! -El marido se rió con voz queda.

-¡Tienes razón! ¡Sube a tu cuarto! ¡Ya! Y te vas a quedar sin almorzar, jovencita. Para la cena te voy a dejar un plato junto a la puerta. Y cuando aprendas a portarte bien, te devolveré las llaves del auto. Por lo pronto, ¡sube! ¡Desconecta el teléfono y entrégame el reproductor de discos compactos!

-¡Pero esto es intolerable! No soy una niña. Soy una mujer madura.

-Inmadura. No evolucionaste. Involucionaste. Si esa teoría de mierda es cierta, tuviste nueve años de regresión. ¡Fuera de mi vista! ¡A tu cuarto!

Con el semblante pálido, la mujer echó a correr rumbo a la escalera enjugándose las lágrimas.

Cuando estaba por llegar arriba, el marido puso un pie en el primer escalón, se sacó la servilleta del cuello y la llamó sin alzar la voz.

-Espera...

Ella se detuvo, expectante, pero sin volverse.

-Sheila -dijo él al cabo de un momento. Ahora sus mejillas también estaban surcadas por lágrimas.

-¿Sí? -dijo ella en un susurro.

-Te quiero.

-Ya lo sé. Pero no alcanza.

-Sí que alcanza. Escúchame.

Sheila seguía esperando, escaleras arriba.

El marido se frotó la cara, como si quisiera extraer alguna certeza a fuerza de masajes. Con movimientos casi frenéticos, la mano trataba de desenterrar algo alrededor de los ojos y de la boca.

Y, de pronto, prorrumpió en un grito casi involuntario.

-¡Sheila!

-Me mandaste a mi habitación.

-¡No te vayas!

-¿Qué quieres que haga, entonces?

El rostro del marido comenzó a relajarse, los ojos se fijaron en una solución, la mano se apoyó en la baranda que llevaba hacia donde estaba su mujer dándole la espalda.

-Si lo que dices es cierto...

-Es cierto -murmuró ella-. Cada célula, cada poro, cada pestaña. Nueve años...

-Sí, ya sé, sí. Pero escúchame.

Tragó saliva para digerir mejor la solución que comenzó a enunciar con voz débil, luego con mayor firmeza y, por fin, con creciente seguridad.

-Si te pasó lo que dijiste...

-Me pasó -dijo ella en un hilo de voz, con la cabeza gacha.

-Bien, entonces... también me pasó a mí.

-¿Cómo? -Sheila alzó apenas la cabeza.

-No es algo que les suceda a algunos, no más, ¿no? Les ocurre a todos, a todo el mundo. Y si es así, bueno, mi cuerpo estuvo cambiando a la par que el tuyo durante estos últimos nueve años. Cada folículo, cada uña, toda la dermis y la epidermis o como sea. Nunca me di cuenta. Pero tiene que haber sido así. –

Su mujer había erguido la cabeza y los hombros.

Continuó hablando más rápido-. Y si eso es verdad, por Dios, yo también soy un ser renovado. El viejo Tom, Thomas, Tommy o Tomasino quedó atrás, como la piel que mudan las serpientes.

Sheila abrió los ojos, con atención, y él se apresuró a terminar lo que tenía que decir.

-Así que los dos somos seres nuevos. Tú eres la mujer distinta y hermosa que tenía ganas de encontrarme este último año. Y yo soy el hombre que estabas por salir a buscar. ¿Me equivoco? ¿No es así?

Tras un instante de vacilación, ella asintió con una leve, casi imperceptible inclinación de la cabeza.

-Piedad -rogó él con voz suave.

-No me llamo Piedad.

-Ahora sí. A mujer nueva, a cuerpo nuevo, nombre nuevo. Así que acabo de elegirte uno. Piedad.

Tras un momento, ella preguntó:

-Y, entonces, ¿cómo te llamas tú?

-Déjame pensar -se mordió el labio y sonrió-. ¿Qué te parece Franco?

Para serte franco, querida, esto sí que me importa muchísimo.

-Franco -murmuró ella-. Franco y Piedad. Piedad y Franco.

-No sé si pegan, pero no suena tan mal. ¿Piedad?

-¿Qué?

-¿Quieres casarte conmigo?

-¿Cómo?

-Te pregunté si quieres casarte conmigo. Hoy mismo. Dentro de una hora. ¿Qué te parece al mediodía?

Ella por fin se volvió para mirarlo desde la escalera con el rostro recién bronceado y refrescado.

-Claro que sí.

-Y nos vamos a ir por ahí un tiempito a hacer tonterías.

-No. Quedémonos acá, no más. Acá va a ser maravilloso.

-Vamos, baja entonces -dijo él, tendiéndole la mano-. Tenemos otros nueve años por delante antes de volver a cambiar. Baja y termina tu desayuno de bodas.

¿Piedad...?

Ella bajó los escalones, le tomó la mano y sonrió. -¿Y el champagne? -preguntó.

Cuento sacado del libro "Más rápido que la vista", de Editorial Emecé.

La princesa durmiente y los siete gigantes. Anónimo ruso

El Zar había partido a la guerra y la Zarina, desconsolada, se sentaba al amanecer en la ventana de su palacio y allí permanecía hasta medianoche esperando a su señor. Pasaron las semanas y los meses, y la víspera de Navidad la Zarina dio a luz una niña. Precisamente aquel mismo día regresó el Zar de la guerra, pero los dolores del parto, los sufrimientos por la ausencia de su esposo y la emoción de verlo de nuevo acabaron con su vida, mientras las campanas repicaban en honor del Hijo de Dios.

La pena del Zar fue sincera y amarga, pero al cabo de un año se casó por segunda vez. La nueva Zarina era esbelta como un abedul y bella como un haz de trigo cuando el sol lo dora. Su alma, sin embargo, no era hermosa, sino orgullosa y llena de envidia. Poseía un espejo de plata que, bajo su apariencia corriente, tenía el don de la palabra y la Zarina hablaba frecuentemente con él y le preguntaba:

-Espejito, tesoro mío, sólo tú conoces la verdad. Dime cuál es la mujer más hermosa y la que posee los labios más rojos y la más blanca frente.

El espejo contestaba:

-Vos sois la más bella; nadie puede negarlo.

Y la coqueta Zarina reía de gozo ante la adulación del espejo. Así aumentaba su orgullo y su desprecio por todos los demás.

Mientras tanto la hija del Zar crecía en el palacio como una flor, y por su belleza y simpatía despertaba el afecto de todos los que la conocían.

Un día llegó a palacio un correo con este mensaje para el Zar:

-El príncipe Alexei os saluda y os pide la mano de vuestra hija.

El Zar, que conocía y apreciaba al príncipe, le otorgó la mano de su hija. La dote fueron siete ricas ciudades de su reino con un centenar de palacios.

Ordenó también que se celebrasen fiestas por el noviazgo de la pequeña princesa y pidió a los súbditos, ricos y pobres, que participasen de su alegría.

Cuando las fiestas estaban a punto de celebrarse, la perversa Zarina se vistió con un traje espléndido y preguntó al espejo:

-Espejito, dime, ¿quién es la mujer más bella a los ojos de los hombres? ¿Cuál es la que posee los labios más rojos y la frente más blanca?

-Vos, graciosa Zarina, sois hermosa a los ojos de los hombres. Sin embargo, la joven princesa, la prometida de Alexei, es más bella que vos; sus labios son más rojos y su frente más blanca -contestó el espejo.

La Zarina, despechada y encendida en ira, exclamó:

-Espejo embustero, ¿qué broma es esta? ¿Cómo se puede atrever la princesa a compararse conmigo? Ciertamente que es más blanca que yo, porque desde el alba hasta la puesta del sol, su madre permanecía en la ventana con sus manos cruzadas sobre el pecho, mirando la nieve. Pero no es más hermosa. Me has dicho muchas veces que no hay en la tierra una mujer que pueda rivalizar conmigo.

El espejo, sin embargo, insistía:

-La amada de Alexis es más hermosa que vos; sus labios son más rojos y su frente más blanca 

Entonces la Zarina lanzó el espejo al rincón más lejano de su cuarto y encargó a Chernavka, su doncella, que llevara a la princesa a un bosque lejano y la atara a un pino corpulento para que los lobos la devorasen. Chernavka, aterrorizada por la ira de su señora, no se atrevió a contradecirla y condujo a la joven princesa a lo más profundo del bosque. Al verse alejada tan precipitadamente del palacio y, asustada por la actitud de la criada, la princesa le dijo:

-Mi buena Chernavka, ¿te he hecho algún mal sin saberlo? ¿Adónde me llevas con tanta prisa?

-No puedo volver contigo a palacio -contestó la doncella-, pues la Zarina quiere asesinarte. Sin embargo, tampoco quiero atarte a un árbol, como ella me ordenó, para que los lobos te devoren. No llores, mi bella niña; busca refugio donde puedas y que el Señor te libre de todo mal.

Cuando regresó la doncella a palacio, la Zarina preguntó:

-¿Cómo se encuentra ahora esa hermosa princesa con sus rojos labios y su blanca frente?

-La he atado a un pino corpulento; así la dejé en medio del bosque. No podrá defenderse de las bestias salvajes y morirá en seguida.

Tras la desaparición prolongada de la princesa, comenzó a circular misteriosamente por palacio el rumor de que había muerto. Los invitados se lamentaban consternados, el Zar se retiró para llorar por su hija perdida y el príncipe Alexei montó a caballo y salió en busca de su prometida.

Mientras, la princesa erraba durante la larga noche sin que nadie le hiciera daño. Si alguna fiera se acercaba, ella ponía las manos sobre el lomo del animal, le hablaba dulcemente y calmaba su fiereza.

Al amanecer oyó ladridos y pronto divisó una casa cuya puerta vigilaba un perro. Cuando este vio a la princesa, corrió a su lado, entre alegres saltos, como para darle la bienvenida. La princesita entró en la casa, donde había un cuarto con bancos de roble, una mesa y una estufa. En seguida comprendió que aquella era la vivienda de gentes que vivían en la paz del Señor y allí pensó descansar. Inmediatamente se puso a barrer y arreglar la estancia y a

continuación encendió fuego en la estufa y una vela delante del icono del Señor. Luego entró en un cuarto y se quedó dormida.

Pasaron las horas y, cuando la primera estrella lució en el cielo azul, el piafar de unos caballos rompió el silencio del bosque. Al poco tiempo, siete gigantes con el rostro encendido por el ejercicio de la caza entraron en la casa. El mayor de los gigantes exclamó:

-¡Qué maravilla! La casa está barrida y arreglada, el fuego y el cirio están encendido como si fuera una bienvenida.

Luego gritó:

-Quienquiera que seas, sal para que podamos conocerte y tenerte como amigo. Si eres viejo y de barba gris, te honraremos como nuestro señor; si eres joven, serás nuestro hermano en armas; si eres una dama, te llamaremos nuestra madre y cuidarás de nuestra casa, y si eres doncella, serás nuestra hermana querida.

La princesita apareció ruborosa y llena de confusión, se inclinó ante los gigantes y pidió perdón por haber entrado en la casa sin haber sido invitada.

Los gigantes pensaron que la doncella no podía ser sino hija de un zar, tales eran su belleza y simpatía. La hicieron sentar a la cabecera de la mesa y pusieron ante ella un vaso de vino y una torta de pan. Bebió la princesa, partió la torta y comió con apetito; pero el cansancio pudo con ella y su cabeza se dobló pronto sobre el pecho. El mayor de los hermanos la cogió delicadamente en sus brazos y la llevó a una alcoba para que descansara allí tranquilamente.

Así fue como la joven princesa se quedó a vivir en el bosque con los siete gigantes. Los días seguían su curso y la muchacha no conocía ni la soledad ni la pena, pues sus manos estaban ocupadas en las tareas domésticas y su corazón estaba alegre, lejos del odio de la Zarina. Todas las mañanas, antes de que amaneciera, los siete hermanos, en amigable compañía, montaban sus corceles y cabalgaban por montes y llanos, adiestrando su brazo en la caza. Otras veces iban a pelear con los habitantes del Cáucaso, para expulsarlos del país.

La princesita se quedaba en casa para arreglar la casa, encender el fuego, preparar la cerveza, amasar el pan y dar la bienvenida a los gigantes cuando regresaban a la caída de la tarde. El perro Sakolka era el defensor de la princesa cuando quedaba sola.

Sucedió que los siete hermanos estaban enamorados de la joven princesa y, después de reunirse en consejo, decidieron hablarle. En efecto, una mañana entraron en su cuarto, antes de salir de caza, y el mayor de ellos tomó la palabra:

-Muchacha, tú eres nuestra hermana querida. Pero el amor ha prendido de tal manera en nuestros corazones que venimos ahora, como humildes pretendientes, a pedir tu mano. Como no puedes casarte con los siete, te rogamos que restablezcas la paz entre nosotros eligiendo a uno por marido, y los demás seguirán llamándote hermana. ¿Por qué niegas con la cabeza? ¿Es que no nos quieres a ninguno de nosotros o es que no te merecemos?

-¡Ay de mí, queridos hermanos! -exclamó la princesita-. ¡Que Dios me castigue si no digo la verdad! Os amo, sí, bravos guerreros y fieles caballeros; todos sois igualmente queridos por mí. Sin embargo, no puedo casarme con ninguno, pues estoy prometida al príncipe Alexei. Él es mi pretendiente y le amo más que al resto de los hombres.

Los siete hermanos comprendieron y aceptaron las palabras de la princesita, se inclinaron ante ella y salieron de su cuarto. Nunca volvieron a hablar de amor y siguieron viviendo como una familia en paz y tranquilidad.

En palacio, la perversa Zarina meditaba y seguía odiando a la que creía difunta princesa. Durante muchos días su espejito quedó abandonado en el rincón más apartado del cuarto, pero, pasado el tiempo y olvidado su rencor, ella sintió deseos de contemplar su belleza. Cogió el espejo, se miró en él y dijo:

-Buenos días, espejito. ¿Cuál es la mujer más hermosa del mundo?

-Vos, graciosa Zarina, -contestó el espejo- sois bastante hermosa, nadie puede negarlo. Pero en lo más profundo del bosque vive una doncella con siete gigantes.

Es cien veces más hermosa que vos. Sus labios son rojos como una gota de sangre y su frente es blanca como la nieve recién caída.

La Zarina palideció de rabia, llamó a su doncella Chernavka y exclamó:

-¡Maldita seas, embustera! ¿Dónde has escondido a la princesa?

La criada cayó de rodillas, llorando, y contestó:

- Señora, no la escondí. La dejé sola en el bosque, buscando un refugio para guarecerse.

La Zarina repuso:

-Ahora habita la casa de los siete gigantes. ¡Búscala y mátala! Si le salvas la vida por segunda vez, perderás la tuya.

La princesita, que hilaba en la ventana esperando el regreso de sus hermanos, oyó el furioso ladrido del perro Sakolka y, levantando la cabeza, vio una anciana mendiga que luchaba con su bastón para alejar al perro de su lado. La princesa exclamó:

-¡Esperad, pobre anciana! Enseguida iré y os daré una limosna.

-¡Daos prisa, hermosa joven! ¡El perro quiere morderme!

Cuando la princesita, con un pedazo de pan, quiso cruzar el umbral de la puerta, Sakolka se atravesó en el camino y le impidió el paso. Al acercarse la anciana, el perro enseñaba los dientes y se lanzaba sobre ella, como una de las fieras del bosque. Así que la mendiga huyó a toda prisa, mientras que la princesa volvió a llamarla:

-No sé qué puede pasarle al perro. Os echaré el pan desde aquí; juntad las manos para recibirlo.

Lanzó el pan a la anciana que lo recibió en sus manos diciendo:

-¡Qué recaiga una bendición sobre vuestra hermosa cabeza! ¡Tomad este regalo a cambio!

Y le arrojó una dorada manzana.

El perro Sakolka quiso coger la fruta en el aire, pero está cayó en manos de la princesita.

-Dios os recompensará por el pan que me habéis dado -dijo la anciana-. En cuanto a la manzana, podéis comerla cuando no tengáis nada mejor que hacer. Que sigáis bien.

La princesa acarició al perro y le dijo:

-¿Qué te pasa, Sakolka?

Y el perro seguía con la cabeza levantada y gruñía tristemente.

La doncella volvió a su rueca y puso delante de sí la manzana para que le alegrara la vista. La fruta tenía un aspecto delicioso. Era tan roja como una doncella ante su amado y tan dorada como una vasija llena de miel. La princesa quiso esperar la vuelta de sus hermanos para que también ellos pudieran probar aquella manzana deliciosa. Pero, a fuerza de mirarla, no pudo resistir y, llevándosela a los labios, hundió en ella sus dientecitos. En el mismo instante cayó hacia atrás, como una caña que dobla el viento; las blancas manos se deslizaron a los lados de su cuerpo y la manzana de oro rodó al rincón más alejado del cuarto. El perro se tendió al lado del cuerpo de la joven, con la cabeza entre las patas delanteras, y así permaneció inmóvil mucho tiempo.

Horas más tarde el piafar de los caballos rompió la tranquilidad del bosque y los siete gigantes llegaron, cabalgando alegremente. Habían derrotado a los ejércitos enemigos y el júbilo de la victoria resplandecía en los siete semblantes. Pero a la entrada del hogar nadie les dio la bienvenida y dentro todo era sombra y silencio.

-Algo grave ocurre -exclamaron los hermanos.

Encontraron a la princesita tendida en el suelo con el perro a su lado. Cuando este vio a los siete gigantes empezó a dar vueltas, ladrando como un loco.

Al fin encontró la dorada manzana y, tragándola de un solo bocado, cayó muerto instantáneamente.

El gigante mayor colocó a la princesita en el banco y, puestos todos alrededor, rogaron para que descansara en paz su alma, mientras en sus corazones estallaba la pena. La vistieron con un traje blanco como la nieve y se dispusieron a enterrarla. Pero, de pronto, observaron que la princesa no parecía muerta, sino envuelta en el maleficio de un sueño. Sus labios seguían siendo rojos y su frente poseía la misma blancura.

Así pasaron tres días y la doncella permanecía inmóvil. Al fin, los hermanos colocaron a la princesa en un ataúd de cristal y la llevaron sobre sus poderosos hombros a un monte lejano, elevado en medio de un extenso valle. Atravesaron una puerta oscura en la falda del monte, y pronto llegaron a una caverna escondida, donde colgaron el ataúd de cristal, suspendiéndole en el aire por medio de gruesas cadenas para que cuando soplara el viento meciese el dulce sueño de la desgraciada hermana. En nombre de todos sus hermanos, el mayor de los gigantes se despidió con estas palabras:

-Duerme dulcemente, tú, cuya belleza ha provocado los celos de algún espíritu. Ahora que sólo eres la prometida de la muerte, ¡que los cielos reciban tu alma!

Dichas estas palabras, los siete hermanos dejaron allí a la princesa.

Mientras tanto, la perversa Zarina consultó una vez más al espejito:

-Espejito, tesoro mío, ¿quién es la más bella mujer del mundo? ¿Cuál es la que tiene los labios más rojos y la frente más blanca?

-Vos, graciosa Zarina; nadie puede negarlo. Vos sois la más bella a los ojos de los hombres. Vuestros labios son los más rojos: vuestra frente la más blanca.

Y así, al fin, quedó contenta la perversa Zarina.

Durante muchas noches y muchos días, Alexei había viajado por el reino, buscando a su prometida por todas partes. A los caminantes que encontraba les hacía la misma pregunta:

-¿Habéis oído hablar de la princesita? Yo soy su prometido.

Pero nadie sabía de ella y nunca pudo recibir la información que deseaba. Al fin, como último recurso, Alexei elevó sus ojos al cielo y exclamó:

-Sol, tú que eres la luz y el señor de los cielos; tú que incansablemente unes la helada mano del invierno con el tibio abrazo de la primavera, ¿no sabes nada de la princesita? ¡Yo soy su prometido!

-No, hermano mío. Aunque mis ojos pueden ver toda la tierra y sus criaturas, no veo a la princesita. Puede que la luna, mi hermana de la noche, haya podido contemplar el rastro de sus pies. Pregúntale a ella.

Dicho esto, el sol siguió su curso. Alexei se sentó sobre una piedra y esperó la noche. Cuando llegó la oscuridad y se alzó la luna en el cielo, le rogó con alta voz:

-Luna, luna, tú que eres como una trompeta de oro en el cielo; tú, lámpara de la oscuridad, que brillas tanto como todas las estrellas, que se enamoran de tu luz radiante y salen sólo para mirarla, ¿has visto a la princesita? Yo soy su prometido.

-No, hermano mío. No la he visto. Mi vigilancia no dura más que unas horas durante la noche.

-El sol no la ha visto durante el día ni la luna durante la noche. ¿Dónde encontraré a la princesa -murmuraba el enamorado- sino en brazos de la muerte?

-¡Espera! ¿Has interrogado al viento que sopla hasta las escondidas cavernas?

Dicho esto, la luna siguió su lento viaje por el cielo. Alexei se reanimó y corrió, gritándole al viento:

-¡Viento, viento! Tú, tan poderoso, tú que sirves de pastor a las veloces nubes, que mandas a las olas, que te precipitas en el desierto, que sólo dependes de Dios, ¿sabes algo de la princesita? Yo soy su prometido.

El poderoso viento contestó:

-Sí, he visto a la princesita, pero poco consuelo puedo darte. Más allá de un río que corre con suavidad, hay una escondida caverna donde nadie entra, excepto yo. Allí, colgado de gruesas cadenas, colocado entre dos columnas, un ataúd de cristal se mueve a mi soplo. En el ataúd está la princesita, dormida.

Siguió su camino el viento y Alexei lloró al saber la triste noticia. Pero después de secar sus lágrimas encaminó su corcel hacia el lejano lugar donde dormía su prometida. Viajó de noche y de día hasta llegar a aquel desolado monte. Pasó por la oscura puerta y allí, en la eterna noche, contempló el ataúd de cristal donde dormía la princesa, balanceándose entre las columnas. Al verla tan pálida y hermosa, su corazón no pudo contener su dolor y se arrojó sobre el ataúd de cristal con tal violencia que este cayó al suelo y se rompió en mil fragmentos. En aquel instante se despertó la princesa y exclamó con un suspiro de sorpresa y extrañeza:

-¡Qué profundo ha sido mi sueño! ¡Qué raras mis pesadillas!

Pero cuando divisó a Alexei, lo olvidó todo e, incorporándose, suspiró con emoción:

-¡Alexei! ¡Mi amado!

Se fundieron en un fuerte abrazo y llenos de alegría tomaron el camino de palacio.

Sucedió que en aquel mismo instante, la perversa Zarina interrogó distraída al espejo:

-Espejito, tesoro mío, ¿cuál es la más bella mujer del mundo? ¿Cuál posee los labios más rojos y la frente más blanca?

-Vos, graciosa Zarina, sois bastante hermosa a los ojos de los hombres; nadie podrá negarlo. Pero aquella a quien el príncipe Alexei trae a palacio es cien veces más bella que vos; sus labios son más rojos que una gota de sangre y su frente es más blanca que la nieve recién caída.

La perversa Zarina arrojó el espejito que quedó roto en mil pedazos y corrió enfurecida a la puerta de su cuarto. Allí se encontró con la princesita que Alexei llevaba en brazos. Era tan radiante su belleza que el corazón de la Zarina soltó todo su veneno y cayó muerta.

Hubo grandes regocijos en todo el reino y la princesita se desposó con su prometido Alexei en medio de mil fiestas y agasajos. Los siete gigantes fueron invitados a la boda y bailaron hasta que oyeron cantar el gallo.

FIN


El Tabaco Mata / Capítulo XXII, un cuento de Manuel Enríquez
 
Aquel banco, lejos del bullicio de niños y coches me pareció un lugar privilegiado para continuar leyendo. Una novela de esas que se compran antes de tomar un tren para pasar de una manera amena y sin excesivas complicaciones unas horas de viaje. La había comprado un par de días atrás con ese propósito. Después de pasar un fin de semana en la playa, la compré unos minutos antes de subir al autobús. Al llegar a mi destino todavía me faltaban cinco capítulos para finalizarla. Me senté en el banco, ajusté mis gafas "de cerca" y busqué la página doblada que marcaba el final de mi lectura. Releí las dos últimas páginas para recordar lo sucedido. Una novela policíaca. El chico guapo, una mujer sensual enamorada del protagonista y un policía retirado componían una trama entretenida y fácil de seguir. No había terminado el segundo párrafo cuando me percaté de que alguien se había sentado junto a mí. Me removí incómodo en el asiento. "Maldita sea, pensé, todos los bancos del parque vacíos y este viejo tiene que sentarse a mi lado". Le miré de reojo y su figura me resultó extrañamente familiar. Él permanecía callado y mirando al frente. Quizás demasiado envarado y tuve la sensación de que pretendía establecer conversación. Nada me apetecía menos que entretener a un paseante solitario. Volví a ajustarme las gafas y a enfrascarme en la lectura. El policía acababa de descubrir al asesino y se preparaba a detenerle cuando tuve que pasar de página. No pude hacerlo. La mano de mi compañero de banco se depositó suavemente sobre la mía impidiéndome continuar la lectura. Le miré a los ojos y encontré el miedo en su mirada.

- ¿Qué sucede amigo? ¿Se encuentra usted bien?

- Si, contestó él en un hilo de voz-, de momento estoy bien, pero. por favor, no siga leyendo.

- ¿Qué no siga leyendo? ¿Necesita ayuda? ¿Quiere que llame a un médico?

- No, nada de eso. Por favor, se lo ruego. Deje ese libro y no siga leyendo.

- Pero. ¿Por qué? ¿Conoce el libro?

- Si, lo conozco. Y si usted pasa esa página, yo moriré.

- Perdón. pero. no entiendo nada.

- No podría entenderlo y yo no podría explicárselo. Pero. por favor, deje ese libro. No quiero morir.

Me cansé de la conversación. No estaba dispuesto a discutir con ese viejo loco. Cerré el libro, ya lo continuaré después, pensé. Dije un "No se preocupe, amigo, después de todo ya es hora de marcharme. Buenas tardes". No esperé su respuesta y me levanté del asiento. Ya leería en otro sitio. Me alejé unos pasos antes de girarme. El viejo no estaba. Tampoco en los alrededores. ¿Dónde coño se habría metido? Volví hacia el banco y caminé a su alrededor, más por curiosidad que por otra cosa. La tarde empezaba a refrescar y pensé en Harry´s un pub irlandés fuera del circuito de los bares de moda en el cual podría tomar un sándwich de roast beef, beber una cerveza negra y terminar la lectura de mi novela. El pub, como de costumbre estaba casi vacío. Saludé a Harry, un irlandés gordo y tan decrépito como su establecimiento que señaló mi mesa preferida invitándome a tomar asiento. En menos de cinco minutos cerveza y sándwich ya estaban encima de la mesa. Un excelente whisky de malta, con un dedo de agua y sin hielo, me sirvió de postre. Harry me había enseñado la manera de degustar esta bebida. "Siempre en copa de balón para que la nariz se impregne del aroma de roble americano. Un dedo de agua mata la sensación alcohólica. El hielo solamente sirve para atenuar el sabor. Es útil pero solamente para el "blended" que poco tiene que atenuar. Volví a abrir el libro en el capítulo veintitrés. No había fijado mi vista en la lectura cuando volví a notar la vieja mano sobre las páginas.

- Me prometió que no iba a leer el libro.

Era el viejo del parque y su mirada seguía denotando miedo. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cuándo había entrado en el bar? Dejé estas preguntas sin responder. Harry, en ese momento, servía dos cervezas a una pareja sentada dos mesas más allá.

- Oiga, por favor. No quisiera ser grosero con usted pero le rogaría que me dejase en paz.

- Es que no puedo, contestó el hombre con ojos desorbitados. Tengo miedo. Si usted sigue leyendo yo moriré.

- Pero. ¿Por qué va a morir? Parece usted estar bastante sano. Se lo vuelvo a repetir, no me obligue a llamar al camarero para que le eche del bar. Venga, amigo, siéntese en otra mesa y tome lo que quiera. Yo invito. ¡Harry!

Harry dejó la mesa que estaba atendiendo para dirigirse a la mía. ¿Otra cerveza?

- No, gracias, Harry. Sirve a este señor lo que desee en otra mesa. Yo pago.

Las cejas de Harry se enarcaron interrogantes.

- Perdona, no te he entendido. ¿A qué señor te refieres?

Miré a mi lado. Estaba solo. La silla desocupada. Junto a mí, la novela cerrada sobre la mesa y una copa de whisky que todavía no había probado. Harry sonrió como si le estuviera tomando el pelo y su mirada continuó interrogante.

- Déjalo Harry. No es nada. Creí haber visto a un conocido.

El camarero se alejó. Inquieto miré a mi lado. La silla seguía vacía. El resto del pub solamente ocupado por la pareja entretenida en meterse mano. ¿Una alucinación? No, no lo parecía. Soy poco propenso a imaginarme cosas que no existen. Mi atención se desvió hacia la novela cerrada. Busqué la página. Capítulo XXIII, pero no pude iniciar la lectura. Un instante antes de hacerlo volví a escuchar la voz por tercera vez en esa misma tarde.

- No, por favor, deje ese libro. No quiero morir.

En esta ocasión decidí enfrentarme al hombre y a su miedo. Le miré a la cara de manera directa.

- Oiga amigo. No sé qué le pasa ni que relación tiene su miedo con el libro que estoy leyendo. Si se encuentra mal, llame a un médico o a sus familiares pero deje de molestarme de una vez. Creo que ya he tenido paciencia suficiente.

El hombre dudó un momento. Respiró profundamente antes de continuar

- ¿No me ha conocido todavía? Soy Zacharias Moore.

- ¿Zacharias Moore? Su nombre me resulta tremendamente familiar pero no consigo ubicarlo en mi cabeza. ¿De qué le conozco, Zacharias?

- Abra el libro. Por la página diecisiete y empiece a leer hacia la mitad de la hoja.

Hice lo que me pedía. Efectivamente allí estaba ese nombre y lo recordé de inmediato. Zacharias Moore era el policía viejo de la novela. Complexión fuerte a pesar de su edad, pelo blanco y cano, ojos azules enmarcados entre unas cejas espesas y profundas arrugas causadas por la edad. Chaqueta de ante negra sin bolsillos exteriores y un pantalón vaquero sin planchar. Miré al viejo. Su descripción coincidía con la que terminaba de leer pero eso tampoco significaba nada. Pura casualidad y unas características generales puramente casuales. Habría leído la novela e influenciado por la semejanza estaría obsesionado por ella. El hombre pareció leer mis pensamientos.

- No, no es una locura. Mire este carnet.

Tomé lo que me ofrecía. Un viejo carnet deteriorado y mal plastificado. "New Cork Police Bureau." Moore, Zacharias. 1544.3

También una fecha. July, 17, 1922, y una fotografía en blanco y negro. Un sello azul y una firma también aparecían en el reverso. Todo tan real que mi mirada se detuvo en la fotografía para comprobar que la imagen correspondía a la del viejo misterioso. Pero, si ese carnet era real, el hombre debería tener más de cien años y sin embargo, su edad, era aproximadamente la del poli jubilado. No más de sesenta y cinco. Miré de nuevo al tipo.

- Oiga, un carnet curioso. Parece real. Supongo que era de su padre, o de su abuelo pues el parecido es evidente.

- No, no tengo padre. Padre como el que usted piensa. Mi creador es el autor de esa novela que usted se empeña en terminar aún a costa de mi muerte. Moriré en el capítulo veintitres. Recibiré un disparo en la barriga y nadie lo remediará. Mi agonía durará tres páginas en las que estaré solo. Cuando llegue la policía será tarde y encontrarán solamente mi cadáver. No quiero que vuelva a ocurrir. Cada vez que alguien lee ese maldito capítulo XXIII yo muero. He conseguido escapar por esta vez. No sé la razón pero usted puede salvarme, puede ayudarme a cambiar mi final.

- ¿Ayudarle? Escuche, amigo. Aunque todo lo que diga sea verdad y no el delirio de un chiflado, lo que está escrito no podré cambiarlo. Mire, si esto le tranquiliza le regalo la novela. Haga con ella lo que quiera y déjeme terminar mi whisky.

- No, no lo entiende. No me puedo quedar la novela. Yo estoy dentro de ella. Sería como intentar guardar un armario dentro del calcetín que contiene. Además, hay muchas más obras iguales extendidas por todo el país. Yo seguiría, al inicio del capítulo veintitrés entrando con mi arma en ese cuartucho. Allí me esperan y son más rápidos que yo. Ellos dispararán primero. El resto ya lo sabe. Por favor, no quiero morir otra vez. Ayúdeme.

Miro la cara del viejo chiflado. No parece peligroso y quizás sea mejor seguirle la corriente. Harry permanece ajeno a la conversación y no se ha acercado a preguntarle qué desea tomar.

Quizás todo sea fruto de un delirio. Si hubiera fumado algo de maría o de hash pensaría que ese viejo era producto de la droga. Pero no, solamente he fumado mi rubio Light habitual. Quizás jode los pulmones y me mate de un infarto pero de algo estoy seguro. No hace delirar. Me enciendo un pito y pienso unos momentos. Será mejor hacerle caso a este chiflado. Sea o no sea un producto de mi imaginación es la única manera para que deje de molestarme.

Oiga, mire, quiero estar tranquilo. Si le puedo ayudar en algo, dígamelo y lo haré pero me jurará que luego no volveré a verle.

Se lo juro. -El viejo respiró aliviado y el temor desapareció de su mirada.. Es muy sencillo. Soy el protagonista de la novela y moriré en el capítulo siguiente. Tome una esquina de esa página, rómpala, tan solo un pequeño trozo y póngala en la brasa de su cigarro. Luego de le una "calada" al pitillo. Cuando el humo salga de su boca ese capítulo se irá con él. Desaparecerá y la acción pasará al capítulo siguiente. En ésta y en todas las demás novelas.

Oiga, pero..l. ¿Qué le impide al editor sacar una nueva edición que incluya el mismo capítulo?

Por favor. Piénselo. Estamos hablando de una novela de la clase B. Una edición, Cinco mil ejemplares de los que no se venderá ni siquiera la mitad. No habrá más ediciones. Puede estar seguro de eso.

Miro al viejo, miro la novela y el whisky prácticamente entero. Abro ésta directamente por el capítulo XXIII. Con el pulgar y el índice rompo la esquina superior. Con ella, hago una bolita de papel entre mis dedos y la coloco sobre la brasa de mi cigarrillo que chisporrotea suavemente. Doy una inhalación ligera y en ese mismo momento mis sentidos se disparan. Una llamarada azul sale del cigarro. Todo se llena de humo blanco mientras se desvanece todo lo que me rodea. Escucho, en el silencio, una fuerte carcajada y noto la presencia de unos ojos sobre mí a la vez que tiempo y espacio se funden en mi interior. Cuando abro los ojos no está el viejo, ni Harry. Tampoco estoy en el bar. Voy caminando por un pasillo oscuro. En mis labios un cigarro y en mi mano un peso que me resulta familiar. Empuño un revólver Smith and Wetson. Calibre 38. Me detengo frente a una puerta. Entonces lo comprendo todo. Ese maldito viejo me ha hecho ocupar su lugar. Él ahora estará con una copa de whisky en su mano mientras yo voy a morir como un gilipollas. Sólo me queda una solución. Por favor, deje de leer este libro. No quiero morir. Cierre el maldito libro y tírelo al fondo del mar. Mi vida está en sus manos, en usted que ahora acaba de leer el capítulo XXII y comenzará con el siguiente.

¡Noooooo!

Capítulo XXIII

Zacharias Moore, abrió la puerta para acceder al interior del cuartucho mal iluminado.

Isaac y su higuera

Andando por Beirut, pobre como un zapato sin dueño, Isaac vio por primera vez la mujer más parecida a un ángel que había visto hombre alguno. Tenía los ojos oscuros rodeados de sombras, la nariz delgada como el filo de una navaja y la boca con dos pliegues en la orilla, como si sonriera hasta en sueños.

Pensó él que poner las manos sobre aquella cintura sería tocar el paraíso La siguió de cerca durante meses, hasta que supo todo lo que fue posible saber de ella: que era la segunda de tres hermanas, que se llamaba Esther, que era judía como él, que pasaba muchas tardes bajo una higuera conversando con su hermana menor, que vivía con toda la familia en un barrio estrecho, que la primera de las hijas se había casado con un vendedor de aceitunas y que sus padres andaban buscándole a ella un marido con más horizontes.

Cuando se hizo de la historia completa decidió que no le quedaba más remedio que aceptar su destino de pobre y embarcarse rumbo a América, un lugar distante y seguro desde el cual Benjamín Segev, su amigo del alma, le había mandado instrucciones y dinero para seguirlo en el afán de escapar a la desventura del Oriente, que por esos años expulsó a tantos héroes.

Antes de irse volvió a pasar frente a la higuera bajo la que urdían su conversación las dos hermanas.

--Buenas tardes, señoritas -dijo quitándose un sombrero viejo, inclinando la cabeza como si al tiempo les dijera adiós y hasta siempre.

Esa misma noche se subió al primer barco de su vida. Tres semanas después llegó a México con los ojos más listos que llegaron entonces y recorrió las montañas hasta Puebla, donde encontró a su amigo, un hombre delgado, sonriente y brioso, trabajando en una tienda de alfombras que crecía de prisa y sin tropiezos. El dueño era un viejo huérfano de hijos que sin decir mucho quería a Benjamín como si fuera suyo. Tanto y tan bien lo ayudaba en el trabajo y la vida que decidió hacerlo su socio. Fue entonces cuando él le escribió a Isaac y entonces cuando Isaac aceptó arrancarse de El Líbano llevándose consigo la única desesperanza para la que no encontraría cura en país alguno: imposible casarse con la beldad que le tenía tomado el cuerpo.

Si a los padres de tal joya les parecía un equívoco matrimonial el que habían cometido dándole la hermana a un vendedor de olivas, ni de chiste cometerían la barbaridad de entregarle su hija más perfecta a un perfecto dueño de nada. Así que por más que de tanto pasearle la calle y seguirle los pasos él había conseguido que Esther lo mirara primero condescendiente, después curiosa y al final encantada, ambos tenían clarísimo que ella no era para él porque semejante alhaja necesitaba engarzarse con oro y no con baratijas.

Además de con un buen trabajo, su amigo lo esperaba con la urgencia de oírlo hablar de cómo estaba el mundo en aquel su otro mundo.

Nada pudo él contarle al dichoso Benjamín que no acabara siempre en la preclara descripción de la boca o la cintura de Esther Masri.

--Tienes que ir tú por ella -le dijo un día-, porque a mí no me la van a dar ahora y no la vaya a conseguir otro. Si ha de ser de alguien que no sea yo, mejor tuya que la sabrás cuidar y me dejarás mirarla de cerca y ser tío de sus hijos y compañero de su marido.

Benjamín aceptó la sugerencia con la naturalidad de quien acepta comprar la obra de arte que le recomienda un experto sin posibles para conseguirla.

No era una mala idea, de todos modos habría que ir a encargar alfombras y a hacerse con una mujer de las suyas, que guisara y quisiera como sólo querían y guisaban las mujeres de por allá. Así que tras unos meses de oír la cantinela de su enamorado amigo cediéndole la joya que él no pudo comprar, fue a buscarla al país y a la casa en que la había perdido Isaac.

Quiso la fortuna que, en medio de la guerra, sus padres no hubieran encontrado aún alguien digno de llevársela y quiso también que Benjamín les pareciera el hombre correcto para ella. Se la dieron a cambio de una dote en dinero, de la promesa de enviarles algo cada vez que se pudiera, de tratarla mejor que a un camello y de no volver a El Líbano sino hasta que hubiera paz.

Esther aceptó sin tristeza el irrevocable pacto de sus padres, porque la curiosidad es la mejor consejera de quien enfrenta lo que no tiene remedio y ella era muy curiosa. La ilusionaba viajar, quería huir del cerco en que creció y conocer el secreto bajo la ropa de los hombres.

Sólo penó de sobra el separarse de su hermana menor, una criatura tenaz que había sido su compañera de juegos durante toda la vida, pero que para entonces ya era propiedad de un hombre de bien. Un muchacho que había aspirado a casarse con Esther y que se conformó cuando por menos precio le dieron a la hermana chica, quien, según el gusto de los tiempos, era menos hermosa porque le faltaban carnes y le sobraban huesos.

Aunque nadie se lo pidió jamás, Benjamín prometió que mandaría por ella y su marido en cuanto le fuera posible. Sin embargo, tras la pequeña ceremonia de la boda, las hermanas se abrazaron como quien pierde un paraíso y Esther se soltó de aquel abrazo con más desolación que si la arrancaran de sí misma. Sabía que las raíces de su hermana eran menos volubles que las suyas y que sacarla de su tierra sería tan imposible como hacerla volar.

--¿Y el hombre de la higuera? -le preguntó la hermana.

--En otra vida -dijo Esther.

Esa noche en el barco, Benjamín le descubrió los pechos y la besó como si toda ella estuviera tramada con nueces y dátil.

La primera semana de travesía la dedicaron a contarse quiénes eran y a investigar sus cuerpos con la timidez del principio. Habían empezado a conocerse y ella había aprendido algunas palabras de lo que sería su nuevo idioma, cuando él enfermó de algo raro y de un momento a otro sintió a la muerte cerca. No se sabía ni cómo la gente se enfermaba de pronto a medio viaje, ni se sabía por qué unos se curaban de milagro y otros no conseguían

quedarse en el mundo aunque les encantara. Benjamín peleó, con todas las fuerzas que había puesto en vender alfombras, para ganarse la existencia, pero perdió la batalla.

--No te vayas -dijo Esther, que en tan poco tiempo había soñado tanto en torno de su vida con él en ese país de colores raros como su mismo nombre, que ya los quería a ambos, a él y a México, como si fueran eso: todo lo que tenía en la vida para hacer su presente y su futuro.

Él quiso darle gusto y no ir a ningún lado, mucho menos morirse, pero no hubo medicina que lo curara en los escasos días que duró su enfermedad.

Antes de perderlo en el sueño tibio que se lo llevó, Esther le prometió que no se bajaría en cualquier puerto y que iría a México, buscaría al viejo socio y le llevaría la carta con sus últimos deseos.

Llorando sin escándalo, pero sin tregua, vio el cuerpo de su marido hundirse en el mar una mañana y ni por un segundo pensó en volver atrás.

Había oído de Benjamín que el puerto al que iban se llamaba Veracruz y que de ahí tendrían que seguir a Puebla, la ciudad más española de México y como tal desde hacía un tiempo, la última ciudad española que estaban por tomar los libaneses. Árabes o judíos, ahí se veían iguales aunque ellos se vieran tan distintos. Llegaban unos veinte cada año y todos llegaban para trabajar con tal tesón y ayudándose de tal modo que casi todos se hacían ricos y los que no conseguían tanto, sí lograban con mucho dejar de ser pobres. No era por desamor sino por necesidad que salían de El Líbano. Nadie traía consigo los mismos motivos y todos se ahorraban las explicaciones, entre otras cosas porque a nadie le importaba escucharlas. Los poblanos aceptaban su llegada y su presencia sin tomarlos en cuenta y viéndolos crecer con más indiferencia que temor, porque los poblanos no habían sido nunca previsores y ni se les ocurrió imaginar que un día los comerciantes de ropa en el mercado se harían de unas fábricas y de muchos negocios más grandes que los suyos. Mejor así, los dejaban vivir a su aire y no los miraban sino cuando querían detenerse a comprarles algo de todo lo que vendían.

La mañana transparente en que Esther llegó a Veracruz, apoyada en la baranda para ver atracar el barco, oyó a alguien llamarla desde abajo mientras movía un sombrero y daba saltos. A sus pies, como quien mira por un hueco el pasado, ella vio a Isaac y reconoció en sus ojos al hombre que la había acostumbrado a saberse seguida y que de un día para otro desapareció sin haber dicho una palabra. ¿Qué hacía ahí y por qué la llamaba como si la estuviera esperando? Su marido nunca le dijo que tuviera un amigo joven, menos aún dijo que había llegado hasta ella enviado por sus ojos, su consejo y sus deseos.

Tal vez no tuvo tiempo, tal vez no quiso hacerlo. Sin embargo, Benjamín Segev no hizo más que pensar en él durante los ratos de pensamiento que le dejaba la enfermedad.

Y una tarde que ella necesitó salir al aire de la cubierta a llorar desde antes lo que preveía, él aprovechó para dictarle un recado al telegrafista del barco: "Estaba en su destino ser tuya.

Ve por ella y cuídala por los dos. Te abrazo como siempre, A."

Isaac había recibido el mensaje sin entenderlo demasiado. Por un instante imaginó que su amigo había preferido otra mujer y que le mandaba a Esther como un regalo que él no se merecía. Adivinar lo que ese hombre que era más que su hermano había querido decir con tal mensaje, pensó mientras andaba el camino que va de Puebla a Veracruz subiendo por

unas cumbres nubladas de las que se baja, con el aliento entrecortado, a una llanura verde como las promesas que algunos esperan de la Santísima Trinidad.

Y ahí estaba, llamando al ángel aquel que de sólo oír su nombre había pasado de la palidez a la sonrisa y de mirarlo al llanto y de oírlo a enmudecer con la mezcla rara que hacen el recuerdo y la zozobra. Llevaba un vestido pálido y en el pecho un listón negro que fue lo único que pudo encontrar en su valija como señal de luto, porque su breve ajuar de recién

casada era de colores claros como su rostro y su edad. Tenía diecisiete años cuando bajó a Veracruz y cayó en los brazos de Isaac como quien se tira sobre una red. Algo nuevo y extraño le revolvió el alma al dar con ese cuerpo. Nada que hubiera sentido antes sintió entonces. Se deshicieron en explicaciones.

Cuando entendió las cosas y supo de la muerte de Benjamín, Isaac se echó al suelo a pegar de alaridos. Luego, como en un de repente, se hizo al ánimo de convertirse para siempre en la higuera de aquella mujer que le había tomado los ojos desde el primer día en que la vio.

Llegando a Puebla, la llevó antes que nada con el viejo socio que no pudo sino mirarla como a una hija enviada del mundo de hierbabuena y desastres que él había dejado atrás hacía como mil años. Él se haría cargo de ella y nada iba a faltarle ni mientras él viviera, ni nunca. Así lo dijo.

--Gracias -le repitió Esther al oído tantas veces como fue necesario para que la oyera suficiente aquel hombre que cada vez oía menos y olvidaba más.

En español ya sólo hablaba lo suficiente para cobrar y vender, en hebreo hablaba a saltos como si pretendiera que alguien le llenara los huecos, entre una y otra palabra, con la sílaba o el adjetivo correctos. Luego le extendió la carta de Benjamín y se sentó junto a él y cerca de Isaac a ver cómo leía.

Al viejo le fueron cambiando los gestos de un extremo al otro mientras recorría las dos páginas en las que cupo el testamento de su hijo adoptivo.

Cuando terminó de leerlas miró a Esther como si tratara de encontrar en ella algo más que una mujer. Luego vio a Isaac y soltó con la voz seca: --Dice que pongamos todo lo suyo a nombre de ella y que tan pronto como quieras la hagas tu esposa.

Esther oyó semejante sentencia y no dejó que un solo gesto expresara lo que sentía.

--Tan pronto o tan nunca como ella quiera -decidió Isaac para acabar de sorprender al viejo.

Par de locos, pensó: no sólo uno pretendía que la mujer fuera dueña del dinero, sino que el otro la dejaba decidir si casarse o no, como si dueña de sí misma fuera.

--No estoy de acuerdo con ninguna de las dos cosas. Quién sabe lo que tienen detrás -dijo.

--Habrá que descubrirlo -opinó Isaac-. Si él quiso hacerla rica yo quiero hacerla libre.

--Quién sabe qué podrá salir de tal equívoco -dijo el viejo. No conocía mujer en semejante circunstancia, pero los años treinta del siglo XX lo tenían muy desconcertado. Así que no dijo más.

Entonces Esther le puso la mano en la cabeza y por primera vez lo llamó papá. Esos dos hombres serían su patria y su atadura. México estaba tan lejos y le gustaba tanto que le sería imposible irse a otra parte. Los miró como quien mira lo inaudito: Isaac alzó las cejas y abrió una sonrisa. El viejo meneó la cabeza.

También para entender la buenaventura se necesita sapiencia: Esther tenía libertad, tenía bienes, tenía el sol en el cuerpo.

--¿Qué más quiero? -dijo en voz alta como quien habla consigo misma.

--¿Podrías querer a este hombre que te piensa desde que te vio un martes hace no sé cuántos años? -le preguntó el viejo.

--Puedo -dijo Esther extendiendo la mirada hasta el gesto de asombro que Isaac no perdió nunca bajo sus ojos. Luego instaló sus cosas y tejió su mundo al de Isaac. Pasaron juntos un año y otro, una comida y otra, una fiesta y una ausencia, una pena y una dicha, la muerte del viejo y la circuncisión de sus hijos, la boda de su hija y el barmhitzbá de su primer nieto. Años y años se quisieron un día y el otro, pelearon a veces, se adoraron otras, tal vez se odiaron a ratos, pero nunca se fueron a la cama con ira en los labios y todo lo que entre ellos se dijo, en cualquiera de sus idiomas, estuvo tramado con los hilos de algo denso cuyo origen estaba muy lejos.

Una pena los acompañó siempre: quienes se quedaron en El Líbano vivían en un mundo tan distinto y distante que poco a poco fueron volviéndose sombras y cartas incomprensibles.

Al principio Esther escribía a su casa todas las semanas. Algunas veces alcanzó a tener respuesta, muchas otras los sobres se perdían en el camino o el cartero los regresaba como se los había llevado.

Tenían noticias de la guerra, de la salida de los turcos y de la entrada de los franceses, de la siguiente guerra, del fin de la guerra, de la construcción de una república y hasta de una extraña era de paz. No sabían de los suyos, sino que poco sabían.

Durante todos esos años, Esther llevó un diario destinado a su hermana menor. Empezó haciéndolo con las cartas que le devolvía el correo y luego siguió escribiendo cartas que ni se molestó en enviar.

Una frase o tres páginas por día, dos fotos o una crónica, la descripción de un paisaje o el recuento de cómo eran sus hijos. Todo lo registraba como si alguna vez fuera a encontrar destinatario. Empezó escribiendo en su lengua materna y con el tiempo mezcló los dos idiomas hasta que se hizo de una lengua propia. Un dialecto raro y redondo que se cerraba en sí mismo como si sólo de eso se tratara. Ni Isaac tenía acceso a esos cuadernos.

Ella los escribía para la tenaz Abigaíl, la niña de quince años que perdió en un abrazo y cuya estampa tuvo sobre su mesa de noche desde la primera oscuridad que durmió en Puebla.

Muy avanzado el siglo, El Líbano quedó en medio de una más de las guerras que lo han perseguido desde que se llamaba Fenicia. Una guerra en la que ellos no sabían qué partido tomar porque en su ausencia muchos judíos se habían mudado a Israel o al mundo, pero muchos se habían quedado en El Líbano y tenían una fe, pero dos patrias.

La televisión, los periódicos y una de sus nietas no hacían sino hablar de la tragedia. Esther oía todo eso como si hubiera preferido no saberlo.

--¿Y Abigaíl? -dio en preguntarse más que nunca-. ¿Cómo pude dejar ahí a mi hermana?

--No la dejaste, abuela, ella no pudo venir -le contestó su nieta, una muchacha de ojos tibios que llevaba tres años escribiendo una tesis en torno de las razones y destino de la migración judía del Oriente Medio a México y que lo sabía todo, o casi todo, porque de la familia de su abuela nadie sabía casi nada.

Desde niña había sido tan curiosa como Esther. Quería indagar en el pasado y estaba siempre imaginando el futuro. Para tales efectos su único defecto era ser optimista: las guerras siempre la tomaban por sorpresa. La de entonces la tenía más abrumada que si viviera en El Líbano o en Jerusalén.

Todos los días llamaba a los abuelos con noticias y todos los días los abuelos esperaban su llamada como antes esperaban las cartas que nunca llegaron.

--Hay más de diecisiete millones de libaneses, entre judíos, árabes y católicos regados por el mundo.

Cuatro veces más que los que viven en el país -comentó un día.

--No lo dudo -dijo Esther-.

Tantos afuera y Abigaíl dentro.

¿O se habrá ido a Israel? --No creo -dijo la nieta, que también daba en presentir como su abuela.

--Esta niña sabe de la historia de Oriente Medio y de la nuestra casi tanto como nosotros -sentenció Isaac.

Esther pensó que si nada más fuera eso no sería mucho saber.

Porque ellos de El Líbano sólo tenían recuerdos. De su historia judía apenas un aroma. La nieta, en cambio, recogía datos y nombres, cunas y linajes, anécdotas y cifras, apellidos y cuentos, personas y personajes.

--Ahora hasta de un novio se ha hecho -contó Isaac.

--Tan judío-libanés como ella -dijo Esther.

--Mexicano -dijo Isaac.

--Lo que quieras. Se apellida Saba.

--Ya lo sé. Como el marido de Abigaíl -dijo Esther, que entre la edad y la guerra tenía nostalgia por primera vez. Isaac llamó a la nieta para contárselo.

--Pregúntale a tu novio de quién es hijo.

La nieta sabía que hay tantos Saba en El Líbano como Pérez en México, pero nunca pensó que estuviera de más la pregunta.

Y de veras. Nunca está de más.

Cuatro meses después entró en la casa de sus abuelos llevando de la mano a una vieja en cuyos ojos Esther vio los de su hermana. Ni para preguntar cómo y por qué, de dónde y hasta cuándo. Tenían un abrazo pendiente desde hacía tanto tiempo que una se trenzó en la otra y estuvieron así durante horas.

--Siempre supe que mandarías por mí -dijo Abigaíl como si hubieran pasado tres meses y no cincuenta años.

--Nunca se me olvidó -dijo Esther. Y sin soltarla de una mano extendió la otra para señalar a su marido-. Él es Isaac. ¿Te acuerdas? --¿El de entonces? -preguntó la hermana menor con las nubes de una higuera sobre la cabeza.

--El de siempre -dijo Esther.

Y trajo el primero de sus cuadernos. Los demás los leyeron durante todos los días de los siguientes cuatro meses.

Desde entonces pasan las mañanas conversando, tomadas de la mano como si aún temieran perderse. A Isaac, que hasta la fecha es un trabajador terco, le gusta volver del negocio y encontrarlas en el jardín, hablando, como si aún estuvieran bajo la higuera.

--Buenas tardes, señoritas -dice quitándose el sombrero. Luego se sienta a fumar y a mirarlas con la misma paciencia asidua de su primera juventud.


La puerca y el terreno 

Cruz lleva en el nombre la personalidad atravesada de proezas y reclamos con que va por la vida.

No fue a la escuela más de cinco años, pero tiene la mente racional y clarísima de un filósofo cartesiano. A lo mejor por eso le cae encima una buena parte de los problemas menores y mayores que agobian a quienes la rodean. Todo pasa por ella, hasta organizar una fiesta. En qué casa van a celebrarle a su mamá el día de su Santo, quién hace la cuenta para saber cuánto le toca dar a cada hermano, quién guisa el chicharrón, quién el arroz y quién las rajas, lo tiene que decidir ella. Quién compra las tortillas, quién encarga el pastel, quién va a recogerlo y quién pone la mesa. Todo sobre ella, hasta pedirle a su papá que no llegara tarde, que no bebiera nada, que no estorbara acercándose a la estufa y que llevara a su mujer a misa para distraerla de los preparativos para su fiesta. A misa y a dar una vuelta y a ver qué le compraba y cómo lo entretenía, para bien, una pequeña parte del mucho tiempo que le quitaba y le seguía quitando a toda hora.

Cuánto tiempo de su madre se había robado el hombre aquel que era su padre.

Nueve hijos parió su madre. Sin tregua, sin prudencia, sin poder resistirse a los embates de una vida conyugal arbitraria desde donde se la mirara, menos, claro está, el marido de su madre, su entonces temible y ahora envejecido padre.

Según Cruz, si alguien se merece una fiesta es su madre, por eso le hicieron una para su santo. Por eso y por todo lo demás. Eso dijo mientras daba uno de los masajes con los que se ha ganado la vida y la libertad con que la vive: --¿Dice usted que su lavadora le ha durado cuarenta años? Y es de rodillo. Pero la de usted ha de ser buena. No, mi mamá en ésas sufría para sacar la ropa. Se le atoraba. Yo iba con ella a la lavada. Eran horas.

Y estaba yo: Mamá, ¿ya terminas? Mamá, ¿ya terminas? Y ¿cuándo...? Se nos hacía tardísimo. Llegábamos a la casa todas mojadas. Pero mi mamá ni una queja. Trabaje y trabaje con tanto chamaco. Yo soy la tercera y después de mí hay cinco. Si me acuerdo de mi mamá mientras yo era chica, siempre me la acuerdo con panza y trabajando, con panza y trabajando. Ya sabe usted cómo era mi papá. Borracho, majadero. En un descuido hasta pegalón. Había que darle gusto en todo y ni así.

Encima perdía lo que ganaba, ni sé cómo. El terreno en donde vivíamos primero lo perdió. En un de repente nos tuvimos que cambiar a dos cuartos en una vecindad. Y ésa era toda la casa: un cuarto para guisar, comer y lavar. Otro para dormir todos amontonados. Allí vivíamos y afuera teníamos una puerca que parió diez marranitos. Todos se murieron: la puerca y nueve crías. Quedó no más una puerquita.

Preciosa, la puerquita. Se quedó muerta de hambre y tan chiquita que mi mamá la alimentaba con mamila.

Hasta que pudo comer sola. Entonces la empezó a engordar. Con una paciencia.

Qué paciencia la de mi mamá. Nada más con lo que le aguantó a mi papá. Era para matarlo al cabrón. Pero mi mamá, tan valiente, le tenía miedo. ¿Va usted a creer? Pues le cuento que la puerquita en un rato se volvió tamaña puerca. Estaba mi mamá feliz.

La quería vender para hacerle sus quince años a Toña, mi hermana la mayor.

Tenía pensado hacerle una fiesta bonita, porque con la puerca alcanzaba.

Pero un día llegamos de donde iba a lavar y ya no estaba la puerca. Mi mamá luego presintió.

No estaban ni la puerca, ni mi papá. Quería decir que se la había llevado para venderla. Mi mamá, la pobrecita, se puso llore y llore.

Porque a la puerca tenía pensado venderla bien. Sacar para la fiesta y otras cosas. Pero se la llevó mi papá. Y tres días estuvo sin volver. Cuando llegó dijo que la había dado de enganche para un terreno en Ciudad Netzahualcóyotl.

Ahí en Netza, donde viven ahora.

Tardó en pagarlo. Y nadie se quería ir allá, tan lejísimos. Porque ahora hay camiones y de todo. Pero entonces Netza era ciudad perdida, pero perdida. En mitad del agua estaba el terreno. Ni quien viviera alrededor. Creo estábamos en 1966. Algo así. Yo era chiquita.

Si allá crecí. Total: la puerca acabó en terreno, mi hermana no tuvo fiesta y nos cambiamos a vivir al lugar ese que ya no estaba encharcado pero era un terregal. Ni drenaje, ni pavimento, ni nada había. Ahora ya hay todo. Ya hasta hicieron la casa más grande.

Quedó bonita. Le acabamos de llevar mariachis a mi mamá, ora que fue su santo, y cabemos todos con todo y nietos, hijos, novios. Los que vayamos.

Eso sí, mi papá derechito. Porque lo tengo amenazado.

Ay de ti si me vuelves a hacer llorar a doña Jose. Ay de ti don Justo, si doña Jose vuelve a llorar en lo que le quede de vida. Y ya está en paz. A buena hora se fue a poner en paz. ¿Cómo no?, si está lleno de achaques. Ya ve que lo acabamos de sacar del hospital.

Pero quedó bien. Hasta regresó al trabajo. En su trabajo lo quieren.

Tiene gracia el cabrón. No más en su casa se portaba mal. Ya no.

Hace rato que ya no. Pero cómo chingó el abusivo. Yo, por más que hago, a veces no lo alcanzo a perdonar. Y aunque voy a su casa y lo quiero y estoy contenta, ni loca me quedo a dormir ahí. No más me acuerdo de lo mal que dormí siempre con ellos y hay veces que no quiero volver ni en el día. Yo creo por eso soy tan buena para dormir.

¿Insomnio? Yo no lo conozco. No más pongo la cabeza en la almohada y hasta el día siguiente. Y los domingos hasta tarde. Abro los ojos como a las siete nada más para pensar: ya ahorita nos hubiera levantado mi papá desde a qué horas, pero luego me duermo y a mí ya nadie me levanta. Hasta las nueve y media me voy parando los domingos.

Claro, nada más los domingos.Hasta el domingo de la fiesta me paré tarde. ¿Quiere usted saber qué le regalamos a mi mamá? Le regalamos una puerquita color de rosa. Le pusimos su moño y ahí entró la puerquita al mismo tiempo que el mariachi toca y toca.

Chille y chille la puerquita, y mi mamá no más de verla llore y llore.

Preciosa la puerquita. A ver ahora qué le hacen, porque allá por su casa ya no hay donde tener puercos.

Quién sabe qué le irán a hacer.

Por lo pronto allá se la dejamos a dormir. Siquiera un día que vuelva a tener puerca mi mamá. Y de despertarla ni hablar, porque ya lo tenemos sentenciado: ay de ti don Justo, si vuelves a despertar a mi mamá. Y sí, ni a mi mamá ni a su puerquita ni a nadie.


Cuento de las canastitas en serie. Autor: Bruno Traven, Canasta de cuentos mexicanos, Selector, México, 2000 (1956),

En calidad de turista en viaje de recreo y descanso llegó a estas tierras de México Mr. E. L. Winthrop proveniente de la ciudad de Nueva York. Como hacen otros tantos viajeros, a los pocos días de permanencia en estos rumbos ya tenía bien forjada su opinión y, en su concepto, este extraño país salvaje no había sido todavía bien explorado, misión gloriosa sobre la tierra reservada a gente como él.
Y así llegó un día a un pueblecito del estado de Oaxaca.
Caminando por la polvorienta calle principal en que nada se sabía acerca de pavimentos y drenaje y en que las gentes se alumbraban con velas y ocotes, se encontró con un indio sentado en cuclillas a la entrada de su jacal. El indio estaba ocupado haciendo canastitas de paja y otras fibras recogidas en los campos tropicales que rodean al pueblo. El material que empleaba no sólo estaba bien preparado, sino ricamente coloreado con tintes que el artesano extraía de diversas plantas e insectos por procedimientos conocidos únicamente por los miembros de su familia... La belleza de sus canastitas ponían de manifiesto las dotes artísticas que poseen estos indios. En cada una se admiraban los más bellos diseños de flores, mariposas, pájaros, ardillas, antílopes, tigres y una veintena más de animales habitantes de la selva. Lo admirable era que aquella sinfonía de colores no estaba pintada sobre la canasta; era parte de ella pues las fibras teñidas de diferentes tonalidades estaban entretejidas tan hábil y artísticamente que los dibujos podían admirarse igual en el interior que en el exterior de la cesta. Y aquellos adornos eran producidos sin consultar ni seguir previamente dibujo alguno. Iban apareciendo de su imaginación como por arte de magia y, mientras la pieza no estuviera acabada, nadie podía saber cómo quedaría.
Una vez terminadas, las canastitas se podían utilizar de cien maneras.
El norteamericano ve maravillado las canastitas y empieza a ofrecer al indio un precio por diez canastas. Y le dice que si compra 100, cuánto le costarían; se da un precio y el Sr. Winthrop compra las 16 canastas que el indio tenía en existencia.
Regresa a Nueva York y ofrece estas canastas; él recomienda que, si se hacen en serie, el precio será más barato. En una confitería, las canastas les parecen realmente artísticas; después de hacer las negociaciones pertinentes, se hace un pedido de un mínimo de 10.000 a 12.000 canastas. El norteamericano regresa después de tres meses a Oaxaca; él pensaba «hice el negocio de mi vida»; aquél indio tonto que no sabe ni lo que tiene me ofreció a un precio irrisorio el ciento.
No le diré enseguida que quiero 12.000 para que no se avorace y conciba ideas raras y trate de elevar el precio.
Le dice al indio que si puede hacer mil, cinco mil, diez mil canastas, éste asiente, pero al preguntarle cuánto tardará en hacerlas, el indio responde que necesitará bastante tiempo para hacer tantas canastas.
Si tiene todo el clima y el ambiente es propicio, podrá hacer hasta tres docenas.
El turista enojado se da cuenta de que el indio no ha comprendido; le está pidiendo diez mil canastas y le contesta que podría hacer hasta tres docenas:
«¡Usted no entiende!» Definitivamente, no entiende nada.
El indio, muy calmado, le explica que para hacer cada canasta, son días de búsqueda en la selva, de los animales y plantas necesarios; además, tendría que poner a otros a trabajar sus tierras y cuidar de sus animalitos y, para tal número de canastas, tendría que poner a trabajar a todo el pueblo, e igualmente: ¿Quién trabajaría la tierra, quién haría la comida, quién cuidaría a los niños?
Después que el indio hubo terminado, el Sr. Winthrop, desesperado, ofrece más dinero, pero no hay alteración en la actitud del indio.
El indio, incólume, responde: «Mire, señor, hay algo que usted ignora. Tengo que hacer estas canastitas a mi manera, con canciones y trocitos de mi propia alma.
Si me veo obligado a hacerlas por millares, no podré tener un pedazo del alma en cada una, ni podré poner en ellas mis canciones.
Resultarían todas iguales y eso acabaría por devorarme el corazón, pedazo por pedazo.
Cada una de ellas debe encerrar un trozo distinto, un cantar único de los que escucho al amanecer cuando los pájaros comienzan a gorjear y las mariposas vienen a posarse en mis canastitas y a enseñarme los lindos colores de sus alitas para que yo me inspire.
Y ellas se acercan porque gustan también de los bellos tonos que mis canastitas lucen...
Y ahora, jefecito, perdóneme, pero he perdido mucho tiempo, mañana es día de plaza en el pueblo y tengo que acabar estas cestas para venderlas allá. Adiosito».

Imaginemos cómo se fue el turista norteamericano que pensó en haber hecho el negocio del siglo: «Tontos esos condenados indios, por eso ese país está como está, no tiene futuro, yo sé lo que digo».

Nueva York no fue saturada de esas bellas y excelentes obras de arte y así se evitó que en los botes de basura americanos aparecieran, sucias y despreciadas, las policromadas canastitas tejidas con poemas no cantados, con pedacitos de alma y gotas de sangre del corazón de un indio mexicano...

La gama ciega, un cuento de Horacio Quiroga

Había una vez un venado -una gama- que tuvo dos hijos mellizos, cosa rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó sólo la hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en los costados.

Su madre le hacia repetir todas la mañanas, al rayar el día, la oración de los venados . Y dice así:

I

Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.

II

Hay que mirar bien el río y quedarse quieto antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés.

III

Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.

IV

Cuando se come pasto del suelo hay que mirar siempre antes los yuyos, para ver si hay víboras.

Este es el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre la dejó andar sola.

Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color oscuro, como el de las pizarras.

¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo, pero como era muy traviesa, dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó.

Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban apuradas por encima.

La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. Hay abejas así.

En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contenta fue a contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente. -Ten mucho cuidado, mi hija -le dijo-, con los nidos de abejas. La miel es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los nidos que veas.

La gamita gritó contenta: -¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras sí pican; las abejas, no.

-Estás equivocada, mi hija -continuó la madre-. Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija, porque me vas a dar un gran disgusto.

-¡Sí, mamá! ¡Sí, mamá! -respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a la mañana siguiente, fue seguir los senderos que habían abierto los hombres en el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas.

Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El nido también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas abejas eran más grandes, la miel debía ser más rica.

Se acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas, creyó que su mamá exageraba, como exageraban siempre las madres de las gamitas. Entonces le dio un gran cabezazo al nido.

¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Salieron en seguida cientos de avispas, miles de avispas que le picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho peor, en los mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos.

La gamita, loca de dolor corrió y corrió gritando, hasta que de repente tuvo que pararse porque no veía más: estaba ciega, ciega del todo.

Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó quieta entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar desesperadamente.

-¡Mamá!... ¡Mamá!...

Su madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso hasta su cubil con la cabeza de su hija recostada en su pescuezo, y los bichos del monte que encontraban en el camino, se acercaban todos a mirar los ojos de la infeliz gamita.

La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía bien que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero era un hombre bueno

La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir a pedir una carta de recomendación al oso hormiguero, que era gran amigo del hombre.

Salió, pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo el monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo, no podía dar un paso más de cansancio.

Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una especie pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que pasan por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil porque viven siempre en los árboles, y se cuelgan de la cola.

¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el oso hormiguero y el cazador?

Nadie lo sabía en el monte; pero alguna vez ha de llegar el motivo a nuestros oídos.

La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero.

-¡Tan!, ¡tan!, ¡tan! -llamó jadeante.

-¿Quién es? -respondió el oso hormiguero.

-¡Soy yo, la gama!

-¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama?

-Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega.

-¿Ah, la gamita? -le respondió el oso hormiguero-. Es una buena persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito...

Muéstrele esto, y la atenderá.

Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una cabeza seca de víbora, completamente seca, que tenía aún los colmillos venenosos.

-Muéstrele esto -dijo aún el comedor de hormigas-. No se precisa más.

-¡Gracias, oso hormiguero! -respondió contenta la gama-. Usted también es una buena persona.

Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.

AI pasar por su cubil recogió a su hija, que se quejaba siempre, y juntas llegaron por fin al pueblo, donde tuvieron que caminar muy despacito y arrimarse a las paredes, para que los perros no las sintieran. Ya estaban ante la puerta del cazador.

-¡Tan!, ¡tan!, ¡tan! -golpearon.

-¿Qué hay? -respondió una voz de hombre, desde adentro. -¡Somos las gamas!... ¡TENEMOS LA CABEZA DE VÍBORA!

La madre se apuró a decir esto, para que el hombre supiera bien que ellas eran amigas del oso hormiguero.

-¡Ah, ah! -dijo el hombre, abriendo la puerta-. ¿Qué pasa?

-Venimos para que cure a mi hija, la gamita, que está ciega.

Y contó al cazador toda la historia de las abejas.

-¡Hum!... Vamos a ver qué tiene esta señorita -dijo el cazador. Y volviendo a entrar en la casa, salió de nuevo con una sillita alta, e hizo sentar en ella a la gamita para poderle ver bien los ojos sin agacharse mucho. Le examinó así los ojos, bien de cerca con un vidrio redondo muy grande, mientras la mamá alumbraba con el farol de viento colgado de su cuello.

-Esto no es gran cosa -dijo por fin el cazador, ayudando a bajar a la gamita-. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos todas las noches, y téngale veinte días en la oscuridad. Después póngale estos lentes amarillos, y se curará.

-¡Muchas gracias, cazador! -respondió la madre, muy contenta y agradecida-.

¿Cuánto le debo?

-No es nada -respondió sonriendo el cazador-. Pero tenga mucho cuidado con los perros, porque en la otra cuadra vive precisamente un hombre que tiene perros para seguir el rastro de los venados.

Las gamas tuvieron gran miedo; apenas pisaban, y se detenían a cada momento.

Y con todo, los perros las olfatearon y las corrieron media legua dentro del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante la gamita iba balando.

Tal como lo dijo el cazador se efectuó la curación. Pero sólo la gama supo cuánto le costó tener encerrada a la gamita en el hueco de un gran árbol, durante veinte días interminables. Adentro no se veía nada. Por fin una mañana la madre apartó con la cabeza el gran montón de ramas que había arrimado al hueco del árbol para que no entrara luz, y la gamita, con sus

lentes amarillos, salió corriendo y gritando:

-¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo!

Y la gama, recostando la cabeza en una rama, lloraba también de alegría, al ver curada su gamita.

Y se curó del todo. Pero aunque curada, y sana y contenta, la gamita tenía un secreto que la entristecía. Y el secreto era éste: ella quería a toda costa pagarle al hombre que tan bueno había sido con ella y no sabia cómo.

Hasta que un día creyó haber encontrado el medio. Se puso a recorrer la orilla de las lagunas y bañados buscando plumas de garza para llevarle al cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita ciega que él había curado.

Y una noche de lluvia estaba el hombre leyendo en su cuarto, muy contento porque acababa de componer el techo de paja, que ahora no se llovía más; estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la puerta, y vio a la gamita que le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de garza.

El cazador se puso a reír, y la gamita, avergonzada porque creía que el cazador se reía de su pobre regalo, se fue muy triste. Buscó entonces plumas muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió con ellas; y esta vez el hombre, que se había reído la vez anterior de cariño, no se rió esta vez porque la gamita no comprendía la risa. Pero en cambio le regaló un tubo de tacuara lleno de miel, que la gamita tomó loca de contento.

Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella se empeñaba siempre en llevarle plumas de garza que valen mucho dinero, y se quedaba las horas charlando con el hombre. Él ponía siempre en la mesa un jarro enlozado lleno de miel, y arrimaba la sillita alta para su amiga. A veces le daba también cigarros que las gamas comen con gran gusto, y no les hacen mal. Pasaban así el tiempo, mirando la llama, porque el hombre tenía una estufa de leña mientras afuera el viento y la lluvia sacudían el alero de paja del rancho.

Por temor a los perros, la gamita no iba sino en las noches de tormenta. Y cuando caía la tarde y empezaba a llover, el cazador colocaba en la mesa el jarrito con miel y la servilleta, mientras él tomaba café y leía, esperando en la puerta el ¡tan-tan! bien conocido de su amiga la gamita.


El Grillo y el Zorzal.

Érase una vez, hace muchos años y muy lejos de aquí, que había una pequeña hacienda, con su casita, sus corrales de madera y toda ella rodeada de verdes praderas y un bonito bosque de castaños. Pájaros de todos los tamaños y colores vivían en el bosque alimentándose de ricas frutas y de los descuidados bichitos que tuvieran la mala suerte de estar cerca de su pico. Entre todos los pequeños insectos que poblaban el entorno, eran los grillos los más queridos por todos. La razón es que alegraban con su canto de violín las noches del bosque y también porque cuando los violines callaban era señal de que algún zorro o algún gato montés andaban a la caza de cualquier presa para llenar su siempre hambrienta barrigota.

Entre todos los componentes de la familia de grillos había uno un poco especial. Se llamaba Magdaleno y era un jovencito rebelde y curioso que todavía no había aprendido a tocar y que siempre andaba enredando por todas partes. Si ocurría alguna cosa en el bosque, seguramente Magdaleno estaría cerca. A Magdaleno, una de las cosas que más le gustaba, era acercarse a la pequeña casita, entrar por un agujero que había en una de las ventanas que estaba un poco rota, pasar a la despensa y subir hasta una de las baldas donde había un montón de higos secos y enharinados que dejaban escapar minúsculas gotitas de dulce miel. Magdaleno sabía que podía comer tanta miel como quisiera hasta que se iluminase la habitación vecina. Esta era la señal de que Doña María, iba a entrar en la despensa. Pero un día, fuese porque Doña María no encendiese la luz o fuese porque Magdaleno estaba demasiado entretenido mordisqueando uno de aquellos higos que tanto le gustaban, que entró la gorda señora dispuesta a dar buena cuenta del mismo manjar que estaba deleitando a nuestro amigo. Ella pegó un chillido que hizo que el grillo glotón saltase como un resorte buscando un lugar de escapada. Notó como una zapatilla a punto estuvo de aplastarle pero él siguió volando entre botes de mermelada y ristras de ajos colgadas del techo. En unos instantes había logrado escapar de la casa y respiraba sudoroso, ya en la seguridad del bosque.

Entonces notó algo extraño en su caminar. Algo raro le pasaba y, lo primero que hizo fue contar sus patitas: "Una, dos, tres, cuatro. cinco". Faltaba una, es posible que se hubiera equivocado. Volvió a repasar la cuenta: "Una, doooos, treees, cuaaatrooo, ¡cinco!" Ni una más. Él no se había dado cuenta, pero la primera zapatilla voladora que había estado a punto de aplastarle, le había arrancado una patita. Y además, la desgracia era doble. La patita arrancada era una de las traseras, precisamente la que todos los grillos utilizan para tocar el violín. Sabía lo que eso significaba. Cuando, en la siguiente primavera todos los grillos tocasen hermosos cantos nocturnos para atraer pareja, él se quedaría solo, callado y sin poder buscar una joven grillita con la cual poder formar un hogar y poner preciosos huevos que se convertirían en futuros grillitos. De pronto, muy cerca de él, oyó algo que parecía haberse caído del árbol más próximo. Se acercó despacio. Un pequeño pollo de zorzal movía torpemente sus alas dando graciosos saltitos buscando emprender un torpe vuelo. Magdaleno olvidó por un momento su patita perdida y rio divertido con los intentos del torpe pájaro. El pollo levantó la cabeza y lanzó una mirada de furia hacia el grillo. "Ríete, le dijo, me da igual, pero mejor será que te mantengas alejado de mí. Soy un zorzal y me tienen miedo todo el Mundo Pequeño del bosque."

Para el lector que no lo sepa, hay que contar que el bosque, desde el punto de vista de los animales que en él moran, se divide en varios mundos El Mundo Corredor, que lo forman los grandes animales que viven en el suelo, como zorros, lobos o gatos monteses, el Mundo Saltador, compuesto por los animales que viven en los árboles y saltan de rama en rama, como las ardillas. EL Mundo Volador, al que pertenecen todos los pájaros y el Mundo Pequeño en el que se agrupan todos los animales que son, por su tamaño, difíciles de ver. Está claro que cada mundo es independiente teniendo sus propias leyes y su relación con los demás se limita a ser unas veces "Comidos y otras "Comientes". Así, por ejemplo, El Mundo Volador es "Comido" de los Corredores y a su vez es "Comiente" del Mundo Pequeño. Todo esto ya lo sabía Magdaleno pero recibir las amenazas de un flacucho zorzal que intentaba levantar el vuelo, no hizo sino incrementar sus carcajadas. Como en el fondo era un poco presumido, quiso burlarse del pobre pájaro. Extendió sus alas y dio un par de vuelos alrededor de la cabeza del humillado pollo. Aterrizó a unos metros de él y ya se disponía a marcharse cuando oyó que, esta vez, el que se reía era el pájaro al verle cojear de su única pata trasera.

¡Ja, ja, ja! Mucho presumir pero dime qué vas a hacer esta primavera para poder tocar tu violín. Yo no podré volar y estaré sólo pero tú también lo estarás. Ninguna grilla se acercará a un grillo que no interprete hermosas melodías.

Magdaleno se quedó serio mirando al pájaro. Sabía que tenía razón. Podría volver a su casa pero Mamá Grilla y Papá Grillo pronto volarían al Lugar de Donde no se Vuelve y el se quedaría solo, sin pareja ni amigos para siempre. Dio unos pasos en la dirección del pájaro. "Oye, le dijo, los dos tenemos un problema y yo puedo enseñarte a volar pórque también tengo alas. A cambio te pido un poco de compañía. ¿Cómo te llamas? -le preguntó-

- Me llamo Pascual y soy el más pequeño de tres pollitos del mismo nido. Mis hermanos ya aprendieron a volar y se fueron hace algunas semanas. Yo, cada vez que me caigo del nido, vuelvo a subir a saltitos para intentarlo de nuevo, una y otra vez hasta que algún día logre poder volar.

- Bien, déjame, primero veamos esas plumas. No, me parece que no. Por culpa de tanto intento, tus plumas están sucias y descolocadas. Cuando los grillos aprendemos a volar, nuestros maestros siempre nos dicen lo mismo: "Las alas hay que cuidar, si lejos quieres volar". ¿No os enseñan eso a los zorzales?

- No, creo que no, O por lo menos no lo recuerdo.

- Bueno, pues déjame. Mira, estas plumas están bien sucias y llenas de barro. Habrá que limpiarlas primero.

Dicho esto, Magdaleno empezó a reparar una a una, cada pluma de Pascual. Quitaba unas, limpiaba otras y colocaba las de más allá. El zorzal le dejaba hacer ayudando con su pico en la labor. Una vez terminada ésta, Magdaleno dio un rodeo al pájaro para comprobar que todo estaba en orden. ¡Perfecto! Exclamó. Ahora veamos cómo lo haces.

Pascual extendió las alas y comenzó a batirlas. Una primero y luego la otra. Una, otra, otra, repetía a cada movimiento mientras Magdaleno volvía a reír a carcajadas. ¿Estás tonto?, le dijo. No puedes mover así las alas. No me extraña que no vueles. ¡Hay que moverlas las dos a la vez!

Pascual le miró asombrado. ¡Las dos a la vez! Nunca se le hubiera ocurrido. Cuando se fijaba en el vuelo de sus mayores, la velocidad de las alas era tan rápida que no le daba tiempo a ver que las dos se movían al mismo tiempo como si fuera una sola ala. Esta vez empezó con un poco de miedo. Arriba y abajo, arriba y abajo. Notó que sus patitas empezaban a despegar del suelo y que, suavemente, empezaba a ganar un poco de altura hasta subirse a una de las ramas más bajas de un hermoso roble. Tan contento estaba que se puso a cantar y, esta vez fue Magdaleno el que, recordando lo que le había pasado, no pudo por menos que ponerse un poquito triste. Se enjugó una lagrimita que empezaba a caerle por la cara y de un corto vuelo subió hasta la rama en la que se encontraba su amigo.

- Lo has hecho bastante bien para ser la primera vez pero todavía te falta mucho por aprender. Hay que conocer el viento y las corrientes, hay que aprender a ir a uno u otro lado según te interese, subir y bajar lentamente y sin sobresaltos. Todo esto te lo puedo enseñar.

- - Gracias Magdaleno, dijo alegre el zorzal. Pero no sé cómo poder devolverte tanto favor. Dime, ¿Puedo hacer algo por ti?

A Magdaleno la idea le vino de repente, como un rayo que atravesase su cabeza. Una sonrisa iluminó su cara mientras decía: "Si, si que puedes hacer algo por mi. ¿Me puedes enseñar a cantar?

- ¡Hummmm! No lo sé. Yo canto de manera natural pero, ¿por qué no? Podemos intentarlo.

Casi un año después, el bosque se desperezaba y tras pasar un largo invierno, las primeras hojas verdes empezaron a asomar tímidamente. El sol rasgó las nubes y sus rayos iluminaron de calor y vida cada rincón que unos días antes había estado cubierto por la nieve. Esa tarde, al ponerse el sol en el horizonte, los ruidos de la tarde enmudecieron para dar paso al ulular de la lechuza y al melodioso cantar del grillo. De pronto un ¡cri, crí! Destacó entre los demás. Era una canción de noche jamás interpretada hasta el momento que hizo que todas las jóvenes grillas volvieran sus antenas en la dirección de la que procedía el canto. Detrás de una jara, al cobijo de un pequeño tronco, un pequeño y negro grillo entonaba su hermosa canción. Un poco más arriba, en una rama cercana, Pascual escuchaba en silencio. A su lado, en el nido, una bonita zorzal cuidaba tres pequeños huevos moteados. Antes de emprender el vuelo, Pascual emitió dos silbidos cortos y uno largo que acompañó de un gorjeo final. En el suelo, Magdaleno comprendió perfectamente el mensaje. Buena suerte para ti también, amigo Buena suerte.

Manuel Enríquez Turiño. Primavera de 2007


Mujer que silbaba, relato

Por Rodolfo Braceli. Poeta, dramaturgo, ensayista, autor de una veintena de libros, entre ellos El último padre, Don Borges, saque su cuchillo porque. La misa humana, De fútbol somos.


Esto sucedió, me sucedió. Fue un 7 de abril, hace dos años (en otro muy lejano 7 de abril nació alguien que me enseñó a respirar). Estoy viendo aquello que me sucedió, ahora, al compás de los latidos de este minuto. Necesito compartirlo; es más, debo compartirlo. Esta historia puede prevenir a más de uno.

Seguro que lo estoy viendo: ocho y cuarto de una mañana, el cielo azul, inobjetable. Tendrá ella unos. cuarenta años. Viste como cualquier mujer dichosa de serlo, que se dirige a su trabajo en una oficina de la ciudad de Buenos Aires. Se la ve fresca, descansada, bien dormida, con el pelo entusiasmado por la reciente ducha matinal. Apetece tanta fluidez.

Aparte de su cartera, la mujer, que tendrá unos cuarenta años, no más, lleva un libro. Qué bárbaro, no es un libro de autoayuda, ni con tapa de best seller.
Alcanzo a ver la palabra sol en el final del título. Si ella porta celular, qué bárbaro, al menos no lo tiene desenvainado.

La mujer, esta mujer, ya ha conseguido un asiento que da al pasillo, en la mitad del colectivo. Puedo verla perfectamente porque está a mi izquierda, y un asiento más adelante. La observo con la impunidad de quien mira desde atrás, sin ser visto.

Cruza sus piernas ella; ahora sus rodillas empiezan a tener su minuto de gloria. Abre el libro en una página que podría ser la 70 o la 80. Lee muy concentrada esa página, pasa a la siguiente; una levísima sonrisa le asoma; entramos en una calle de adoquines, maltratada; imposible seguir leyendo; cierra el libro.
La interrupción de la lectura, qué bárbaro, no le cambia el semblante a su humor.

Me da gusto mirar a esta mujer Me hace bien. Esto, más que pensarlo, lo siento.

Ahora ella está entreabriendo su cartera. Introduce la mano izquierda en los misterios de su profundidad -toda cartera es un mundo. Supongo, con aprensión, que seguro va en busca de su celular. Felizmente me equivoco: lo que ha sacado, qué bárbaro, es un caramelo. Un bello caramelo de color naranja. Lo despapela, lo deja sobre su lengua, lo muerde apenas, lo paladea con fruición. Una fiesta el caramelo en su boca.

¿Y después? No, no tira el papel, la mujer. Lo alisa una y otra vez sobre su rodilla más alta. El papel se deja. Qué más quiere. Un papel con destino, si los hay: sirvió para abrigar largamente un caramelo, y ahora, en la culminación de su trayectoria, recibe, sobre su piel de papel, esos dedos que insisten en borrarle las arrugas de su frente, de papel.

Los dedos siguen y el papelito va deponiendo el ceño; se sigue dejando.

El colectivo frena con brusquedad de colectivo de día lunes. Un par de insultos pellizcan el aire. Empiezan a gestarse las contracturas de la jornada.

La mujer descruza las piernas. ¿Se está por bajar?

No, felizmente no. Sólo eso: ha descruzado las piernas.

Gira un poco la cabeza y mira ahora hacia su derecha. Si la sigue girando se va a encontrar con mi mirada. Y entonces: ¿qué haré con mi impunidad sorprendida con las manos en la masa? Madremía, ¿por dónde salgo?

Pero la mujer no sigue girando. Y no me descubre.

Lo que hace a continuación es inimaginable, no tiene nombre: empieza a silbar.

¿A silbar?

A silbar.

Silba bajito, silba como quien silba cuando está pintando una mesa o una maceta.

Su entonado silbido continúa. El aire, nuestro aire, esto no se lo esperaba. Y como el papel del caramelo recién, el aire también se deja. Silbido mediante, la melodía es como un agüita delgada que surce las trizaduras de la mañana. A esta hora todavía creemos que el día nos puede traer algo bueno y nuevo: la esperanza se permite aletear.

En el colectivo las cosas siguen sucediendo como venían Aparentemente. Porque la mujer que silba ha empezado a movernos resortes extraños, dormidos.

Observo cómo, uno a uno, los pasajeros que puedo ver, adelante, empiezan a darse vuelta fruncidamente. ¿Quién se anima a silbar así?

Dos hombres mueven las cejas, se ensecretan en un cuchicheo cómplice. De no ser por este incidente sonoro podrían haber viajado una década sin mirarse, sin dirigirse palabra.

Miro a los que miran a la mujer que silba. Y no hay caso, no hay quien permanezca en su centro. Un cosquilleo impreciso, inquietante, altera a cada uno.
Cada uno, seguro, está tratando de revisar el aspecto, la apariencia de esta mujer. El incomodante asombro surge y se instala porque nadie descubre en ella un detalle, algo que denote anormalidad: sus facultades mentales no asoman alteradas, su sistema nervioso no parece nervioso: ningún síntoma sospechoso: nada anormal en la vestimenta, nada anormal en el peinado, nada anormal en el maquillaje, nada anormal, incluso, en la edad. No se le puede endilgar a esta mujer que silba, tampoco, la anormalidad de ser demasiado joven, con los peligros que esto implica, ni la anormalidad de ser muy viejecita, con los
peligros que esto implica.

Sigue, sigue silbando la mujer que silba. Y lo peor del caso (lo mejor) es que silba como quien respira. Ante esto, tan natural, la rutina de la normalidad de pronto se siente desnudada. Entonces, la normalidad, muy corporativa ella, saca a relucir lo que íntimamente anida de patota. Ya sabemos: en el reino de lo establecido y acostumbrado, nada más impune que la normalidad.

Continúa silbando la mujer que silba. Como si estuviera en su casa y sola y sin la menor urgencia.

Pero caramba, pero caraxus, pero carajo, ella no está en su casa ni está sola: ¿cómo puede ser que esté silbando aquí, delante de todos, en un colectivo, como si nada?

Realmente, ¿no estarán alteradas las facultades mentales de esta mujer? Quién sabe. Ni yo ni tú ni él, ni nosotros ni vosotros ni ellos pondríamos las manos en el fuego.

El hombre que va a mi lado (unos 60 años, aspecto de mecánico dental) me da un leve codazo y con una levantada de ceja en dirección a la mujer que silba, me significa algo que expresado con palabras sería: "Está rayada ésta".

Sucede un minuto, con todos sus segundos. Y suceden cinco más: tranquila, ella silba.

Entre asombrados e inquisidores, todos la miran desde la clandestinidad del disimulo.

Sensación de desasosiego, generalizada: el aire del colectivo se ha convertido en una especie de caldo. Caldo de cultivo de algo que se compone vagamente de sensaciones diversas: vergüenza ajena, descalificación, burla chiquita, creciente patoterismo que busca la larvada complicidad y que no alcanza a mostrarse, pero que está ahí, latente.

Una señora muy aseñorada, tapándose la boca como hacen los que en los restaurantes apelan al furtivo escarbadientes, entabla diálogo con un desconocido, pese a que el desconocido -su ropa lo dice- es de menor poder adquisitivo:

-¿Le parece?

-Y sí. es rara esa mujer.

-¿Y si en una de ésas ésta saca un revólver y empieza a los tiros con todos?

-Y. nunca se sabe, señora.

-Ya no se está seguro ni de noche ni a la luz del día.

-Nunca se sabe, señora, nunca.

-¿Pero qué vamos a esperar, que esta loca saque un revólver y empiece a los tiros y vaya a la cárcel y entre por una puerta y a las veinticuatro horas salga por la otra?

-Por suerte me bajo en la próxima. Adiós, señora.

-Esto no-tie-ne-nom-bre. Con el corazón en la boca vive una y cuando sale de casa no sabe si va a volver. Nunca se vieron cosas así.

¿Y la mujer que silba? Silba.

Esto que está sucediendo es por demás insólito: alguien silba con naturalidad, como si tal cosa, en un colectivo. Y a eso lo sentimos como el inapresable, agazapado, inminente estallido de locura de quien, pese a sus apariencias, no debe de estar en su sano juicio. No del todo.

Nuestra cordura, prolijidad, prudencia, nuestra adultez adulterada, nuestra civilidad, produce esta sensación casi insoportable: estamos escandalizados ante una mujer que simplemente está silbando, como si el mundo, el de afuera, fuera una casa.

Han pasado dos años desde que fui testigo de esa mujer que silbaba tranquila, en un colectivo. Dos años. Hoy, sin saber bien por qué, vuelvo sobre aquel episodio. Lo repienso. La conclusión que saco es que aquella temeraria loca que se puso a silbar, era, entre todos nosotros, la única persona todavía alumbrada de plena salud.

Nosotros, los escandalizados, estamos fritos. De rutina. Porque perdimos el candor, despilfarramos lo que no tiene precio ni retorno: la vida.

Me gustan los íntimos desafíos. Mañana, cuando suba al colectivo, por ahí me pongo a silbar bajito. Tengo que hacerlo. Debo. ¿Lo haré? ¿Me saldrá el silbido?
No sé si me dará el cuero. Si tendré, para eso, los güevos que hay que tener. Y la salud.

Posdata. Mañana ya es hoy. Pasé una noche densa, peor que aquellas que precedían a mis exámenes de facultad. En cuanto apagué la luz, cometí la imprudencia de dormirme: me sentí como dentro de un lavarropas; en vez de agua, miedo, sabor a pánico. Tuve un sueño; en realidad, una pesadilla.

Quiero sacármela de encima: me encuentro en una habitación de altísimas paredes, sin ventanas y sin puertas visibles. Todo blanco, hasta el techo. Estoy sentado en una silla también blanca, lisa. Escucho mi respiración, casi jadeo, como si fuera de otro. Entonces, una mano en mi hombro. Me paralizo. Pero la mano es cálida, amiga. Me vuelvo: es el viejo Ray Brad­bury. Viste el mismo traje blanco a rayitas, con lamparones de grasa, y los bordes de su camisa
raídos que le vi cuando lo entrevisté hace años en una Feria del Libro. Don Bradbury me da un beso en la mollera y me cuenta un cuento Se trata de un Leonardo que vive en el año 2052 del mundo. A este hombre le gusta pasear apenas entrada la noche por el medio de las calles; puede hacerlo porque no pasan autos. Va solo, nadie sale a caminar: todos están comiendo, bebiendo o mirando televisión. En la calle silenciosa y larga y desierta -me dice don Bradbury-
sólo su sombra se mueve. El hombre recoge una hoja, sigue, se da cuenta de que, en diez años de caminatas, de noche y de día, nunca había encontrado a otra persona que paseara, como él. De pronto, un coche y un cono de luz que lo frena. Desde el vehículo, policial, una voz metálica le dice quieto, quédese ahí, ¡arriba las manos o dispararemos! Obedece Leonardo, y responde a las preguntas. Dice su nombre, su ocupación. Cuando le preguntan qué está haciendo, contesta que está caminando. ¿Caminando para qué? Caminando para tomar aire, para ver. Aquí -me sigue contando don Bradbury-, al hombre se le empiezan a complicar las cosas. Más preguntas: ¿Tiene televisor? No tengo. ¿Es casado? No soy casado. Se lo llevan detenido, cargado de sospechas: le gusta salir a caminar y no tiene televisor y no tiene siquiera una esposa que le sirva de coartada. Grave.

Tal el cuento. Don Bradbury desaparece; no alcanzo a preguntarle por dónde entró.

Me despierto con el corazón latiendo demasiado; un vaso de agua; me duermo enseguida con la luz prendida. Y el sueño empieza, o continúa. Estoy en el mismo colectivo de hace dos años dispuesto a jugármela. Respiro hondo. Me pongo a silbar. Siento las miradas que me tocan por los cuatro costados. Sigo silbando.
Ahora siento el peso de los murmullos, algunas risitas. Pero no dejo de silbar. Un pasajero le dice algo al chofer. Este cabecea afirmativamente... Gira en una esquina imprevista. Frena en una comisaría.

Mi sueño sigue: Estoy en un calabozo. Me empiezan a hacer las preguntas de rigor, con el rigor de costumbre. ¿Por qué me interrogan?, pregunto a un uniformado de policía y a un psiquiatra uniformado de tal.

-Le haremos un chequeo para ver si está en sus cabales.

-¿Por qué?

-Por silbar.

-¿Por silbar?

-¿Le parece poco?

-¿Qué tiene de malo silbar?

-Aquí los que interrogamos somos nosotros. Responda. Diga, ¿de quién son las Malvinas?

-Argentinas.

-Mmmm. Diga, ¿de quién es la Argentina?

-¿Queda Argentina?

Habrán visto algún mal modo, no sé, pero a mis interrogadores mi respuesta no les gusta. Me duermen con una trompada o con un palazo en la nuca; algo así de convincente. Despierto en una celda con olor a sí misma En un papel que antes envolvió un sánguche y dos manzanas, empiezo a escribir con letra llamativamente clara, considerando que estoy soñando: "Aprender a silbar es la mejor herencia que les podemos dejar a nuestros hijos. Y aprender a cuidar el agua."

Cuando estoy poniéndole las letras a la palabra agua, otra vez una mano sobre mi hombro agobiado. Es don Bradbury, con el mismo traje condecorado con lamparones de sus comidas desprolijas. Suspira el viejo, me besa la mollera tres veces y me dice: "Ay, Rodolfo. Esto te pasa porque eres incorregible: tendrías que haber terminado tu relato antes de la posdata".


Mabinogi se denominaba cada una de las leyendas galesas que todo bardo debía aprender. Una de estas reliquias de la memoria mitológica era la historia del rey Pwyll, parte de la cual cuento aquí en una adaptación libre y personal.
Cabalgaba por un bosque cerrado y oscuro, a la caza del ciervo, un caballero llamado Pwyll, señor de las tierras de Dyfed. Habiáse quedado sólo, y hasta la vista de sus propios perros había perdido entre tanta espesura. Por eso se extrañó y su caballó se removió inquieto cuando vió aparecer entre los árboles un ciervo a la carrera, perseguido de cerca por una manada pequeña de perros que no eran los suyos, ladrando y aullando enloquecidos. Su primer impulso fue seguirlos, pero enseguida se dió cuenta de que los perros no eran normales: tenían las orejas completamente rojas, como brasas brillantes que refulgían en medio del pelaje blanco. Todo buen galés sabe que eso es mala señal, pelirrojos son los hombres y las mujeres tocados por las hadas, y lo mejor es alejarse de ellos. Así lo hizo el cazador, pero ya era demasiado tarde. Había traspasado los límites del Reino de las Hadas, llamado Annwn, la Tierra de los Muertos. Entre las brumas que de repente parecían trepar por los troncos apareció un hombre montado a caballo, al paso. Por los belfos, el animal humeaba aliento caliente. Bajo un yelmo de brillante plata, el extraño habló:
-Esperaba más de vos, Pwyll. Confiaba en contar con vuestros brazos en esta cacería...
-Siento haberos defraudado, señor, pero pensé que era ajeno...
-Pues hicistéis mal al no seguir vuestro primer impulso: la pieza se ha perdido.
-Lo siento de veras, señor, y si en mí está el arreglarlo, os ofrezco cuanto soy y tengo en reparación de tal afrenta, mi señor. Más decidme, ¿cuál es
vuestra gracia?
-Mi nombre es Arawn, rey de Annwn, y no esperaba menos de vos. El Hado ha querido reunirnos aquí y ahora y vuestro compromiso es bienvenido y aceptado.
-Sea, mi señor Arawn. Decídme que queréis de mí.
-Puesto que aceptáis antes de escuchar, sabed que vuestra lanza deberá erguirse en vuestro brazo al término de un año. Sois el elegido para batiros en duelo
contra mi enemigo, el caballero Havgan, que se ha apropiado de buena parte de mis tierras.
-De nobles es ofrecer antes de pedir, mi señor. Nunca rechacé un lance, y no lo haré al término de un año, que sea aquí donde nos reunamos.
-Sea pues este el lugar, el bosque de Glyn Cuch, pero escuchad, durante este tiempo vos seréis Arawn y yo seré vos, vos gobernaréis mis tierras y mis gentes
en Annwn y yo lo haré bajo vuestra misma apariencia en vuestro reino, Dyfed. Nadie sospechará nada, pues la figura de Arawn será la vuestra, y la de Pwyll
será la mía. Ese es el trato. Ahora, cabalguemos hacia nuestros nuevos destinos, y volveremos a vernos cumplido un año.
Volvió grupas el rey de Annwn, pero apenas había recorrido unos metros cuando volvió, gritando:
-Un momento, Pwyll, debéis saber que mi enemigo Havgan, goza de mágicas protecciones. Cuando os enfrentéis a él, dadle sólo un golpe, y no le déis el de
gracia, pues si lo hicieráis reviviría con igual fuerza.
Corcoveaba nervioso el caballo mientras el Rey de las Hadas hablaba, y al fin arrancó al galope, perdiéndose entre los árboles, camino de Dyfed.
Pwyll apenas salía de su asombro, pero la palabra estaba dada. Parecía que su montura conociera el camino, pues en breve lo llevó hacia un castillo, que supuso era el que iba a tener que gobernar durante un año bajo la apariencia física de Arawn.
Mas no había supuesto Pwyll que los problemas vendrían después de tratar con guerreros, terratenientes y ciudadanos. Esa parte fue fácil, la justicia fluía de sus manos pues tenía la verdad asentada en su mente. Lo dificil vino cuando se retiró a sus habitaciones al término del primer día.  Allí lo esperaba la mujer de Arawn, pensando que era él, y deseando, supuso, el mismo trato de todas las noches. La mujer era bella, como sólo pueden serlo las hijas de las hadas. El compromiso era gobernar un territorio, mas no mancillar sus posesiones, pensaba en su interior Pwyll, por eso se mantuvo firme, se volvió contra la pared de piedra, en silencio, sin contestar a las preguntas ni a los ruegos de la desconcertada esposa. Toda la noche la pasó así, y tras la primera noche, las siguientes, hasta cumplir el año acordado. Entonces fué Pwyll en la figura de Arawn con sus pertrechos de combate al vado del río en medio del bosque de Glyn Cuch, y allí estaba esperando Havgan, su enemigo, impresionante con su armadura negra y su lanza inmensa. Y no se lo pensaron dos veces, que tal como se vieron se calaron los yelmos, empuñaron las picas y lanzaron a galope las monturas envueltas en bardas volando al viento. El choque fue brutal. Havgan dejó caer su lanza, estaba malherido y a duras penas se mantenía en la silla:
-Por compasión, termina lo que empezaste, remátame y vuelve vencedor- gritó el guerrero. Pero Pwyll recordó lo que le dijó Arawn y no quiso embestir de
nuevo, aunque estaba preparado:
-Sé con seguridad que me habría de arrepentir si tratara de terminar contigo con otro mandoble; no habra más te digo.
Con un torva mirada, comprendiendo que su final estaba cerca, Havgan el usurpador llamó a sus criados y éstos se lo llevaron de allí. Pwyll,
todavía bajo la apariencia y pertrechado con las armaduras de Arawn, recorrió todas las tierras, castillos y señoríos, y los recuperó para Annwn. Sólo
entonces volvió al bosque. Ya lo esperaba allí el verdadero Arawn, sonriendo.
-Sabía que confiaba en un buen hombre y un gran guerrero. Recupera tu físico, pues has cumplido de sobras con tu palabra, vuelve a Dyfed y ve lo que allí
he hecho en este año.
Volvió Pwyll a la carrera, y convocó a sus caballeros. Y les pidió que con sinceridad respondieran sobre cómo había gobernado él mismo durante un año.
Y todos a una respondieron que nunca hubo mayor justicia, ni más dones de su mano, ni mejor suerte para tierras, animales y gentes. Y Pwyll agradeció en su interior a Arawn los favores recibidos.
Por su parte, Arawn regresó a su reino y lo encontró como esperaba, pero cuando se reunió con su esposa esa noche, y la abrazó, y la besó, y la cubrió de caricias como antaño, no recibió ni palabras ni caricias ni besos de ella. Y cuando le preguntó por qué era así con él, ella le respondió que no hacía más que comportarse como él había hecho durante un año. Y entonces Arawn comprendió, y le contó la verdad a su esposa, y ésta se alegró, y folgaron, y fueron felices, y ella le dijo:
-Prueba mayor de amistad no existe en el mundo. Agradece a los dioses haber topado entre los mortales con un verdadero amigo, y no lo pierdas; ni a él,
ni tampoco a mí, si osárais enfrentarme de nuevo a la duda.
Ambos reyes y sus descendientes mantuvieron la amistad desde entonces, y se intercambiaron regalos: caballos de guerra, perros de caza, armaduras y cadenas.
Y el rey Arawn dió a su amigo el nombre de Señor de Anwn para siempre.


 

El sombrero (Por Eduardo Pavlovsky *)

Cuando subí al taxi lo primero que me llamó la atención fue que el taxista llevaba sobre la cabeza un sombrero marrón claro con una faja roja y visiblemente ladeado sobre su cabeza. El hombre tendría entre 65 y 70 años, y silbaba muy alegremente. Pasé un rato observando su cabeza, había algo que me cautivaba, me seducía. El color, tal vez marrón muy clarito. La faja roja y el tono inclinado de su postura. Le quedaba muy bien y lo portaba con una elegancia singular. Diría yo que estaba orgulloso de su prenda.
-Lo felicito por su sombrero -le dije-. Le queda muy bien. Lo lleva muy bien. -Eso es lo importante. No sólo ponérselo sino llevarlo con alegría. No sabe usted los sapos que me tuve que tragar con los pasajeros. Un señor sesentón me preguntó si yo tenía hijos. Le dije que dos. El agregó: "Y sus hijos no le dijeron que a su edad ese tipo de sombrero, encima ladeado, es un mamarracho, una falta de seriedad inconcebible". "¡A mí me gusta mucho!", le contesté. "Que le guste mucho no significa que no sea una actitud provocativa. Como si yo anduviera en calzoncillos en Cariló porque me gusta mucho. Además, ¡ese color no es para su edad!" Se bajó tremendamente ofuscado y haciendo gestos de desaprobación. Una señora me preguntó de dónde había sacado ese sombrero. Le dije que se lo había visto puesto en una película francesa a Alain Delon y, cuando cumplí 60 años, me lo hice igualito y a medida. "¡De la mafia francesa tenía que salir! ¿Usted tiene familia?" "Enviudé a los 50 años y tengo dos hijos y un nieto." "Hágalo por su nieto: cómprese una buena gorra y sáquese ese sombrero mafioso, hágalo por su nieto." La verdad es que yo no comprendía la relación que establecían entre mi familia y el sombrero. Pero parecía muy importante para ellos. La señora permaneció en silencio durante todo el viaje y al bajar me dijo: "Cómprese una buena gorra, no se olvide. Pero no de colores irriantes, discreta". El colmo fue un señor que entró al coche y en la primera esquina me dijo que me detuviese y se bajó mientras gritaba: "¡Yo con putos no viajo!". Una adolescente me preguntó de dónde había sacado ese sombrero, que le dijera dónde lo podía comprar para usar en su disfraz en los próximos carnavales.  -Usted sabe una cosa, mister (me gustó lo de mister). Los domingos voy a comer un asado a lo de mi hermano que vive en una villa y nadie nunca me dijo nada allí y voy siempre con el sombrero puesto, y no me lo saco. -Lo que pasa -le dije- es que aquí viaja la clase media, la del sentido común -le comenté-. Esos son los que tienen los prejuicios. El hombre común.
Pensé en esos momentos en una frase de Noé que dice que en Buenos Aires, donde a todo le tienen miedo, todo se resuelve con "colorcitos" y "tonitos", y donde el concepto que regula es el de la "justa medida".  -Yo lo estuve pensando mucho y llegué a una conclusión. La gente no aguanta que uno la pase bien. En general la gente no se anima a hacer las cosas que le gustan. Se sienten frustrados toda la vida. Mi sombrero es todo lo que ellos no se animaron a hacer por miedo, por temor a la crítica. Estoy seguro. Cuando ven un laburante con un sombrero original, sufren. No se lo bancan. Yo quise a una sola mujer y cuando se murió ella tenía 45 años. Estuve 25 años enamorado de ella. Después, un gran vacío insoportable -algunas minitas-, pero nunca la pude olvidar. El amor que sentía por esa mujer fue y será irremplazable. Si le digo la verdad, yo me he sentido siempre muy feliz. Viví una vida digna. Siempre hice lo que quise. La muerte de mi mujer fue el golpe más fuerte que tuve en mi vida. Pero estoy seguro de que a ella le hubiera gustado mucho. En el fondo creo que me lo pongo para ella. A ella le gustaba mi coquetería. La enorgullecía.
Ahora aprendí a festejarme, ponerme el sombrero de Alain Delon me hace bien. Me lo merezco. Nunca tuve vergüenza. Mis hijos me dicen: "¿Hoy salís con el sombrero, viejo?". Me quieren. Saben que estoy contento cuando me lo pongo. Que estoy orgulloso. "Vos estás más alegre desde que usás ese sombrero", me dicen. La primera vez que fui a la villa a comer un asado y vieron que me llevaba el sombrero, mis hijos me acompañaron. Tenían miedo por las cargadas pesadas. Nadie nunca me dijo nada. En la villa no son prejuiciosos. Pero ahora, en mis 70 años, cometí un solo error...
-¿Cuál? -le pregunté. -Me enamoré hace dos meses de una pendeja de 30. Hay un proverbio árabe que dice que el amor a esta edad se sufre mucho. Estoy como loco. -Escúcheme, mi amigo -le dije-. El amor a su edad, lo que usted siente es lo importante. ¡Usted está vivo! ¡Más vivo que nunca! Lo importante es haberse animado a enamorarse, sentir todas las alegrías y los dolores del mundo. El amor es como su sombrero. Es el riesgo de vivir intensamente. Usted no se jubiló de la vida. Deje que el amor lo invada. Es una transfusión de vida.  Ahí el taxi paró en Astilleros y Sucre. El se dio vuelta y me dijo con los ojos llenos de lágrimas: "Gracias, hermano, sus palabras me hacen bien. Yo no estoy jubilado de la vida. Es cierto". Me dio la mano y yo se la di también. Los dos estábamos llorando. Pero era un llanto lindo. Libre de prejuicios. No éramos hombres comunes.

** Psicoterapeuta, autor, actor y director teatral. Entre sus numerosas obras se cuentan El señor Galíndez, Potestad y La muerte de Marguerite Duras.*


 

La leyenda del Lago de Inchiquin

 

Debajo de la superficie actual de este lago, existió antaño una llanura completamente lisa donde se destacaba la imponente mole de un castillo, o de un fuerte, al menos. Una caverna, debajo de este castillo, conducía a alguna región inexplorada y no lejos de su boca yacía un hermoso manantial. Al señor del fuerte se le comunicó que, en ocasiones, se veía surgir de la boca de la caverna durante las noches de luna a tres hermosas mujeres, que se bañaban en el manantial; y él tomó muy buena nota de esto.

 

Se ocultó a la entrada de la caverna y vio entrar a tres beldades a la luz de la luna. Esperó con impaciencia a que volvieran y dejó que dos de ellas se deslizaran junto a su escondite. Al pasar la tercera, que era la más joven y bonita, la aferró y la llevó al aire libre. Las otras huyeron al interior de la caverna y la ninfa apresada rogó empeñosamente que le devolvieran la libertad. Pero él era gallardo y amable y al mismo tiempo resuelto; de modo que la cautiva consintió finalmente en reinar como dueña de su corazón y de sus dominios. Vivieron felices durante muchos años y tuvieron dos hijos. Ella

había impuesto la condición de que su marido no invitara a persona alguna al castillo y él, durante muchos años, no sintió deseos de violar la palabra empeñada.

 

Como tenía en sus caballerizas un hermoso caballo de carrera, se apoderó de él finalmente el deseo de concurrir a las carreras de Kood y le pidió a su esposa que se lo permitiera. Ella consintió, pero le advirtió que no debía traer a amigo o conocido alguno con quien se encontrara allí.

 

El señor del fuerte regresó solo por la noche, alegrándose de un premio obtenido por su caballo e indujo a su esposa, que era una dama Sídhe, a que le permitiera repetir la excursión al día siguiente.

 

La segunda noche el señor del fuerte cumplió también su palabra. Pero... ¡ay!... Al tercer día, algunos amigos irreflexivos y otros envidiosos lo asediaron, le hicieron beber, se enteraron de su secreto y fueron invitados a acompañarlo a su castillo, para ser presentados a su esposa.

 

La hermosa Sídhe había estado esperando su regreso y cuando lo vio cruzar la planicie, rodeado por una desordenada multitud, entregándose todos a una turbulenta alegría, el amor y la estima de la Sídhe por su marido se derritieron. El estrépito del aturdido grupo cesó cuando todos ellos contemplaron a una mujer de sobrehumana belleza, que avanzaba a su encuentro desde las puertas del castillo, llevando a un niño de cada mano. El corazón del señor del fuerte comenzó a latir de una manera salvaje y de inmediato profirió un terrible grito de angustia y echó a correr al ver que su esposa y sus hijos desaparecían en el manantial encantado. El asombro y la perplejidad de sus compañeros no tardó en transformarse en miedo, ya que el agua comenzó a brotar impetuosamente del manantial, en grandes cantidades, anegando la planicie. Y siguió surgiendo así, hasta adquirir el nivel que ocupa hoy, constituyendo una severa advertencia contra los amigos poco aconsejables y las violaciones de los compromisos solemnes.

 

Debajo de la superficie actual de este lago, existió antaño una llanura completamente lisa donde se destacaba la imponente mole de un castillo, o de un fuerte, al menos. Una caverna, debajo de este castillo, conducía a alguna región inexplorada y no lejos de su boca yacía un hermoso manantial. Al señor del fuerte se le comunicó que, en ocasiones, se veía surgir de la boca de la caverna durante las noches de luna a tres hermosas mujeres, que se bañaban en el manantial; y él tomó muy buena nota de esto.

 

Se ocultó a la entrada de la caverna y vio entrar a tres beldades a la luz de la luna. Esperó con impaciencia a que volvieran y dejó que dos de ellas se deslizaran junto a su escondite. Al pasar la tercera, que era la más joven y bonita, la aferró y la llevó al aire libre. Las otras huyeron al interior de la caverna y la ninfa apresada rogó empeñosamente que le devolvieran la libertad. Pero él era gallardo y amable y al mismo tiempo resuelto; de modo que la cautiva consintió finalmente en reinar como dueña de su corazón y de sus dominios. Vivieron felices durante muchos años y tuvieron dos hijos. Ella

había impuesto la condición de que su marido no invitara a persona alguna al castillo y él, durante muchos años, no sintió deseos de violar la palabra empeñada.

 

Como tenía en sus caballerizas un hermoso caballo de carrera, se apoderó de él finalmente el deseo de concurrir a las carreras de Kood y le pidió a su esposa que se lo permitiera. Ella consintió, pero le advirtió que no debía traer a amigo o conocido alguno con quien se encontrara allí.

 

El señor del fuerte regresó solo por la noche, alegrándose de un premio obtenido por su caballo e indujo a su esposa, que era una dama Sídhe, a que le permitiera repetir la excursión al día siguiente.

 

La segunda noche el señor del fuerte cumplió también su palabra. Pero... ¡ay!... Al tercer día, algunos amigos irreflexivos y otros envidiosos lo asediaron, le hicieron beber, se enteraron de su secreto y fueron invitados a acompañarlo a su castillo, para ser presentados a su esposa.

 

La hermosa Sídhe había estado esperando su regreso y cuando lo vio cruzar la planicie, rodeado por una desordenada multitud, entregándose todos a una turbulenta alegría, el amor y la estima de la Sídhe por su marido se derritieron. El estrépito del aturdido grupo cesó cuando todos ellos contemplaron a una mujer de sobrehumana belleza, que avanzaba a su encuentro desde las puertas del castillo, llevando a un niño de cada mano. El corazón del señor del fuerte comenzó a latir de una manera salvaje y de inmediato profirió un terrible grito de angustia y echó a correr al ver que su esposa y sus hijos desaparecían en el manantial encantado. El asombro y la perplejidad de sus compañeros no tardó en transformarse en miedo, ya que el agua comenzó a brotar impetuosamente del manantial, en grandes cantidades, anegando la planicie. Y siguió surgiendo así, hasta adquirir el nivel que ocupa hoy, constituyendo una severa advertencia contra los amigos poco aconsejables y las violaciones de los compromisos solemnes.


Leyenda griega de la primavera

Hubo un tiempo en el sureste de Europa en que reinaba la eterna primavera. La hierba siempre era verde y espesa y las flores nunca marchitaban. No existía el invierno, ni la tierra yerma, ni el hambre.
La artífice  de tanta maravilla  no era otra que la diosa de la fecundidad de los campos, Démeter (la madre tierra).
Démeter se convertiría  en la cuarta esposa de  Zeus, padre de todos los dioses, dueño y señor del cielo. De ese matrimonio nació Perséfone.
La criatura  era el amor de su madre, y una joven de gran hermosura. Solía acercarse  a un campo repleto de flores a jugar.
Un día pasó por allí el terrible Hades,  dios de los infiernos , con su temible carro tirado por caballos. Se  encandiló de Perséfoney la  raptó para llevarla al submundo, a su territorio.
Démeter, al no aparecer su hija, empezó a preocuparse y fué en su busca. Encendió  dos  antorchas y, con una en cada mano, emprendió una peregrinación de nueve días y nueve noches en su busca.
Todo fué inútil. Al décimo día el sol, que todo lo vé, se atrevió a decirle quién se había llevado a su hija.

Irritada por la ofensa, Demeter  decidió abandonar  sus funciones y el Olimpo. Vivió y viajó por la tierra. Esta  se quedó desolada y sin ningún fruto ya que, privada  de su mano fecunda, se seca y las plantas no crecen.
Zeus, ante el desastre que se estaba produciendo, se vió obligado a intervenir  de alguna forma. Sin embargo  no le fué posible  devolver  a  Perséfone  a su adorada madre, porque la muchacha  había  probado el fruto de los infiernos (la granada) y le era imposible regrezar al mundo de los vivos y abandonar las profundidades.
Así las cosas, se pudo finalmente llegar a un compromiso. El   acuerdo permitía  a la joven mantenerse al lado de su esposo  durante un período del año y volver al lado de su madre.
Cuando Perséfone  regreza con su madre, Demeter muestra  su alegría haciendo reverdecer  la tierra, con flores y frutos.
Por el contrario, cuando la joven desciende al subterráneo, el descontento de su madre se demuestra en la tristeza del otoño y el invierno.
Así  se renueva  anualmente  el ciclo de las estaciones.


La ciencia mágica

  En una aldea vivían un campesino con su mujer y su único hijo. Eran muy pobres, y, sin embargo, el marido deseaba que su hijo estudiase una carrera que le ofreciese un porvenir brillante y pudiera servirles de apoyo en su vejez. Pero ¿qué podían hacer? ¡Cuando no se tiene dinero...!

   El padre llevó a su hijo a varias ciudades y pueblos para ver si alguien quería instruirle de balde; pero sin dinero nadie quería hacerlo. Volvieron  a casa, lloró él, lloró la mujer, se desesperaron los dos por no tener bienes de fortuna, y cuando se calmaron un poco, cogió el viejo a su hijo y otra vez se marcharon ambos a la ciudad cercana. Cuando llegaron a ésta encontraron en la calle a un hombre desconocido que paró al campesino y le preguntó:

     -¿Por qué estás tan triste, buen hombre?

     -¿Cómo no he de estarlo? -dijo el padre-. Hemos visitado muchas ciudades, buscando quien quiera instruir de balde a mi hijo, y no he podido encontrarlo; todos me piden mucho dinero y yo no lo tengo.

     -Déjamelo a mí -le dijo el desconocido-. En tres años yo le enseñaré una profesión muy lucrativa; pero, acuérdate bien: dentro de tres años, el mismo día y a la misma hora que hoy, tienes que venir a recogerlo; si llegas a tiempo y reconoces a tu hijo, te lo podrás llevar; pero si llegas tarde o no lo reconoces, se quedará para siempre conmigo.

     El campesino se puso tan contento que se olvidó de preguntar sus señas al desconocido y qué era lo que iba a enseñar a su hijo. Se despidió de éste, volvió a su casa, y con gran júbilo contó lo ocurrido a su mujer. No se había dado cuenta de que el desconocido a quien había dejado su hijo era un hechicero.

     Pasaron tres años; el viejo había olvidado por completo la hora y el día y no sabía de qué modo salir de este apuro. El día anterior a aquel en que el campesino tenía que presentarse al hechicero, su hijo, transformado en un pajarito, voló a la casa paterna, se situó delante de la cabaña, y dando un golpe en el suelo con una patita volvió a su estado primitivo y entró en la casa hecho un joven guapísimo. Saludó a sus padres y les dijo:

     -¡Padre! Mañana es el día en que tienes que venir a buscarme, pues se cumplen los tres años de mis estudios, cuida de no olvidarlo.  Y le explicó a qué sitio tenía que ir y cómo podría reconocerlo.

     -Mi maestro tiene en casa otros once jóvenes discípulos, los cuales se han quedado para siempre con él porque sus padres no llegaron a tiempo para llevárselos o no han sabido reconocerlos; si a ti te sucediese lo mismo no tendría más remedio que quedarme toda la vida con él. Mañana, cuando llegues a casa del maestro, él nos presentará a los doce jóvenes transformados en doce palomos blancos todos exactamente iguales; tú tienes que fijarte, pues al principio todos volaremos a la misma altura; pero luego yo volaré más alto que los otros; el maestro te preguntará: «¿Has reconocido a tu hijo?» Tú señálale el palomo que vuela más alto. Después -prosiguió el hijo- te presentará doce caballos que tendrán todos el mismo pelo, las mismas crines y la misma alzada; fíjate bien en que todos estarán muy tranquilos menos yo, que me moveré y golpearé el suelo con la pata izquierda. El maestro te repetirá la pregunta de antes y tú, sin titubear, señálame a mí. Después de esto -siguió el hijo- aparecerán ante ti doce guapos jóvenes todos de la misma estatura, del mismo color de pelo, con la misma voz, y estarán vestidos y calzados todos iguales. Fíjate bien entonces en que se posará en mi mejilla derecha una mosca pequeñita;  ése será el signo por el que podrás reconocerme.

  Se despidió de sus padres, dio un golpe en el suelo, y al instante se volvió a transformar en un pajarito, que se fue volando a casa de su maestro.

     Por la mañana el padre se levantó temprano y se fue en busca de su hijo. Cuando se presentó delante del hechicero, éste le dijo:

     -He enseñado a tu hijo durante tres años toda la ciencia que yo sé; pero si tú no le reconoces se quedará conmigo para siempre.

     Después soltó doce palomos todos blancos que no se diferenciaban en nada. El hechicero dijo entonces al padre:

     -Dime cuál es tu hijo.

     -¿Cómo quieres que lo reconozca cuando todos son iguales? -exclamó el padre.

     Pero de pronto uno de los palomos empezó a volar más alto que los demás, y el padre, entonces, reconoció en él a su hijo.

     -Bien, hombre. Esta vez has reconocido a tu hijo -dijo el hechicero.

     A los pocos minutos aparecieron ante ellos doce caballos, los cuales tenían el mismo pelo, las mismas crines y la misma alzada. El padre empezó a caminar alrededor de ellos sin poder reconocer a su hijo, cuando uno de los caballos golpeó el suelo con la pata izquierda; el padre en seguida señaló al caballo, diciendo al hechicero:

     -Ése es mi hijo.

     -Tienes razón, viejo -repuso el hechicero.

     Por último, se presentaron ante sus ojos doce jóvenes guapísimos; tenían todos la misma estatura, el pelo del mismo color, la misma voz y estaban vestidos y calzados del mismo modo. El campesino se fijó bien en ellos, pero esta vez no podía reconocer a su hijo; pasó por delante de ellos dos veces, y por fin vio posarse una mosquita sobre la mejilla derecha de uno de los jóvenes. El padre, lleno de júbilo, lo señaló al hechicero, diciéndole:

     -Maestro, ése es mi hijo.

     -Lo has reconocido; pero no eres tú el sabio astuto, sino que el astuto es tu hijo.

     El padre, contentísimo y seguido del hijo, se marchó a su casa. No se sabe cuánto tiempo caminaron; los cuentos se cuentan pronto, pero en la realidad  las cosas ocurren mucho más despacio. En su camino encontraron a unos cazadores que estaban discutiendo, y mientras tanto, una zorra aprovechaba la ocasión para huir de ellos.

     -Padre -exclamó el hijo-, yo me transformaré en perro de caza, cogeré a la zorra, y cuando los cazadores quieran quitármela tú les dirás: «Señores  cazadores, con este perro yo me gano la vida.» Ellos querrán comprarte el perro y te ofrecerán por él una buena cantidad de dinero; tú véndeme, pero conserva el collar y la correa.

  Al instante se transformó en perro de caza y cogió a la zorra. Los cazadores se pusieron a gritar al viejo campesino, diciéndole:

     -¿Por qué, viejo, has venido aquí a molestarnos y robarnos nuestra presa?

-Señores cazadores -respondió el viejo-, yo no tengo más que este perro, con el cual me gano la vida.

    -¿Quieres vendérnoslo?

     -Compradlo

-¿Cuánto quieres por él?

     -Cien rublos.

     Los cazadores, sin decir una palabra más, le pagaron al viejo los cien rublos, y al ver que éste le quitaba al perro

el collar y la correa, dijeron:

     -¿Para qué necesitas tú el collar y la correa?

     -Por si se me rompen las correas de mis abarcas tener con qué componerlas.

     -Bueno, cógelos -le dijeron, y ataron al perro con un cinturón, arrearon sus caballos y se marcharon.

     Al poco rato vieron otra zorra y soltaron a sus perros; pero éstos, por más que corrieron no la pudieron coger. Uno

 de los cazadores dijo a sus compañeros:

 -Amigos, soltad el perro que acabamos de comprar.

     Lo soltaron, pero no tuvieron casi tiempo de verlo; la zorra corría por un lado y el perro desapareció por el otro, y

llegó donde se había quedado el viejo, dio un golpe en el suelo, y al instante se transformó en el guapo mozo de antes.

 El padre y el hijo continuaron su camino; llegaron a un lago y vieron a otros cazadores que cazaban patos grises.

     -Mira, padre -le dijo su hijo-, mira cuántos patos vuelan. Voy a transformarme en halcón para coger y matar a los patos; entonces los cazadores empezarán a amenazarte para que les dejes cazar en paz, y tú diles: «Señores cazadores, yo no

tengo más que este halcón que me ayuda a ganar el pan de cada día.»

Ellos entonces querrán comprarte el pájaro, y tú se lo venderás, pero acuérdate bien de no darles las correítas que sujetan

las patas.

 Se transformó en un magnífico halcón que voló con gran rapidez a una gran altura, y desde allí se precipitó sobre la

manada de patos, hiriendo y matando tantos que su padre reunió en seguida un montón de caza.

Cuando los cazadores vieron un halcón tan prodigioso se acercaron al viejo y le dijeron:

 -¿Por qué has venido aquí a quitarnos y estropearnos nuestra caza?

 -Señores cazadores, no tengo más que este halcón, con la ayuda del cual me gano la vida.

 -¿Quieres vendérnoslo?

-Compradlo.

-¿Cuánto quieres por él?

 -Doscientos rublos.

 Los cazadores le pagaron el dinero y se quedaron con el pájaro; pero el viejo le quitó las correas que sujetaban las patas.

 -¿Por qué se las quitas? -preguntaron los cazadores-. ¿Para qué te pueden servir?

 -Yo camino mucho, y con frecuencia se me rompen las correas de mis abarcas, y éstas me podrán servir para reemplazar

las rotas.

  Los cazadores, no queriendo entrar en discusiones, le dejaron las correas y se marcharon con el halcón en busca de caza. Al poco tiempo voló hacia  ellos una manada de gansos.

-¡Compañeros, soltad pronto el halcón! -gritó uno de los cazadores.

     Lo soltaron, y éste voló con gran rapidez y se elevó a una gran altura sobre la manada de gansos, pero continuó volando más allá en busca del viejo, hasta que le perdieron de vista. Encontró a su padre, dio un golpe en el suelo y volvió a su verdadero ser.

     De este modo llegaron los dos a su casa con los bolsillos llenos de dinero. Llegó el domingo, y el hijo dijo al padre:

     -Padre, hoy me transformaré en un caballo; tú me venderás, pero acuérdate bien de no vender la brida, porque si la vendes no podré volver más a casa.

     Dio un golpe con un pie en la tierra y se transformó en un magnífico caballo, que el padre llevó a la feria para venderlo.

     Apenas llegó, muchos compradores rodearon al caballo, ofreciendo cada vez más dinero; el hechicero, que estaba allí entre los compradores, ofreció al viejo un precio más elevado que los demás y se quedó con el caballo. El viejo empezó a quitarle la brida, pero el hechicero le dijo:

-Pero hombre, si le quitas la brida, ¿cómo quieres que me lo lleve a mi cuadra?

     Toda la gente que estaba presente empezó a murmurar y a decirle:

     -No tienes razón: si has vendido el caballo, has vendido con él la brida.

    Como el viejo no podía nada contra tanta gente, le dejó la brida al comprador.

     El hechicero se llevó el caballo a su cuadra, lo ató muy bien al anillo y le puso la cuerda tan corta que el animal se quedó con el cuello estirado y sin poder llegar al suelo con las patas delanteras.

     -Hija mía -dijo el hechicero a su hija-, he comprado un caballo que es mi discípulo último.

     -¿Dónde está? -preguntó ella.

     -En la cuadra.

     Corrió a verlo y tuvo compasión del joven; quiso soltarle un poco la cabezada y empezó a quitar los nudos y aflojarle la cuerda, y el caballo a menear  la cabeza de un lado a otro hasta que se quedó suelto, y de un salto escapó de la cuadra y se puso a galopar. La hija corrió entonces hacia su padre llorando y diciéndole:

-Padre, perdóname. He cometido una gran falta: el caballo se ha escapado.

    El hechicero dio una patada en el suelo, se transformó en un lobo gris y salió corriendo como el viento. Ya estaba muy cerca del caballo cuando éste llegó a la orilla de un río, dio un golpe en el suelo y se transformó en un pececito; el lobo dio otro golpe en el suelo y se tiró al agua en forma de rollo. El pececito nadaba, nadaba, perseguido por el rollo, y ya le iba a alcanzar, cuando llegó a la otra orilla, donde unas jóvenes estaban lavando ropa.

Salió del agua y se transformó en una sortija de oro que, rodando, fue a parar a manos de una de las muchachas, hija de un rico mercader, la cual, apenas vio la sortija, se la puso en el dedo meñique.

Entonces el hechicero se transformó en hombre y rogó a la joven que le regalase la sortija. Ella se la dio, pero al quitársela del dedo se cayó al suelo y se convirtió en muchas perlitas; el hechicero se transformó en gallo y se puso a comérselas. Mientras estaba entretenido en esta operación, una  de las perlas se transformó en un buitre que voló muy alto, y de un golpe se tiró al suelo sobre el gallo y lo mató.

     Se convirtió entonces el buitre en el joven que conocemos, del cual se enamoró la hija del mercader. Se casaron y vivieron muchos años felices y contentos.

 

 El laúd de plata

 

Después que los Reyes Católicos conquistaron Granada a los moros, esa hermosa ciudad fue durante muchos años residencia habitual de los soberanos españoles.

 

Pero una serie de terremotos asoló la región, derribando muchos edificios, con lo cual cundió el pánico entre los habitantes y los monarcas decidieron

 

abandonar aquel lugar que consideraban peligroso, seguidos, naturalmente, por toda la Corte.

 

Así transcurrieron muchos, muchos años, sin que ningún personaje real pisara la ciudad. La Alhambra, aquella maravilla mora, quedó sumida en el más completo

 

abandono, y la famosísima Torre de las Infantas, que en otro tiempo habitaran las bellísima Zaida, Zoraida y Zorahaida, se convirtió en el refugio de arañas,

 

murciélagos y lechuzas, y sus cámaras y aposentos perdieron todo su brillo, así como sus jardines todo su esplendor.

 

Claro que al abandono de la Torre contribuían sin duda las muchas leyendas que sobre ella se contaban, siempre al oído y en voz baja. Se decía que, a menudo,

 

por las noches se encendía una luz en la que fue habitación de la más pequeña de las tres princesas, y el espíritu de la tímida y dulce Zorahaida se paseaba

 

por los pasillos y por las escaleras, sentándose en ocasiones a llorar su soledad y pulsando en otras su laúd de plata, al que arrancaba dulces y nostálgicas

 

notas.

 

El tiempo, sin embargo, hizo borrar todos los recuerdos. Y un buen día, el entonces rey de España, Felipe V, el primero de la dinastía de los Borbones,

 

decidió pasar una temporada en Granada, en compañía de su joven y bella esposa la reina Isabel, princesa italiana de la casa de Parma, célebre no sólo

 

por su hermosura, sino también por su elegancia y su espíritu cultivado y refinado.

 

Los obreros realizaron a toda prisa su trabajo y pronto la Alhambra volvió a resplandecer como en sus mejores tiempos, para dar la bienvenida a la real

 

pareja. Y el redoble de os tambores y los sones de las trompetas anunciaron con alegría la llegada de la comitiva regia, mientras los aposentos y las estancias

 

se llenaban con el rumor de las voces de los cortesanos, el crujir de las sedas de los trajes de las damas y las pisadas de los guardias, mientras en los

 

patios se oía el ruido de las armas y el piafar de los caballos.

 

Entre el séquito real habla un paje que se llamaba Ruiz de Alarcón. Era joven, contaba sólo dieciocho años, y era de noble cuna, descendiente de una aristocrática

 

y linajuda familia. Además, era muy inteligente y avispado, y a esas cualidades se unía también un físico muy agradable por todo lo cual se había convertido

 

en el paje favorito de la reina Isabel.

 

¡Y grandes habían de ser en verdad su inteligencia, su gracia y su belleza, para merecer la particular atención de la soberana que, como ya dijimos, poseía

 

un espíritu culto y refinado, y habiendo tantos otros pajes jóvenes y de noble cuna en la corte!

 

Una mañana, se hallaba el paje paseando por los alrededores de la Alhambra, adiestrando al halcón favorito de la reina, cuando vio a un pájaro que se elevaba

 

hacia el cielo desde las ramas de un árbol próximo.

 

El paje lanzó el halcón en persecución de la avecilla, pero ésta, con gran astucia, consiguió escapar mientras el halcón, satisfecho sin duda de sentirse

 

en libertad, siguió volando tranquilamente. Al fin se posó en las altas almenas de una torre que se levantaba en el extremo de las murallas de la Alhambra.

 

El paje experimentó un gran sobresalto, porque sabía que la reina le reprendería muy severamente si regresaba sin su halcón preferido. Incluso, por ese

 

incidente, podía perder el favor real. Por eso se apresuró a llegar al pie de la torre, que no era otra que la famosísima Torre de las Infantas. Descendió

 

al barranco y subió después por el otro lado, pero no vio ninguna puerta ni ventana lo suficientemente baja por la que poder penetrar.

 

Sin embargo, estaba decidido a penetrar en la torre, y dio un gran rodeo por el lado que daba al interior de las murallas.

 

En aquella parte descubrió un pequeño jardín, rodeado de un cerco de cañas, por las que subían deliciosas y frescas enredaderas.

 

Decidido, cruzó un portillo y llegó hasta la puerta, pasando entre macizos de rosas y otras flores, que llenaban el aire con sus perfumes. Comprobó que

 

la puerta estaba cerrada, pero, por una hendidura en la madera, pudo ver el interior, que le asombró por lo bien cuidado y por el encanto que de él se

 

desprendía.

 

La puerta se abría sobre un saloncito de estilo moro, de paredes muy blancas y adornadas con finas columnas. En el centro había una hermosísima fuente de

 

alabastro, rodeada de flores; a un lado se veía una jaula en la que se hallaba encerrado un pájaro, mientras, en una silla, dormitaba un gato que llevaba

 

un primoroso lazo rosa atado al cuello, junto a un cesto de labor femenina. Allí podían verse ovillos de seda de distintos colores; y, apoyada en el respaldo

 

de la silla, una guitarra.

 

Al punto acordóse Ruiz de Alarcón de las muchas leyendas que, desde que estaba en Granada, le habían contado acerca de princesas moras y otros cuentos maravillosos.

 

¿Sería quizá aquel gato una princesa hechizada por un mago envidioso de su belleza...? Pero al punto se rió de sus pensamientos y llamó suavemente a la

 

puerta.

 

Nadie contestó a la llamada. Sólo, por un instante, le pareció que un rostro de mujer se asomaba a una de las ventanas que se abrían encima de la puerta.

 

Pero fue tan corto ese instante, que casi no podía asegurar si la fugaz visión había sido fruto de su imaginación.

 

Por eso, viendo que transcurría el tiempo sin que ningún rumor llegase del interior, repitió la llamada, esta vez con mayor fuerza. Y de nuevo apareció

 

el rostro de mujer en aquella ventana, y esta vez el paje pudo convencerse de que era realidad, y que pertenecía a una joven que apenas tendría quince

 

años y de belleza excepcional.

 

El paje Ruiz de Alarcón, sobreponiéndose a la impresión que la hermosura de la joven le había hecho, se quitó el gorro de plumas que llevaba y, con él en

 

la mano, hizo una graciosa reverencia.

 

- Perdonadme si os molesto, bella doncella, pero necesito que me permitáis entrar en la torre, para recoger un halcón que se ha posado en sus almenas.

 

- Imposible, señor -contestó la muchacha con dulce y encantadora voz-. Mi tía, con quien vivo, me tiene prohibido que abra la puerta a desconocidos.

 

- Por favor, os lo suplico, no desentendáis mi ruego. Soy uno de los pajes reales y ese halcón que se me ha escapado es el favorito de la reina. ¡No me

 

atrevo a regresar a palacio sin llevarlo conmigo!

 

- ¡Oh, señor! Si sois uno de esos caballeros de la corte, aún menos puedo permitiros la entrada. Mi tía me ha advertido especialmente en contra de ellos.

 

- Y lo comprendo, porque existen malos caballeros, por desgracia. Pero yo no soy de esos, fijaos en mí: soy un sencillo paje, que perderá el favor de la

 

reina y puede verse sumido en la desventura, si vos seguís negándome ese pequeño favor que con tanta humildad os solicito.

 

Por fin, el bondadoso corazón de la muchacha, se conmovió ante tantas súplicas y terminó abriendo la puerta al paje. ¡Eran tan amables sus palabras, tan

 

educado su gesto, que no podía creer que fuese uno de los caballeros contra los que su tía la había prevenido! ¡No, imposible! ¿Cómo podía ser malo un

 

muchacho tan gentil, tan amable...?

 

Cuando Ruiz de Alarcón vio a la muchacha ante él, después qué ella le hubo abierto la puerta, quedó todavía más admirado ante su belleza. Porque si perfecto

 

y encantador era su rostro, aún más lo era su figura, y su andar grácil y suave le añadía un nuevo encanto.

 

«¡Es más hermosa que la más hermosa dama de la corte!», pensó el paje.

 

Y en efecto, el traje andaluz que llevaba la muchacha le prestaba una, gracia que no podían igualar las mejores telas ni los brocados más valiosos, así

 

como su pelo, cuidadosamente peinado y adornado con una rosa fresca y fragante, resultaba mucho más encantador que con los tocados más complicados o ricos.

 

Claro está que el paje apreció todos esos detalles en una sola ojeada. Le convenía apresurarse si quería coger el halcón. Y así, tras una breve inclinación

 

ante la muchacha, subió a toda velocidad las escaleras de la torre.

 

Cuando bajó, con el pájaro en la mano, encontró a la joven sentada en el saloncito de estilo moro, devanando una madeja de seda azul. Pero en su turbación

 

al verle de nuevo ante ella, el ovillo se le escapó de las manos, yendo a caer a los pies del paje.

 

Ruiz de Alarcón se apresuró a recogerlo, y doblando una rodilla en tierra, como si de una reina o de una princesa hija de reyes se tratara, se lo ofreció

 

con una sonrisa.

 

Al punto aumentó la turbación de la muchacha, turbación que se convirtió en enojo cuando el paje depositó un beso en la mano que ella le tendía para recoger

 

el ovillo.

 

- ¡Por favor, señor, os creía un caballero de bien! -exclamó.

 

- No os molestéis, hermosa doncella. En la corte, todos los caballeros bien nacidos besan la mano de las damas, como testimonio de su más profundo respeto

 

y homenaje -se apresuró a explicar el joven Ruiz de Alarcón.

 

Así se tranquilizó de nuevo la muchacha, aunque seguía mostrándose turbada por la presencia del paje. Y ese, a su vez, a pesar de lo acostumbrado que estaba

 

a los galanteos de la corte y a pesar de ser inteligente y avispado, se sentía también turbado ante el juvenil, fresco e inocente encanto de aquella hermosa

 

jovencita.

 

Entonces, de pronto, cuando ya ambos comenzaban a hablar con menos cortedad, se oyó a lo lejos una voz que sobresaltó a la joven.

 

- Apresuraos, marchad enseguida, señor -exclamó-. ¡Marchad, os lo ruego, lo más rápidamente que podáis! Mi tía vuelve de misa, y se enojaría y me reñiría

 

mucho si os encontrase aquí.

 

- Entregadme, os lo ruego, ésa flor que lleváis en el pelo. No quiero marcharme sin llevarme un recuerdo de vos. De lo contrario, quizá mañana pensara que

 

vuestra hermosa imagen fue sólo un sueño, fruto de mi imaginación.

 

Separó ella la flor que adornaba sus negras trenzas y se la entregó.

 

- Tomadla -dijo-. Pero no os entretengáis, por favor.

 

Y el paje se apresuró a partir, después de haber prendido la rosa en su cinto y no sin antes volver a besar la mano de la encantadora Jacinta, que así se

 

llamaba la muchacha.

 

 

 

Cuando la tía llegó a la torre, advirtió que su sobrina estaba agitada, y se apresuró a preguntarle qué le sucedía.

 

- Durante vuestra ausencia, tía, penetró un halcón en la torre -dijo Jacinta.

 

- ¡Qué atrevido! ¿Es que nuestro pobre pajarito no podrá estar tranquilo, ni aun dentro de su propia jaula...?

 

Fredegunda, la tía de Jacinta, era una solterona que, por sus muchos años y por haber vivido sola durante mucho tiempo, sentía una gran desconfianza y animadversión

 

hacia todas las personas desconocidas, en especial si eran hombres, y más aún si eran caballeros de la corte, porque acerca de ellos había oído contar

 

muchas historias.

 

Y ahora su desconfianza y sus continuos temores habían aumentado, al tener en su casa a su sobrina, huérfana de un noble oficial que murió en la guerra.

 

Jacinta se había educado en un convento, y siendo huérfana también de madre, terminada su educación había pasado a vivir con su tía, la cual, precisamente

 

por lo mucho que la quería, se sentía responsable de cuanto pudiera sucederle. ¡Apenas si le permitía salir de la casa una o dos veces a la semana, y siempre

 

en su compañía, naturalmente, y aun para ir a la iglesia!

 

Pero las buenas gentes de los alrededores, al verla, habían quedado prendadas de su gracia y hermosura, hasta el punto que los campesinos, con esa imaginación

 

poética tan generalizada entre los andaluces, le habían dado el sobrenombre de «La rosa de la Alhambra», y acerca de su belleza y encanto se hablaba en

 

varias leguas a la redonda.

 

Esa explicación sobre el halcón, que su sobrina le dio, tranquilizó por completo a la buena señora. Y aunque desde aquel día oía a menudo rasgueo de guitarras

 

en las frondas que rodeaban su casa, jamás pensó que las canciones, sentimentales en ocasiones, nostálgicas o románticas en otras, iban dedicadas a Jacinta.

 

Pero así era en realidad.

 

El paje Ruiz de Alarcón no había olvidado a la muchacha. Y aunque ya no volvió a hablar con ella, se las ingeniaba para verla, aunque fuese desde lejos,

 

y siempre que podía se acercaba a su casa para cantarle dulces canciones, que llenaban de ilusión y de felicidad el tímido corazón de Jacinta.

 

Los días pasaban sin que los dos jóvenes se dieran cuenta. Y el tiempo empezó a tejer ilusiones y esperanzas en sus corazones, que no querían reconocer

 

el abismo social y jerárquico que les separaba.

 

Pero un día los monarcas decidieron dar por terminada su estancia en Granada. Y rápidamente se organizó la partida, que Fredegunda, curiosa, quiso ver,

 

para lo cual dejó a su sobrina sola en la casa, no sin recomendarle, como siempre hacía, que no abriera la puerta a desconocidos.

 

Cuando ya todo el cortejo real hubo traspuesto las puertas de la ciudad, entre los aplausos de la multitud, que había colgado gallardetes y banderas en

 

todos los balcones y ventanas, y entre redobles de tambores y sones de trompetas, la buena mujer regresó a su casa.

 

Pero, ¡cuál no fue su asombro al advertir que un hermoso caballo árabe piafaba inquieto, atado en el portillo de su propia casa, mientras en el jardín,

 

un apuesto joven, vestido con el uniforme de los pajes reales, estaba arrodillado a los pies de su sobrina que, al parecer, le escuchaba con gran complacencia,

 

encendidas de rubor las mejillas...

 

El alazán, como si quisiera advertir a su amo de la presencia de la tía, lanzó un fuerte relincho y al punto el paje se levantó y, no sin antes posar delicadamente

 

sus labios sobre la blanca mano de Jacinta, saltó sobre su caballo desapareciendo velozmente entre los árboles.

 

Fredegunda se disponía a reñir severamente a su sobrina, pero la muchacha se adelantó a su reprimenda, refugiándose en sus brazos, lanzando profundos sollozos,

 

mientras ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

 

- Se ha ido, tía, se ha ido. ¡Jamás, jamás volveré a verle y mi corazón se morirá! -exclamaba, acongojada.

 

- Pero, ¿qué dices...? ¿De quién hablas...? ¿Y qué noticias te trajo ese joven que hace un momento estaba arrodillado a tus pies, para que así te desconsueles

 

y aflijas? Vamos, vamos, hijita, cálmate y cuéntamelo todo...

 

- ¡Es él quien se ha marchado! Ese paje que hace un momento visteis arrodillado a mis pies, pertenece al séquito real y por eso ha tenido que marcharse

 

con los reyes...

 

- ¿Y de qué conoces tú a ese paje...?

 

Jacinta se ruborizó, pero contó a su tía cómo había llegado a la casa, persiguiendo al halcón.

 

- No existen halcones más peligrosos que los caballeros del rey. Igual que ese paje ha hecho contigo, hacen concebir ilusiones a las jóvenes cándidas y

 

después, cuando se marchan, las olvidan en pocas horas. No sufras, Jacinta. Olvídale también tú.

 

- Me ha prometido volver para casarse conmigo. Pero antes necesita que su padre dé el consentimiento para la boda... -afirmó Jacinta, en cuyos oídos resonaban

 

todavía las promesas que Ruiz de Alarcón acababa de pronunciar.

 

- ¡No sueñes, sobrina, no sueñes! Tú eres una pobre huérfana, y aunque desciendas de noble familia, el padre de ese joven se opondría sin duda a la boda...,

 

aun en el caso de que él la deseara.

 

Jacinta no insistió, porque su corazón se aferraba a la esperanza. Sin embargo, al paso de los días, esa esperanza fue cada vez más y más débil. Después,

 

los días se fueron transformando en semanas, y las semanas en meses... sin que recibiera ninguna noticia del paje.

 

Llegó el otoño, con todo su cortejo melancólico, y después el invierno, que hizo bajar casi hasta el valle las nieves de la Sierra. Y también pasó el invierno

 

y se anunció con alegría la primavera en las flores, en los jardines, en el cielo, en la ciudad toda... mientras en el corazón de Jacinta seguía siendo

 

invierno y la muchacha estaba cada día más pálida, cada día más triste...

 

Ya no la interesaban sus labores, ni la distraía el melodioso canto del pájaro en su jaula, ni la entretenían los jugueteos del gato que ronroneaba a sus

 

pies. Y tampoco tañía nunca la guitarra, que era antes su pasatiempo favorito.

 

Una calurosa noche, cuando hacía ya rato que su tía dormía apaciblemente, la muchacha, desvelada, se sentó junto a la fuente y allí evocó una vez más el

 

recuerdo de aquella inolvidable mañana, en la que hasta ella había llegado el paje Ruiz de Alarcón, en pos del halcón.

 

También evocó aquella otra mañana, tan triste, en la que se despidió, y las promesas que entonces le hizo. Promesas que no se habían visto cumplidas...

 

Tan desdichada se sentía la pobre Jacinta, que las lágrimas brotaron de sus ojos y, corriendo por sus mejillas, cayeron sobre la fuente.

 

Poco a poco, las tranquilas aguas de la fuente comenzaron a agitarse y a burbujear, cada vez con mayor intensidad. Cuando Jacinta lo advirtió, se sintió

 

presa de un extraño temor, que aumentó cuando, saliendo de entre las aguas, fue apareciendo ante su vista la figura de una joven de extraordinaria belleza

 

y ricamente ataviada a la usanza mora.

 

Desconcertada ante aquella aparición, echó a correr y se encerró en su habitación, muy nerviosa y agitada. Y a la mañana siguiente se lo contó a su tía.

 

Pero Fredegunda lo juzgó simple imaginación.

 

- Seguro que te quedaste dormida mientras pensabas en la historia de las tres princesas moras que antaño habitaron esa torre -le dijo.

 

- ¿De qué historia habláis, tía? No recuerdo ninguna historia de tres princesas moras... -afirmó Jacinta.

 

- Pues estoy segura de habértela contado hace ya tiempo. Es la historia de las tres princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida, hijas del rey moro de Granada,

 

Mohamed. Su padre las mantuvo durante mucho tiempo encerradas en esa torre hasta que al fin, un día, ellas decidieron fugarse con tres caballeros cristianos,

 

pues cristiana habla sido también su madre. Pero en el último instante, la menor, que era extraordinariamente tímida y apocada, sintió miedo y se quedó

 

en la torre, donde murió de nostalgia poco tiempo después. Durante muchos años las gentes afirmaron que su espíritu seguía habitando la torre...

 

- Sí, ahora recuerdo perfectamente la historia -dijo Jacinta-. Y recuerdo también que cuando me la contasteis, tía, lloré pensando en la suerte de la pobre

 

princesa Zorahaida.

 

-No me extraña que llorases -siguió diciendo Fredegunda-, porque el caballero cristiano con el que Zorahaida no llegó a fugarse, fue precisamente un antepasado

 

tuyo, que ya de regreso, a su país, aunque muy acongojado al principio, fue poco a poco reponiéndose de su tristeza y terminó casándose con una noble dama

 

española. Y de ellos desciendes tú.

 

Aquella conversación que habla mantenido con su tía, llevó a Jacinta al convencimiento de que no habla sufrido una alucinación, sino que realmente se le

 

habla aparecido la figura de la princesa Zorahaida.

 

«Fue una muchacha dulce y tímida, y no he de temerla. Esta noche volveré a la fuente a medianoche y quizá se me aparezca de nuevo», se dijo.

 

Y así lo hizo.

 

Hacia la medianoche, cuando, como el día anterior, su tía dormía ya profunda y tranquilamente, se sentó en el saloncito de estilo moro, junto a la fuente.

 

Y en efecto, apenas acababan de sonar las doce en el reloj más próximo, cuando de nuevo burbujearon las aguas y se abrieron, para que de entre ellas surgiera

 

la figura de la hermosa princesa mora, ricamente ataviada, luciendo joyas valiosísimas y llevando entre las manos un laúd de plata.

 

Jacinta sintió, como la noche anterior, un primer impulso de echar a correr y refugiarse en su habitación. Pero se dominó, al ver cuán triste era la mirada

 

de sus bellos ojos y también al oír su voz dulce y lastimera.

 

- ¿Cuál es la pena que te aflige, joven hija de los mortales? -le preguntó-. ¿Por qué lloras? Tus lágrimas turban las aguas, en las que descansa mi espíritu

 

encantado, y tus suspiros y tus lamentaciones me impiden el reposo.

 

- Lloro y me aflijo por el abandono y el olvido de un joven paje.

 

- Tranquilízate y deja de llorar, hermosa niña. Tus penas todavía pueden tener remedio. Como sin duda ya sabes, yo soy una princesa mora que, como tú, lloró

 

durante mucho tiempo la pérdida de su felicidad. Pero no por traición u olvido de mi caballero, sino porque me faltó el valor de abandonar esa torre. Se

 

trataba de un antepasado tuyo, precisamente, y quería llevarme con él a su tierra, para que allí me bautizara y hacerme después su esposa. Y yo lo deseaba,

 

¡oh, sí! Deseaba ser su esposa, pero aún más deseaba convertirme a la religión cristiana, que había sido la religión de mi madre. Pero tuve miedo, ya te

 

lo dije. Por eso ahora los genios maléficos tienen poder sobre mí y permaneceré encantada bajo esas aguas, en tanto una muchacha cristiana, joven como

 

yo y de corazón puro, quiera romper el hechizo. Dime, ¿quieres tú ayudarme?

 

- Sí, sí, ¡claro que quiero! -respondió Jacinta, sin la menor vacilación.

 

- No te arrepentirás, porque yo a mi vez te ayudaré también con todas mis fuerzas. Ven, acércate, no temas. Coge agua de esa misma fuente y con ella bautízame

 

según ordena tu religión. Así seré libre, por fin, del hechizo que me encadena desde hace siglos.

 

 

 

 

 

Jacinta obedeció las indicaciones que le daba la princesa mora y recogiendo un poco de agua de la fuente, la echó sobre el pálido y bellísimo rostro de

 

aquella espectral figura, mientras pronunciaba las palabras sacramentales.

 

Al punto, aquel rostro pálido adquirió todavía una mayor belleza, porque se llenó de dulzura y paz. Dejando caer el laúd de plata a los pies de la muchacha

 

andaluza, cruzó los brazos sobre el pecho y, lentamente, se fue difuminando en la noche.

 

Jacinta, trémula y llena de asombro, abandonó corriendo el saloncito y se encerró en su habitación. Pero aquella noche apenas pudo dormir. Sus sueños estaban

 

poblados de pesadillas y de figuras que aparecían y desaparecían. Por fin, a la mañana siguiente, lucía de nuevo el sol en todo su esplendor y ella se

 

apresuró a levantarse, para ir al salón y comprobar si realmente había podido salvar a la princesa mora de su encantamiento, o todo habla sido un sueño.

 

Al llegar, el laúd de plata, apoyado contra una de las columnas de la fuente de alabastro, le demostró la realidad de lo sucedido. Entonces fue en busca

 

de su tía, apresurándose a contarle todo lo que había pasado y, como confirmación a sus palabras, le mostró el laúd de plata, con lo cual la buena señora

 

tuvo que admitirlas como ciertas.

 

Entonces Jacinta pulsó con mano trémula aquel bellísimo instrumento y el asombro de ambas creció al advertir que la música que salía de sus cuerdas, era

 

dulcísima y embriagadora.

 

- ¡Ese laúd es algo extraordinario! -exclamó Fredegunda, llena de admiración.

 

A partir de aquel día, Jacinta, aunque seguía recordando a su paje, sintió que su pena se suavizaba y la nostalgia huía de su corazón en cuanto pulsaba

 

el laúd. Por eso lo tocaba muchas horas cada día, sin advertir que sus notas maravillosas hacían detenerse frente a la Torre a cuantas personas pasaban

 

por las cercanías, hasta el punto de que la fama de la bella Jacinta y su extraordinario laúd de plata, fue extendiéndose por toda la comarca. ¡Incluso

 

los pájaros cantores y de más armonioso trino, callaban para escucharla!

 

Pronto no fueron sólo los habitantes de Granada los que se extasiaron con la música de Jacinta. Su fama llegó a muchas otras ciudades y de todas partes

 

comenzaron a acudir caballeros y damas, que deseaban oírla y que incluso le rogaban que acudiera a sus palacios cuando celebraban alguna fiesta, para deleite

 

de los invitados. Y así fue como Jacinta salió por fin de su retiro, aunque siempre acompañada por su tía y recorrió palacios y ciudades, aldeas y mansiones

 

señoriales, siendo festejada y honrada por todos.

 

Málaga, Córdoba, Sevilla, Almería..., todas las ciudades la acogieron con alegría y la llenaron de elogios. Muchos caballeros principales la pidieron en

 

matrimonio. Pero ella no hacía caso de ninguno. Aunque, como ya dijimos su tristeza y su melancolía habían desaparecido, gracias a la poderosa virtud de

 

la música del laúd de plata, su corazón seguía fiel al paje que la había olvidado y no podía interesarse por nadie más.

 

Precisamente por aquellos tiempos, el rey Felipe V fue presa de una extraña enfermedad que los médicos se sentían incapaces de aliviar. El monarca sufría

 

unas jaquecas muy extrañas, que le sumían en un profundo sopor, y se pasaba días enteros sin interesarse por los asuntos del reino ni por ninguna otra

 

cosa. Sólo parecía experimentar algún alivio oyendo música y por eso la reina había contratado los servicios del mejor grupo instrumentista del mundo,

 

así como también los del cantante italiano Farinelli.

 

Hasta que un día, después de una jaqueca, más fuerte que todas las anteriores, que le había tenido casi inconsciente durante largas horas, el rey fue presa

 

de una manía que le hacía afirmar que se había muerto y reñía a sus cortesanos y a sus médicos, porque no se apresuraban a darle sepultura.

 

Lo mismo la reina que los ministros estaban desconcertados y no sabían qué hacer. ¡La autoridad del rey era máxima y todo el mundo le debía obediencia!

 

Pero, ¿cómo podían ellos cumplir esa orden, si no estaba muerto, sino vivo...? La reina, sobre todo, que amaba entrañablemente a su regio esposo, se pasaba

 

las noches en vela, tratando de encontrar una fórmula para solucionar tan delicado problema, mientras emisarios suyos recorrían todos los países, en busca

 

de los mejores médicos, confiando siempre que alguno lograrla por fin curar al rey.

 

Hasta que alguien habló a la reina de las maravillosas virtudes de la música que ejecutaba una joven andaluza. Como es de suponer, al punto se enviaron

 

emisarios en su busca, con el ruego de presentarse en la corte lo más rápidamente posible y así, pocos días después, la bella Jacinta, acompañada de su

 

tía, traspasó la puerta real, siendo recibida por la soberana.

 

Isabel quedó muy sorprendida al comprobar personalmente la belleza y el encanto, así como también la juventud de la muchacha, y cuando Fredegunda le explicó

 

que, aunque había vivido humildemente durante su infancia, sus antepasados fueron todos de noble cuna y su padre había muerto peleando valientemente en

 

defensa del rey, se sintió muy complacida.

 

- Si la fama de que vienes precedida es cierta -dijo entonces la reina dirigiéndose a la muchacha- y si con tu música consigues aliviar al rey de sus extraños

 

males, en adelante quedarás bajo mi protección y te colmaré de honores y riquezas.

 

Y ya sin perder más tiempo, deseosa de comprobar el efecto de la música de Jacinta sobre el espíritu del rey, se apresuro a conducirla personalmente hasta

 

la cámara real.

 

La hermosa Jacinta se quedó muy impresionada al entrar en la cámara. Porque por orden expresa del rey, que nadie se había atrevido a desobedecer, su cámara

 

había sido adornada con inmensos cortinajes negros y alumbrada con altos velones de cera amarilla, todo lo cual contribuía a darle un aspecto tétrico.

 

En el centro, había una especie de lecho o catafalco, también completamente cubierto con colgaduras negras, y sobre el cual reposaba inmóvil y con las

 

manos cruzadas sobre el pecho, el rey.

 

La reina, al entrar, hizo señas a los caballeros que había en la estancia de que no hicieran el menor ruido y después indicó a Jacinta un taburete bajo

 

que había en un rincón, haciéndole comprender su deseo de que se sentara y comenzara en seguida a tocar su laúd de plata.

 

La muchacha estaba tan nerviosa y emocionada, que al principio sus dedos se movieron vacilantes pero, poco a poco, su mano se fue afirmando y pronto arrancó

 

de las cuerdas armonías tan suaves, tan perfectas y tan maravillosas, que todos los presentes se sintieron transportados al reino de la música. Al principio

 

el rey no se movió. Aquella música suave y dulce, le hizo pensar quizá que se encontraba ya en el cielo y que eran los ángeles los que así tocaban. Sin

 

embargo, una sonrisa plácida apareció en su rostro, lo cual llenó de esperanzas el corazón de la reina.

 

Después de haber tocado varias piezas melódicas y suaves, Jacinta inició la ejecución de una balada, que exaltaba las glorias de la Alhambra y las victorias

 

de los valientes soldados españoles frente a los no menos valientes guerreros moros. Y el recuerdo de la Alhambra iba tan unido al del paje Ruiz de Alarcón,

 

que la muchacha pulsó las cuerdas con toda su alma y las notas vibrantes, llenas de sentimiento, llenaron por completo la estancia, sobrecogiendo a todos

 

los presentes..., ¡y el propio rey se levantó de un salto, ordenando impaciente que al punto le trajeran su espada y su escudo, y abrieran las ventanas

 

de la habitación, para que por ellas entrara el sol y el aire!

 

¿Es preciso decir que aquella orden del monarca fue recibida con agrado por todos los presentes...? Mientras varios criados se apresuraban a ejecutarla,

 

la reina, vivamente emocionada y con lágrimas en los ojos, abrazaba a su esposo quien, a su vez, la abrazó también con gran ternura, afirmando que se encontraba

 

bien.

 

Después de ese primer momento de alegría, todos se volvieron hacia la artista que con su laúd de plata había hecho posible esa curación. Y entonces advirtieron

 

que, llevada ella también de la emoción que había conseguido imprimir a su música, había sufrido un desvanecimiento y hubiese caído al suelo de no haberla

 

recogido a tiempo los fuertes brazos del paje Ruiz de Alarcón.

 

Cuando se repuso por fin de su desmayo, el paje, en presencia de la propia reina, se apresuró a justificarse del aparente olvido en el que la había dejado.

 

- Mi padre se opuso terminantemente a la boda, apenas le hablé de ello -afirmó-. Durante meses y meses he insistido una y otra vez, pero todo es inútil.

 

¡Incluso llegó a prohibirme por completo que mantuviera ninguna relación contigo! También quería concertar mi matrimonio con una damisela de alta alcurnia,

 

pero eso, ¡no! Como buen hijo puedo y debo obedecerle, ¡pero jamás me casará con otra muchacha!

 

A Jacinta todas aquellas palabras le parecían un sueño. Y su felicidad aumentó cuando la reina se decidió a intervenir.

 

- Ya te dije, hermosa Jacinta, que si lograbas curar al rey de su melancolía y de sus manías, te llenaría de honores y riquezas. Pues lo haré, no lo dudes.

 

Y serán tantos y tan alto también el puesto que, a partir de ese mismo instante, ocuparás en la corte, que el noble padre de mi paje no sólo admitirá gustoso

 

vuestra boda, sino que incluso la deseará con toda su alma.

 

Y así fue.

 

Poco tiempo después se celebró la boda, con gran esplendor y magnificencia y apadrinada por los propios reyes, con lo cual se inició para Jacinta y su esposo

 

una vida llena de venturas y felicidades.

 

¿Y el laúd...? ¿Qué fue del laúd de plata...?

 

Durante algún tiempo el laúd permaneció en la morada de Jacinta y Ruiz de Alarcón, pero ellos, en su felicidad, llegaron a olvidarlo. En realidad, ¿para

 

qué necesitaban música alguna, ni canciones, si sus corazones estaban siempre llenos de alegría...? Y según cuenta la tradición, un día, lo robó el cantante

 

Farinelli, envidioso del poder de aquella música y se lo llevó con él a Italia, su patria. Pero a su muerte sus herederos, que ignoraban por completo el

 

maravilloso poder, de aquel laúd, lo destruyeron, fundiendo la plata y entregando las cuerdas a un fabricante de violines de Cremona.

 

¡Y también se dice, aunque nadie pueda afirmarlo, que esas fueron las cuerdas que estaban en el violín que tanta fama dio al gran Paganini!

 

 

Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 1

 

Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 1 - EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que

su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

 

Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una

guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos

rosados.

 

No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy

a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural

del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de

golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por

la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.

 

Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.

 

Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no

tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.

 

O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse

qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después

miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de clavos.

Cogió, a su paso, un jarro de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía: MERMELADA DE NARANJA, pero vio, con desencanto, que estaba vacío. No le pareció

bien tirarlo al fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para dejarlo en otro de los estantes mientras seguía descendiendo.

 

«¡Vaya! », pensó Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me encontrarán todos!

¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad.)

 

Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?

 

--Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya --dijo en voz alta--. Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos: creo que está

a cuatro mil millas de profundidad...

 

Como veis, Alicia había aprendido algunas cosas de éstas en las clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para presumir de sus conocimientos,

ya que no había nadie allí que pudiera escucharla, le pareció que repetirlo le servía de repaso.

 

--Sí, está debe de ser la distancia... pero me pregunto a qué latitud o longitud habré llegado.

 

Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes. Enseguida

volvió a empezar.

 

--¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos, creo... (Ahora

Alicia se alegró de que no hubiera nadie escuchando, porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces tendré que preguntarles el nombre del

país. Por favor, señora, ¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia?

 

Y mientras decía estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible?

 

--¡Y qué criaja tan ignorante voy a parecerle! No, mejor será no preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte.

 

Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y Alicia empezó enseguida a hablar otra vez.

 

--¡Temo que Dina me echará mucho de menos esta noche ! (Dina era la gata.) Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Dina, guapa,

me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho a los ratones, sabes.

Pero me pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos?

 

Al llegar a este punto, Alicia empezó a sentirse medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los

gatos?» Y a veces: «¿Comen gatos los murciélagos?» Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos preguntas, no importaba mucho cual de las dos se

formulara. Se estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con Dina de la mano y que le preguntaba con mucha ansiedad: «Ahora Dina, dime la

verdad, ¿te has comido alguna vez un murciélago?», cuando de pronto, ¡cataplum!, fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La caída había terminado.

 

Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó

a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había momento que perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como el viento, y llego justo

a tiempo para oírle decir, mientras doblaba un recodo:

 

--¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!

 

Iba casi pisándole los talones, pero, cuando dobló a su vez el recodo, no vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un vestíbulo amplio y bajo, iluminado

por una hilera de lámparas que colgaban del techo.

 

Había puertas alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por un lado y subiendo

por el otro, probando puerta a puerta, se dirigió tristemente al centro de la habitación, y se preguntó cómo se las arreglaría para salir de allí.

 

De repente se encontró ante una mesita de tres patas, toda de cristal macizo. No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave de oro, y lo primero que

se le ocurrió a Alicia fue que debía corresponder a una de las puertas del vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era

demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta. Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una cortinilla que no había

visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos palmos de altura. Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que ajustaba bien.

 

Alicia abrió la puerta y se encontró con que daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado del pasadizo vio el

jardín más maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué ganas tenía de salir de aquella oscura sala y de pasear entre aquellos macizos de flores multicolores

y aquellas frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por la abertura. «Y aunque pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre Alicia, «de poco

iba a servirme sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde empezar.» Y es

que, como veis, a Alicia le habían pasado tantas cosas extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que casi nada era en realidad imposible.

 

De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave, o, en todo

caso, un libro de instrucciones para encoger a la gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita («que desde luego no estaba

aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con la palabra «BEBEDME» hermosamente impresa en grandes caracteres.

 

Está muy bien eso de decir «BEBEDME», pero la pequeña Alicia era muy prudente y no iba a beber aqtrello por las buenas. «No, primero voy a mirar», se dijo,

«para ver si lleva o no la indicación de veneno.» Porque Alicia había leído preciosos cuentos de niños que se habían quemado, o habían sido devorados por

bestias feroces, u otras cosas desagradables, sólo por no haber querido recordar las sencillas normas que las personas que buscaban su bien les habían

inculcado: como que un hierro al rojo te quema si no lo sueltas en seguida, o que si te cortas muy hondo en un dedo con un cuchillo suele salir sangre.

Y Alicia no olvidaba nunca que, si bebes mucho de una botella que lleva la indicación «veneno», terminará, a la corta o a la larga, por hacerte daño.

 

Sin embargo, aquella botella no llevaba la indicación «veneno», así que Alicia se atrevió a probar el contenido, y, encontrándolo muy agradable (tenía,

de hecho, una mezcla de sabores a tarta de cerezas, almíbar, piña, pavo asado, caramelo y tostadas calientes con mantequilla), se lo acabó en un santiamén.

*       *       *       *       *       *       *

 

 

*       *       *       *       *       *

 

 

*       *       *       *       *       *       *

 

--¡Qué sensación más extraña! --dijo Alicia--. Me debo estar encogiendo como un telescopio.

 

Y así era, en efecto: ahora medía sólo veinticinco centímetros, y su cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la talla adecuada para pasar por la

puertecita y meterse en el maravilloso jardín. Primero, no obstante, esperó unos minutos para ver si seguía todavía disminuyendo de tamaño, y esta posibilidad

la puso un poco nerviosa. «No vaya consumirme del todo, como una vela», se dijo para sus adentros. «¿Qué sería de mí entonces?» E intentó imaginar qué

ocurría con la llama de una vela, cuando la vela estaba apagada, pues no podía recordar haber visto nunca una cosa así.

 

Después de un rato, viendo que no pasaba nada más, decidió salir en seguida al jardín. Pero, ¡pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta, se encontró con que

había olvidado la llavecita de oro, y, cuando volvió a la mesa para recogerla, descubrió que no le era posible alcanzarla. Podía verla claramente a través

del cristal, e intentó con ahínco trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbaladiza. Y cuando se cansó de intentarlo, la pobre niña

se sentó en el suelo y se echó a llorar.

 

«¡Vamos! ¡De nada sirve llorar de esta manera!», se dijo Alicia a sí misma, con bastante firmeza. «¡Te aconsejo que dejes de llorar ahora mismo!» Alicia

se daba por lo general muy buenos consejos a sí misma (aunque rara vez los seguía), y algunas veces se reñía con tanta dureza que se le saltaban las lágrimas.

Se acordaba incluso de haber intentado una vez tirarse de las orejas por haberse hecho trampas en un partido de croquet que jugaba consigo misma, pues

a esta curiosa criatura le gustaba mucho comportarse como si fuera dos personas a la vez. «¡Pero de nada me serviría ahora comportarme como si fuera dos

personas!», pensó la pobre Alicia. «¡Cuando ya se me hace bastante difícil ser una sola persona como Dios manda!»

 

Poco después, su mirada se posó en una cajita de cristal que había debajo de la mesa. La abrió y encontró dentro un diminuto pastelillo, en que se leía

la palabra «CÓMEME», deliciosamente escrita con grosella. «Bueno, me lo comeré», se dijo Alicia, «y si me hace crecer, podré coger la llave, y, si me hace

todavía más pequeña, podré deslizarme por debajo de la puerta. De un modo o de otro entraré en el jardín, y eso es lo que importa.»

 

Dio un mordisquito y se preguntó nerviosísima a sí misma: «¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?» Al mismo tiempo, se llevó una mano a la cabeza para notar en qué

dirección se iniciaba el cambio, y quedó muy sorprendida al advertir que seguía con el mismo tamaño. En realidad, esto es lo que sucede normalmente cuando

se da un mordisco a un pastel, pero Alicia estaba ya tan acostumbrada a que todo lo que le sucedía fuera extraordinario, que le pareció muy aburrido y

muy tonto que la vida discurriese por cauces normales.

 

Así pues pasó a la acción, y en un santiamén dio buena cuenta del pastelito.

 

Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 2

 

 - EL CHARCO DE LÁGRIMAS

--¡Curiorífico y curiorífico! --exclamó Alicia (estaba tan sorprendida, que por un momento se olvidó hasta de hablar correctamente)--. ¡Ahora me estoy estirando

como el telescopio más largo que haya existido jamás! ¡Adiós, pies! --gritó, porque cuando miró hacia abajo vio que sus pies quedaban ya tan lejos que

parecía fuera a perderlos de vista--. ¡Oh, mis pobrecitos pies! ¡Me pregunto quién os pondrá ahora vuestros zapatos y vuestros calcetines! ¡Seguro que

yo no podré hacerlo! Voy a estar demasiado lejos para ocuparme personalmente de vosotros: tendréis que arreglároslas como podáis... Pero voy a tener que

ser amable con ellos --pensó Alicia--, ¡o a lo mejor no querrán llevarme en la dirección en que yo quiera ir! Veamos: les regalaré un par de zapatos nuevos

todas las Navidades.

 

Y siguió planeando cómo iba a llevarlo a cabo:

 

--Tendrán que ir por correo. ¡Y qué gracioso será esto de mandarse regalos a los propios pies! ¡Y qué chocante va a resultar la dirección!

 

Al Sr. Pie Derecho de Alicia

    Alfombra de la Chimenea,

        junto al Guardafuegos

        (con un abrazo de Alicia).

 

¡Dios mío, qué tonterías tan grandes estoy diciendo!

 

Justo en este momento, su cabeza chocó con el techo de la sala: en efecto, ahora medía más de dos metros. Cogió rápidamente la llavecita de oro y corrió

hacia la puerta del jardín.

 

¡Pobre Alicia! Lo máximo que podía hacer era echarse de lado en el suelo y mirar el jardin con un solo ojo; entrar en él era ahora más difícil que nunca.

Se sentó en el suelo y volvió a llorar.

 

--¡Debería darte verguenza! --dijo Alicia--. ¡Una niña tan grande como tú (ahora sí que podía decirlo) y ponerse a llorar de este modo! ¡Para inmediatamente!

 

Pero siguió llorando como si tal cosa, vertiendo litros de lágrimas, hasta que se formó un verdadero charco a su alrededor, de unos diez centímetros de

profundidad y que cubría la mitad del suelo de la sala.

 

Al poco rato oyó un ruidito de pisadas a lo lejos, y se secó rápidamente los ojos para ver quién llegaba. Era el Conejo Blanco que volvía, espléndidamente

vestido, con un par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra. Se acercaba trotando a toda prisa, mientras rezongaba para

sí:

 

--¡Oh! ¡La Duquesa, la Duquesa! ¡Cómo se pondrá si la hago esperar!

 

Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedir socorro a cualquiera. Así pues, cuando el Conejo estuvo cerca de ella, empezó a decirle tímidamente

y en voz baja:

 

--Por favor, señor...

 

El Conejo se llevó un susto tremendo, dejó caer los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y escapó a todo correr en la oscuridad.

 

Alicia recogió el abanico y los guantes, Y, como en el vestíbulo hacía mucho calor, estuvo abanicándose todo el tiempo mientras se decía:

 

--¡Dios mío! ¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿era yo la

misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿quién

demonios soy? ¡Ah, este es el gran enigma!

 

Y se puso a pensar en todas las niñas que conocía y que tenían su misma edad, para ver si podía haberse transformado en una de ellas.

 

--Estoy segura de no ser Ada --dijo--, porque su pelo cae en grandes rizos, y el mío no tiene ni medio rizo. Y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque

yo sé muchísimas cosas, y ella, oh, ¡ella sabe Poquísimas! Además, ella es ella, y yo soy yo, y... ¡Dios mío, qué rompecabezas! Voy a ver si sé todas las

cosas que antes sabía. Veamos: cuatro por cinco doce, y cuatro por seis trece, y cuatro por siete...

 

¡Dios mío! ¡Así no llegaré nunca a veinte! De todos modos, la tabla de multiplicar no significa nada. Probemos con la geografía. Londres es la capital de

París, y París es la capital de Roma, y Roma... No, lo he dicho todo mal, estoy segura. ¡Me debo haber convertido en Mabel! Probaré, por ejemplo el de

la industriosa abeja."

 

Cruzó las manos sobre el regazo y notó que la voz le salía ronca y extraña y las palabras no eran las que deberían ser:

 

`¡Ves como el industrioso cocodrilo

  Aprovecha su lustrosa cola

Y derrama las aguas del Nilo

  Por sobre sus escamas de oro!

 

 

`¡Con que alegría muestra sus dientes

  Con que cuidado dispone sus uñas

Y se dedica a invitar a los pececillos

  Para que entren en sus sonrientes mandíbulas!

 

¡Estoy segura que esas no son las palabras! Y a la pobre Alicia se le llenaron otra vez los ojos de lágrimas.

 

--¡Seguro que soy Mabel! Y tendré que ir a vivir a aquella casucha horrible, y casi no tendré juguetes para jugar, y ¡tantas lecciones que aprender! No,

estoy completamente decidida: ¡si soy Mabel, me quedaré aquí! De nada servirá que asomen sus cabezas por el pozo y me digan: «¡Vuelve a salir, cariño!»

Me limitaré a mirar hacia arriba y a decir: «¿Quién soy ahora, veamos? Decidme esto primero, y después, si me gusta ser esa persona, volveré a subir. Si

no me gusta, me quedaré aquí abajo hasta que sea alguien distinto...» Pero, Dios mío --exclamó Alicia, hecha un mar de lágrimas--, ¡cómo me gustaría que

asomaran de veras sus cabezas por el pozo! ¡Estoy tan cansada de estar sola aquí abajo!

 

Al decir estas palabras, su mirada se fijó en sus manos, y vio con sorpresa que mientras hablaba se había puesto uno de los pequeños guantes blancos de

cabritilla del Conejo.

 

--¿Cómo he podido hacerlo? --se preguntó--. Tengo que haberme encogido otra vez.

 

Se levantó y se acercó a la mesa para comprobar su medida. Y descubrió que, según sus conjeturas, ahora no medía más de sesenta centímetros, y seguía achicándose

rápidamente. Se dio cuenta en seguida de que la causa de todo era el abanico que tenía en la mano, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo para no llegar

a desaparecer del todo.

 

--¡De buena me he librado ! --dijo Alicia, bastante asustada por aquel cambio inesperado, pero muy contenta de verse sana y salva--. ¡Y ahora al jardín!

 

Y echó a correr hacia la puertecilla. Pero, ¡ay!, la puertecita volvía a estar cerrada y la llave de oro seguía como antes sobre la mesa de cristal. «¡Las

cosas están peor que nunca!», pensó la pobre Alicia. «¡Porque nunca había sido tan pequeña como ahora, nunca! ¡Y declaro que la situación se está poniendo

imposible!»

 

Mientras decía estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde, ¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo primero que se le ocurrió

fue que se había caído de alguna manera en el mar. «Y en este caso podré volver a casa en tren», se dijo para sí. (Alicia había ido a la playa una sola

vez en su vida, y había llegado a la conclusión general de que, fuera uno a donde fuera, la costa inglesa estaba siempre llena de casetas de bano, niños

jugando con palas en la arena, después una hilera de casas y detrás una estación de ferrocarril.) Sin embargo, pronto comprendió que estaba en el charco

de lágrimas que había derramado cuando medía casi tres metros de estatura.

 

--¡Ojalá no hubiera llorado tanto! --dijo Alicia, mientras nadaba a su alrededor, intentando encontrar la salida--. ¡Supongo que ahora recibiré el castigo

y moriré ahogada en mis propias lágrimas! ¡Será de veras una cosa extraña! Pero todo es extraño hoy.

 

En este momento oyó que alguien chapoteaba en el charco, no muy lejos de ella, y nadó hacia allí para ver quién era. Al Principio creyó que se trataba de

una morsa o un hipopótamo, pero después se acordó de lo pequeña que era ahora, y comprendió que sólo era un ratón que había caído en el charco como ella.

 

--¿Servirá de algo ahora --se preguntó Alicia-- dirigir la palabra a este ratón? Todo es tan extraordinario aquí abajo, que no me sorprendería nada que

pudiera hablar. De todos modos, nada se pierde por intentarlo. --Así pues, Alicia empezó a decirle-: Oh, Ratón, ¿sabe usted cómo salir de este charco?

¡Estoy muy cansada de andar nadando de un lado a otro, oh, Ratón!

 

Alicia pensó que éste sería el modo correcto de dirigirse a un ratón; nunca se había visto antes en una situación parecida, pero recordó haber leído en

la Gramática Latina de su hermano «el ratón -- del ratón -- al ratón -- para el ratón -- ¡oh, ratón!» El Ratón la miró atentamente, y a Alicia le pareció

que le guiñaba uno de sus ojillos, pero no dijo nada. «Quizá no sepa hablar inglés», pensó Alicia. «Puede ser un ratón francés, que llegó hasta aquí con

Guillermo el Conquistador.» (Porque a pesar de todos sus conocimientos de historia, Alicia no tenía una idea muy clara de cuánto tiempo atrás habían tenido

lugar algunas cosas.) Siguió pues:

 

--Où est ma chatte?

 

Era la primera frase de su libro de francés. El Ratón dio un salto inesperado fuera del agua y empezó a temblar de pies a cabeza.

 

--¡Oh, le ruego que me perdone! --gritó Alicia apresuradamente, temiendo haber herido los sentimientos del pobre animal--. Olvidé que a usted no le gustan

los gatos.

 

--¡No me gustan los gatos! --exclamó el Ratón en voz aguda y apasionada--. ¿Te gustarían a ti los gatos si tú fueses yo?

 

--Bueno, puede que no -dijo Alicia en tono conciliador-. No se enfade por esto. Y, sin embargo, me gustaría poder enseñarle a nuestra gata Dina. Bastaría

que usted la viera para que empezaran a gustarle los gatos. Es tan bonita y tan suave --siguió Alicia, hablando casi para sí misma, mientras nadaba perezosa

por el charco--, y ronronea tan dulcemente junto al fuego, lamiéndose las patitas y lavándose la cara... y es tan agradable tenerla en brazos... y es tan

hábil cazando ratones... ¡Oh, perdóneme, por favor! --gritó de nuevo Alicia, porque esta vez al Ratón se le habían puesto todos los pelos de punta y tenía

que estar enfadado de veras--. No hablaremos más de Dina, si usted no quiere.

 

--¡Hablaremos dices! chilló el Rat6n, que estaba temblando hasta la mismísima punta de la cola--. ¡Como si yo fuera a hablar de semejante tema! Nuestra

familia ha odiado siempre a los gatos: ¡bichos asquerosos, despreciables, vulgares! ¡Que no vuelva a oír yo esta palabra!

 

--¡No la volveré a pronunciar! -dijo Alicia, apresurándose a cambiar el tema de la conversación-. ¿Es usted... es usted amigo... de... de los perros? El

Ratón no dijo nada y Alicia siguió diciendo atropelladamente--: Hay cerca de casa un perrito tan mono que me gustaría que lo conociera! Un pequeño terrier

de ojillos brillantes, sabe, con el pelo largo, rizado, castaño. Y si le tiras un palo, va y lo trae, y se sienta sobre dos patas para pedir la comida,

y muchas cosas más... no me acuerdo ni de la mitad... Y es de un granjero, sabe, y el granjero dice que es un perro tan útil que no lo vendería ni por

cien libras. Dice que mata todas las ratas y... ¡Dios mío! --exclamó Alicia trastornada--. ¡Temo que lo he ofendido otra vez!

 

Porque el Ratón se alejaba de ella nadando con todas sus fuerzas, y organizaba una auténtica tempestad en la charca con su violento chapoteo. Alicia lo

llamó dulcemente mientras nadaba tras él:

 

--¡Ratoncito querido! ¡vuelve atrás, y no hablaremos más de gatos ni de perros, puesto que no te gustan!

 

Cuando el Ratón oyó estas palabras, dio media vuelta y nadó lentamente hacia ella: tenía la cara pálida (de emoción, pensó Alicia) y dijo con vocecita temblorosa:

 

--Vamos a la orilla, y allí te contaré mi historia, y entonces comprenderás por qué odio a los gatos y a los perros.

 

Ya era hora de salir de allí, pues la charca se iba llenando más y más de los pájaros y animales que habían caído en ella: había un pato y un dodo, un loro

y un aguilucho y otras curiosas criaturas. Alicia abrió la marcha y todo el grupo nadó hacia la orilla.

 

Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 3. - UNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA HISTORIA

El grupo que se reunió en la orilla tenía un aspecto realmente extraño: los pájaros con las plumas sucias, los otros animales con el pelo pegado al cuerpo,

y todos calados hasta los huesos, malhumorados e incómodos.

 

Lo primero era, naturalmente, discurrir el modo de secarse: lo discutieron entre ellos, y a los pocos minutos a Alicia le parecía de lo más natural encontrarse

en aquella reunión y hablar familiarmente con los animales, como si los conociera de toda la vida. Sostuvo incluso una larga discusión con el Loro, que

terminó poniéndose muy tozudo y sin querer decir otra cosa que «soy más viejo que tú, y tengo que saberlo mejor». Y como Alicia se negó a darse por vencida

sin saber antes la edad del Loro, y el Loro se negó rotundamente a confesar su edad, ahí acabó la conversación.

 

Por fin el Ratón, que parecía gozar de cierta autoridad dentro del grupo, les gritó:

 

--¡Sentaos todos y escuchadme! ¡Os aseguro que voy a dejaros secos en un santiamén!

 

Todos se sentaron pues, formando un amplio círculo, con el Ratón en medio. Alicia mantenía los ojos ansiosamente fijos en él, porque estaba segura de que

iba a pescar un resfriado de aúpa si no se secaba en seguida.

 

--¡Ejem! --carraspeó el Ratón con aires de importancia--, ¿Estáis preparados? Esta es la historia más árida y por tanto más seca que conozco. ¡Silencio

todos, por favor! «Guillermo el Conquistador, cuya causa era apoyada por el Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses, que necesitaban un jefe y estaban

ha tiempo acostumbrados a usurpaciones y conquistas. Edwindo Y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría...»

 

--¡Uf! --graznó el Loro, con un escalofrío.

 

--Con perdón --dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero con mucha cortesía--. ¿Decía usted algo?

 

--¡Yo no! --se apresuró a responder el Loro.

 

--Pues me lo había parecido -dijo el Ratón--. Continúo. «Edwindo y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría, se pusieron a su favor, e incluso Stigandio,

el patriótico arzobispo de Canterbury, lo encontró conveniente...»

 

--¿Encontró qué? -preguntó el Pato.

 

--Encontrólo -repuso el Ratón un poco enfadado--. Desde luego, usted sabe lo que  quiere decir.

 

--¡Claro que sé lo que quiere decir! --refunfuñó el Pato--. Cuando yo encuentro algo es casi siempre una rana o un gusano. Lo que quiero saber es qué fue

lo que encontró el arzobispo.

 

El Ratón hizo como si no hubiera oído esta pregunta y se apresuró a continuar con su historia:

 

--«Lo encontró conveniente y decidió ir con Edgardo Athelingo al encuentro de Guillermo y ofrecerle la corona. Guillermo actuó al principio con moderación.

 

Pero la insolencia de sus normandos...» ¿Cómo te sientes ahora, querida? continuó, dirigiéndose a Alicia.

 

--Tan mojada como al principio --dijo Alicia en tono melancólico--. Esta historia es muy seca, pero parece que a mi no me seca nada.

 

--En este caso --dijo solemnemente el Dodo, mientras se ponía en pie--, propongo que se abra un receso en la sesión y que pasemos a la adopción inmediata

de remedios más radicales...

 

--¡Habla en cristiano! --protestó el Aguilucho--. No sé lo que quieren decir ni la mitad de estas palabras altisonantes, y es más, ¡creo que tampoco tú

sabes lo que significan!

 

Y el Aguilucho bajó la cabeza para ocultar una sonrisa; algunos de los otros pájaros rieron sin disimulo.

 

--Lo que yo iba a decir --siguió el Dodo en tono ofendido-- es que el mejor modo para secarnos sería una Carrera Loca.

 

--¿Qué es una Carrera Loca? --preguntó Alicia, y no porque tuviera muchas ganas de averiguarlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como esperando

que alguien dijera algo, y nadie parecía dispuesto a decir nada.

 

--Bueno, la mejor manera de explicarlo es hacerlo.

 

(Y por si alguno de vosotros quiere hacer también una Carrera Loca cualquier día de invierno, voy a contaros cómo la organizó el Dodo.)

 

Primero trazó una pista para la Carrera, más o menos en círculo («la forma exacta no tiene importancia», dijo) y después todo el grupo se fue colocando

aquí y allá a lo largo de la pista. No hubo el «A la una, a las dos, a las tres, ya», sino que todos empezaron a correr cuando quisieron, y cada uno paró

cuando quiso, de modo que no era fácil saber cuándo terminaba la carrera. Sin embargo, cuando llevaban corriendo más o menos media hora, y volvían a estar

ya secos, el Dodo gritó súbitamente:

 

--¡La carrera ha terminado!

 

Y todos se agruparon jadeantes a su alrededor, preguntando:

 

--¿Pero quién ha ganado?

 

El Dodo no podía contestar a esta pregunta sin entregarse antes a largas cavilaciones, y estuvo largo rato reflexionando con un dedo apoyado en la frente

(la postura en que aparecen casi siempre retratados los pensadores), mientras los demás esperaban en silencio. Por fin el Dodo dijo:

 

--Todos hemos ganado, y todos tenemos que recibir un premio.

 

--¿Pero quién dará los premios? --preguntó un coro de voces.

 

--Pues ella, naturalmente --dijo el Dodo, señalando a Alicia con el dedo.

 

Y todo el grupo se agolpó alrededor de Alicia, gritando como locos:

 

--¡Premios! !

Alicia no sabía qué hacer, y se metió desesperada una mano en el bolsillo, y encontró una caja de confites (por suerte el agua salada no había entrado dentro),

y los repartió como premios. Había exactamente un confite para cada uno de ellos.

--Pero ella también debe tener un premio --dijo el Ratón.

--Claro que sí -aprobó el Dodo con gravedad, y, dirigiéndose a Alicia, preguntó--: ¿Qué más tienes en el bolsillo?

--Sólo un dedal -dijo Alicia.

--Venga el dedal -dijo el Dodo.

Y entonces todos la rodearon una vez más, mientras el Dodo le ofrecía solemnemente el dedal con las palabras:

--Os rogamos que aceptéis este elegante dedal.

Y después de este cortísimo discurso, todos aplaudieron con entusiasmo.

Alicia pensó que todo esto era muy absurdo, pero los demás parecían tomarlo tan en serio que no se atrevió a reír, y, como tampoco se le ocurría nada que

decir, se limitó a hacer una reverencia, y a coger el dedal, con el aire más solemne que pudo.

Había llegado el momento de comerse los confites, lo que provocó bastante ruido y confusión, pues los pájaros grandes se quejaban de que sabían a poco,

y los pájaros pequeños se atragantaban y había que darles palmaditas en la espalda. Sin embargo, por fin terminaron con los confites, y de nuevo se sentaron

en círculo, y pidieron al Ratón que les contara otra historia

--Me prometiste contarme tu vida, ¿te acuerdas? --dijo Alicia--. Y por qué odias a los... G. y a los P. --añadió en un susurro, sin atreverse a nombrar

a los gatos y a los perros por su nombre completo para no ofender al Ratón de nuevo.

--¡Arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste! --exclamó el Ratón, dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un suspiro.

--Desde luego, arrastras una cola larguísima --dijo Alicia, mientras echaba una mirada admirativa a la cola del Ratón--, pero ¿por qué dices que es triste?

Y tan convencida estaba Alicia de que el Ratón se refería a su cola, que, cuando él empezó a hablar, la historia que contó tomó en la imaginación de Alicia

una forma así:

     "Cierta Furia dijo a un

      Ratón al que se encontró

       en su casa: "Vamos a ir jun-

         tos ante la Ley: Yo te acu-

            saré, y tú te defenderás.

              ¡Vamos! No admitiré más

               discusiones Hemos de

              tener un proceso, por-

             que esta mañana no he

            tenido ninguna otra

           cosa que hacer". El

          Ratón respondió a la

        Furia: "Ese pleito, se-

        ñora no servirá si no

        tenemos juez y jurado,

         y no servirá más que

          para que nos gritemos

           uno a otro como una

             pareja de tontos"

              Y replicó la Fu-

               ria: "Yo seré

               al mismo tiempo

                 el juez y el

               jurado." Lo dijo

              taimadamente

             la vieja Fu-

            ria. "Yo seré

           la que diga

           todo lo que

            haya que de-

             cir, y tam-

               bien quien            a muer-                  te con-                    de-                     ne."

--¡No me estás escuchando! --protestó el Ratón, dirigiéndose a Alicia--. ¿Dónde tienes la cabeza?

--Por favor, no te enfades -dijo Alicia con suavidad--. Si no me equivoco, ibas ya por la quinta vuelta.

--¡Nada de eso! --chilló el Ratón--. ¿De qué vueltas hablas? ¡Te estás burlando de mí y sólo dices tonterías!

Y el Ratón se levantó y se fue muy enfadado.

--¡Ha sido sin querer! exclamó la pobre Alicia--. ¡Pero tú te enfadas con tanta facilidad!

El Ratón sólo respondió con un gruñido, mientras seguía alejándose.

--¡Vuelve, por favor, y termina tu historia! --gritó Alicia tras él.

Y los otros animales se unieron a ella y gritaron a coro:

--¡Sí, vuelve, por favor!

Pero el Ratón movió impaciente la cabeza y apresuró el paso 

--¡Qué lástima que no se haya querido quedar! -suspiró el Loro, cuando el Ratón se hubo perdido de vista.

Y una vieja Cangreja aprovechó la ocasión para decirle a su hija:

--¡Ah, cariño! ¡Que te sirva de lección para no dejarte arrastrar nunca por tu mal genio!

--¡Calla esa boca, mamá! -protestó con aspereza la Cangrejita-. ¡Eres capaz de acabar con la paciencia de una ostra!

--¡Ojalá estuviera aquí Dina con nosotros! --dijo Alicia en voz alta, pero sin dirigirse a nadie en particular--.

¡Ella sí que nos traería al Ratón en un santiamén!

--¡Y quién es Dina, si se me permite la pregunta? --quiso saber el Loro.

Alicia contestó con entusiasmo, porque siempre estaba dispuesta a hablar de su amiga favorita:

--Dina es nuestra gata. ¡Y no podéis imaginar lo lista que es para cazar ratones! ¡Una maravilla! ¡Y me gustaría que la vierais correr tras los pájaros!

¡Se zampa un pajarito en un abrir y cerrar de ojos!

Estas palabras causaron una impresión terrible entre los animales que la rodeaban. Algunos pájaros se apresuraron a levantar el vuelo. Una vieja urraca

se acurrucó bien entre sus plumas, mientras murmuraba: «No tengo más remedio que irme a casa; el frío de la noche no le sienta bien a mi garganta». Y un

canario reunió a todos sus pequeños, mientras les decía con una vocecilla temblorosa: «¡Vamos, queridos! ¡Es hora de que estéis todos en la cama!» Y así,

con distintos pretextos, todos se fueron de allí, y en unos segundos Alicia se encontró completamente sola.

--¡Ojalá no hubiera hablado de Dina! --se dijo en tono melancólico--. ¡Aquí abajo, mi gata no parece gustarle a nadie, y sin embargo estoy bien segura de

que es la mejor gata del mundo! ¡Ay, mi Dina, mi querida Dina! ¡Me pregunto si volveré a verte alguna vez!

Y la pobre Alicia se echó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola y muy deprimida. Al poco rato, sin embargo, volvió a oír un ruidito de pisadas a

lo lejos y levantó la vista esperanzada, pensando que a lo mejor el Ratón había cambiado de idea y volvía atrás para terminar su historia.

   CONTINUARÁ .....


Miedo

Había una vez un chico que tenía miedo.
Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen monstruos.
Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.
Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.
Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes.
Mucho miedo tenía ese chico.
Entonces la mamá lo llevó al doctor.
Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo. (Amargo era el jarabe.)
Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:
- ¡Basta de andar teniendo miedo, vos! - le dijo-. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era chico!
Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:
-¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!
El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las personas altas, a las personas bajitas.
Y también a los jarabes amargos, a los retos y a las burlas.
Mucho miedo seguía teniendo ese chico.
Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.
Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de personas altas.
El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá.
Y fue ahí que vio a una persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama.
Blanco y negro era el perro. Con manchitas.
Muy flaco y muy sucio estaba el perro.
Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.
Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado sin saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.
La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue.
Y el chico se volvió al banco.
Y el perro lo siguió al chico. Y se le sentó al lado.
- No es de nadie -dijo el chico-. ¿Lo llevamos?
- No -dijo la mamá.
-Sí -dijo el chico-. Lo llevamos.
En la casa, la mamá bañó al perro.
Pero el perro tenía hambre.
El chico le dio leche y un poco de polenta del mediodía.
Pero el perro seguía teniendo hambre.
Mucha hambre tenía ese perro.
Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre, también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas.
Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir.
Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.
Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo.
Tiene perro.

Graciela Cabal


LUGAR de VERANEO:

En cierta ocasión una familia inglesa, pasaba unas vacaciones en Escocia, y en uno de sus paseos, observaron una casita de campo que de inmediato les parecio cautivadora para su próximo verano. Indagaron quién era el dueño de ella, y resultó ser un pastor protestante, al que se dirijieron para que les mostrase la finca.
El propietario se la mostró. Tanto por su comodidad como por su situación fue del agrado de la familia, la que se quedo comprometida a tomarla en alquiler para su próximo verano.
De regreso a Londres, repasaron detalle por detalle cada habitación y de pronto la esposa recordó no haber visto el W.C. Dado lo practicos que son los ingleses, decidió escribir al pastor, preguntandole por ello en los siguientes terminos: "Estimado Pastor, soy miembro de la familia, que hace unos días visitó su finca con deseos de alquilarla para nuestras próximas vacaciones y como omitimos enterarnos de un detalle, quiero que nos indique mas o menos
donde queda el W.C."
Finalizó la carta como es de rigor, y se la envió al pastor. Al recibirla el pastor que desconocía la abreviatura de W.C. creyendo que se trataba de una capilla de su religión, que se llamaba, Well Chapel, contestó a la señora en la siguiente forma:
"Estimada señora: Tengo el agrado de indicarle que el lugar al que ud. se refiere, queda solo a 12 Km. de la casa, lo cual es molesto, sobre todo si se tiene que ir con frecuencia, pero algunas personas llevan la comida y permanecen allí todo el día, algunos viajan a pie y otros en tranvías y de ordinario llegan en el momento preciso. Hay lugar para 400 personas sentadas
y 100 de pie. Los asientos están forrados de terciopelo purpura y hay aire acondicionado para evitar sofocaciones. Se recomienda llegar temprano para alcanzar puesto, mi mujer por no hacerlo así, hace 10 años, tuvo que soportar todo el acto de pie y desde entonces no usa este servicio. Los niños se sientan juntos y cantan a coro. A la entrada se les da un papel a cada uno, las personas a las que no alcanza la repartición, pueden utilizar el del compañero de asiento pero al salir deben devolverlo para continuar usandolo todo el mes. Todo lo que dejan depositado allí, será para dar de comer a los pobres del hospicio. Hay fotógrafos especiales que toman fotografías en diversas posiciones las cuales seran publicadas en el diario de la ciudad, en la seccion VIDA SOCIAL, asi el publico podra reconocer a las altas personalidades en
actos tan humanos como este" Así terminó la carta.
Los ingleses al recibirla estuvieron a punto de desmayarse y decidieron cambiar de lugar de veraneo.


HISTORIA DEL CERRAJERO: CUENTO SUFÍ

Había una vez un cerrajero que acusaron injustamente de unos delitos y lo condenaron a vivir en una prisión oscura y profunda. Cundo llevaba allí algún tiempo, su mujer, que lo quería muchísimo se presentó al rey y le suplicó que le permitiera por lo menos llevarle una alfombra a su marido para que pudiera cumplir con sus postraciones cada día.
El rey consideró justa esa petición y dio permiso a la mujer para llevarle una alfombra para la oración. El prisionero agradeció la alfombra a su mujer y cada día hacía fielmente sus postraciones sobre ella.
Pasado un tiempo, el hombre escapó de la prisión y cuando le preguntaban cómo lo había conseguido, el explicaba que después de años de hacer sus postraciones y de orar para salir de la prisión, comenzó a ver lo que tenía justo bajo las narices.
Un buen día vio que su mujer había tejido en la alfombra el dibujo de la cerradura que lo mantenía prisionero. Cuando se dio cuenta de esto y comprendió que ya tenía en su poder toda la información que necesitaba para escapar, comenzó a hacerse amigo de sus guardias. Y los convenció de que todos vivirían mucho mejor si lo ayudaban y escapaban juntos de la prisión. Ellos estuvieron de acuerdo, puesto que aunque eran guardias comprendían que también estaban prisioneros.
También deseaban escapar pero no tenían los medios para hacerlo.
Así pues, el cerrajero y sus guardias decidieron el siguiente plan: ellos les llevarían piezas de metal y él haría cosas útiles con ellas para   venderlas en el mercado. Juntos amasarían recursos para la huida y con el trozo de metal más fuerte que pudieran adquirir el cerrajero haría una llave.
Una noche cuando ya estaba todo preparado, el cerrajero y sus guardias abrieron la cerradura de la puerta de la prisión y salieron al frescor de la noche, donde estaba su amada esposa esperándolo. Dejó en la prisión la alfombra para orar, para que cualquier otro prisionero que fuera lo suficientemente
listo para interpretar el dibujo de la alfombra también pudiera escapar. Así se reunió con su mujer, sus ex guardias se hicieron sus amigos y todos vivieron en armonía. El amor y la pericia prevalecieron.


El aguatero, un cuento de Enrique Mariscal

Había una vez un aguatero que trabajaba día tras día. Con dos grandes vasijas colgadas en los extremos de un palo, que llevaba colgadas en los extremos de un palo que sostenía en sus hombros. Una de las vasijas tenía grietas y perdía agua mientras que la otra mantenía su contenido hasta el final, desde el arroyo hasta la casa del patrón.

La vasija sana estaba muy orgullosa de sus logros. Se sabía perfecta para lo que fue creada. La vasija con fallas, en cambio, estaba avergonzada de su imperfección.

Se sentía mal porque sólo podía hacer la mitad de lo que era su obligación.

Después de un tiempo, la tinaja quebrada le habló al aguatero:

-     “Estoy avergonzada y me quiero disculpar porque debido a mis grietas solo  entrego la mitad de mi carga y obtienes la mitad del valor que deberías recibir”

El aguatero le respondió misteriosamente :

-     “Cuando regresemos te mostraré algo que desconoces”

En efecto, a lo largo de todo el camino, vieron muchísimas flores. Pero seguía apenada porque al final solo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía entregar.

El aguatero le dijo entonces:

“ ¿ Te diste cuenta de que las flores sólo crecen de tu lado ? Siempre supe de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ellas. Sembré semillas de flores a lo largo del camino por donde vamos y todos los  días las has regado. De este modo pude recoger flores para el altar de mi Maestro siempre. Si no fueras exactamente como eres, no hubiera sido posible crear esta belleza”

Todos somos vasijas con fisuras... pero existe la posibilidad de aprovechar nuestras limitaciones y tener buenos resultados, sin culpa y sin lamento.


Los dos perros.

Un maestro de la antigua China, conversaba con su discípulo, cuando de pronto comenzó a mirarlo de un modo serio y sombrío... El alumno preguntó  ¿ maestro, que ves ?

El maestro le dijo: veo en el interior de tu alma, dos perros peleando ferozmente. Uno es malo, fiero y cegado de odios. El otro es manso, se defiende sabiamente pero está herido. Es valiente, fuerte y pelea limpiamente. Es un combate difícil...

Maestro, dijo el alumno ¿ cuál de los dos perros crees tu que ganará en mi alma ?

No lo sé, dijo el maestro, dime, ¿ a cual de los dos perros alimentaste hoy tú ?


EXPENSAS
 - Calcule un valor promedio de sus expensas en base a datos de su edificio.


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